XV
Aparecieron, envueltos en oscuridad y la escarcha de la helada.
Crujió otra de las piedras, un crujido que sonó a lamento, como si le doliese ser vencida por el ingenio del hombre.
Y, cuando se volvió, los descubrió.
Un anciano y un joven. Aunque el anciano no cargaba con los años, y al joven le pesaban. Tan parecidos que podrían haber pasado por padre e hijo. Como mirar al mismo hombre sin ver la vida transcurrida entre la ambición de la juventud y la resignación de la vejez.
El anciano era uno de aquellos profetas que Mateo buscaba. Jeremías, Ezequiel. O Habacuc. Pero su nombre no era el de un profeta, sino el de un rey. Un rey maldito. El rey que había despreciado a los profetas.
—Qué descortesía, perdóname —sonaba a hueco, pese a la sonrisa entre las barbas blancas, pese a los ojos amigables—, no me he presentado. No nos hemos presentado.
Acab. Eso dijo. Como el séptimo rey de Israel. Y el joven, que podría haber pasado por Daniel en el foso de los leones, terminó:
—Aún no ha encontrado una Jezabel a la que desposar.
Y debía ser una broma. Llevaba el soniquete de una mofa de taberna con una jarra de vino en medio. Mateo incluso sonrió. O lo intentó. Aunque, por primera vez en muchos años, desde que era un niño que se sentía culpable por haberse masturbado, tuvo la necesidad de santiguarse.
Crujió otra de las piedras. El bloque se rompió con un estallido. Y Mateo se asustó con el ruido. Como un aprendiz.
—Acaz, que también es nombre de uno de los antiguos reyes —se presentó el joven.
Y era también desconcertante. Algo faltaba, o sobraba. Y su presentación, como en un juego de espejos, la terminó el anciano.
—Aún no ha encontrado un templo que profanar.
Eran dos. Hacían uno.
Y ambos, anciano y joven, Acab y Acaz, se miraron divertidos, cada uno desde su extremo del instrumento, tan alto como un hombre. Necesitaban las cuatro manos para sostenerlo.
Se miraron el uno al otro y sus sonrisas, y Mateo conocía las sonrisas, eran bellas, francas.
—Fuiste aprendiz del maese Remigio —dijo el anciano.
—Oficial del maese Verrondo —continuó el joven de corrido.
Y los dos a un tiempo, como uno.
—Conocimos a tu padre...
Otra ristra de las cuñas de castaño hizo su trabajo. Uno de los bloques se rajó en dos con un trueno.
Mateo dio un paso atrás. Con el vello de punta y la boca llena de preguntas, pero incapaz de abrirla, como si le hubieran cosido los labios.
Intentó tragar, y descubrió la garganta llena de esparto.
—Oficial... —repitió el joven.
—... y no maese —terminó el anciano.
Y avanzaron. Y el trasto que traían gimió un lamento. La rueda en su interior bailó, rozó las tres cuerdas, y escapó un quejido que hizo levantar las orejas a todos los gatos del taller.
Era un organistro. El más bello que jamás hubiera visto Mateo. El trabajo de un genio. De un ebanista incomparable que había logrado tallar la madera hasta el borde mismo de la locura. El enrejado que cubría las cuerdas, en el mástil del teclado, parecía hecho de encajes ingleses.
—Llevas la marca de tu padre.
Lo dijo el anciano, que tenía labios carnosos y llenos, labios que no contaban los años de la barba que los rodeaba.
—Pagas su penitencia... Te golpea la pescadera —concluyó el joven.
Y la mirada del joven era eterna, la de un ermitaño que llevase cuarenta años y cuarenta días rezando para comprender el misterio de la Trinidad.
—Te conocemos... —dijo el anciano.
Y el joven tomó el relevo:
—... Hemos venido a buscarte.