XIV
Tenían algo bello e inquietante a la vez.
Como una araña en el centro de su tela, esperando a sentir el temblor que señala la hora de matar a su presa.
Sonreían.
Y, sin embargo, algo frío reptó por el espinazo de Mateo. Fue como meter el pie en uno de aquellos condenados charcos cubiertos de hielo.
—Buenas...
No se había dado cuenta de que se habían acercado.
La talla, el ritmo de la maceta sobre el cincel, siempre lo transportaban a otro lugar.
Donde sólo existía piedra y hierro. Donde Nathanael o Verrondo no significaban nada.
Jamás hubiera esperado que, al volverse, vería a aquellos dos.
Salidos de la nada, envueltos en oscuridad, en la escarcha de la helada.
—Hermoso.
Lo dijo el mayor. Y el tono a mentira pesaba.
Habló el anciano, pero fue el joven el que señaló. Su mano, blanca, limpia, de uñas impolutas, señalaba el capitel de hojas de acanto.
Y el gesto, bajo otra sonrisa, también pesaba con la mentira.
Como si hubieran arrojado una moneda a un pordiosero.