Suseia (Camino de Santiago 2) Castaño y hielo
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Castaño y hielo

I

Lo más importante era el ojo del maese. Todo maestro debía conocer, de un vistazo, el alma de la piedra. Juzgarla. Y hacerlo sin más ayuda que sus sentidos.

El maestro era quien hablaba con las piedras. Y las entendía.

El maestro cargaba con la responsabilidad. Y la culpa.

Asumía los gastos, los cobros, el avance y el retraso. Decidía. Y, cuando la estación avanzaba y dejaba atrás las heladas, juzgaba si merecía la pena correr el riesgo del fuego.

Piedra, fuego, hierro. Castaño y agua.

Si el maestro aceptaba el peligro, se hacían los canales, se enterraban las cuñas, se mojaban con baldes y, a la jornada siguiente, con las maderas hinchadas, se prendían grandes hogueras de tojos secos. Y se alimentaban durante horas, hasta que la piedra se calentaba como un horno.

Hasta que la piedra se rendía y se rajaba como fruta madura.

Sin embargo, había bloques testarudos. Que no se doblegaban.

A veces, la piedra aguantaba. Se reía de los esfuerzos de los arxinas.

Entonces se avivaba el fuego. Hasta que el bloque ardía en un rincón de los infiernos y, entre unos cuantos valientes, le echaban encima baldes de agua fría.

El agua se volvía azogue bailando en la piedra caliente. Las gotas danzaban sobre el granito y se convertían en humo. El bloque protestaba, gruñía, maldecía a los hombres. La piedra se cubría de un vapor espeso que apestaba a metal, a metal y a oscuridad, como el aliento de un dragón hambriento.

Siseaba. Silbaba. Crujía. El granito se resistía.

Unir fuego y agua era la última opción.

Más de uno había muerto.

La colisión del fuego ardiente y el agua fría partía el bloque con la furia de un titán y, enrabietadas, había piedras que, aun moribundas, se cobraban venganza y escupían una andanada de esquirlas calientes.

Mateo había visto a un zamorano quedar tieso en el sitio, con la sonrisa todavía en los labios. La maldita esquirla le entró por un oído como una flecha mora. El tipo cayó a plomo, donde estaba. Con la misma sonrisa, pero con una puntilla de lengua asomando con timidez. Ni se movió.

Mateo había ayudado a recoger la colecta para la viuda entre los demás de la obra.

Y Mateo había tenido algo más de suerte unas semanas después. No había perdido la vida. Sólo un ojo.

Así pagó su precio, a cambio de domar la piedra.

Y, aquella noche de helada, volvió a suceder.