II
—Te conocemos... —dijo el anciano.
Y el joven tomó el relevo:
—... Hemos venido a buscarte.
Y la helada destrozó otro bloque.
La piedra crujió. El granito se rindió, pero se cobró su venganza contra los hombres.
Tenía en su interior una veta más blanda, con más metal, más caprichosa, nadie sabía explicarlo.
Tenía un secreto sucio, escondido en el alma, como los cobardes.
Y se defendió como un cobarde. Un arrebato de esquirlas salió disparado.
Los otros dos no se movieron, ni siquiera pestañearon. Ni siquiera protegieron el instrumento.
Llevaban encima una fortuna hecha de madera, hierro y tripa de cordero. Y no se movieron. Como si supieran que no podía pasarles nada, ni a ellos ni al organistro.
Mateo tuvo suerte, una vez más. Y todo cantero sabía que el saco de la suerte se vaciaba al tiempo que se llenaba el de la experiencia.
No fue un ojo, fue la palma de la derecha, la del martillo.
La misma donde la concha del pequeño Mateo había dejado su marca en la tienda de Verrondo.
Una esquirla la aguijoneó como una avispa furiosa y dejó tras de sí un rasguño sanguinolento.
Un tajo que cortó las líneas que dibujaban una vida entre los callos.
Tuvo suerte. Una vez más. Y no podía saber cuánto le faltaba a aquel saco para vaciarse.
Mateo dio otro paso atrás. Recogió la mano herida sobre el pecho y la protegió con la otra.
Pero no se quejó. El dolor era un rumor lejano, como el mar al caminar hacia el horizonte, cuando aún no se alcanzan a ver las olas.
—¿Quiénes sois?
Otro paso más. Hasta que su culo se estampó en aquel capitel de hojas de acanto.
—¿Qué queréis?