Suseia (Camino de Santiago 2) XIII
8%

XIII

Sin más compañía que el frío, callejeó a través de Compostela, sorteando cagajones de caballerías. Y puso especial cuidado en evitar los traicioneros charcos.

En las calles donde no había piedra, la helada moldeaba alfombras al congelar el barro, las cubría de un musgo marrón que crujía con cada pisada.

Y los charcos, convertidos en espejos de hielo, eran una desgracia esperando suceder.

Podían arruinar unas buenas botas, o rajar los tobillos, y después se pasaba el día cojeando con un pie empapado.

Aparte de los gatos, y el propio Mateo, las únicas almas despiertas eran los borrachos, las xoscas de la Juana y los frades de los conventos que, con algo más de calor que Mateo y algo más de frío que los borrachos, estarían celebrando laudes.

Los gallos aún dormían.

Las piedras no.

Los talleres estaban vacíos. Pero las piedras lo recibieron. Las piedras se lamentaban, crujían, heridas por el hielo.

De tanto en tanto, como una soga tensa al partirse, la noche estallaba en un crujido grave, enfadado.

Había que acostumbrarse. La noche parecía llena de bestias esperando a atacar. Bestias que hacían rechinar sus colmillos afilados.

Otro se hubiera echado al suelo con cada estallido, con las manos cubriendo la cabeza y un paternóster en los labios.

Mateo estaba acostumbrado. Llevaba años escuchando los lamentos del granito. Se movió con el hábito.

Mantenía sus herramientas en un viejo cepo, un cepo vaciado donde, junto a trapos y trastos inútiles, junto a los dibujos, siempre tenía a mano pedernal y yesca. Encendió hachones, reavivó las hogueras que espantaban el frío, era difícil trabajar con los cinceles si no se sentían los dedos.

Lo había hecho cientos de veces. En el más duro invierno y en el bochorno del verano. A veces bastaban un par de antorchas. Otras hacía falta algo más.

Y esas noches, de helada, eran las que más le gustaban.

La helada sacaba el alma de la piedra.

—La piedra tiene una ley —repetía siempre maese Remigio.

Él le había enseñado. Arrugado, tieso como cuero remojado y puesto al sol. Minucioso. Mascando siempre tiza. Alrededor de Remigio siempre olía a tiza. La tiza le asentaba unas tripas que, a veces, sangraban.

—La madera tiene sus vetas, la piedra su andar, su ley.

Maese Remigio, que siempre bebía leche de burra y nunca probaba la sidra que tanto le gustaba al herrero Sancho.

—A un sentido corta bien —murmuró para sí Mateo—. A los otros dos, mal.

Imitó la voz cascada. Rasposa.

Aún podía oírlo. Siempre atento a los detalles. Escaso en los cumplidos. Exigente.

Mateo incluso movió las manos como lo había hecho el vejancón, como tenía por costumbre cuando explicaba. Mateo aún podía verlas. Cubiertas de manchas pardas, con las venas marcadas, recias por los callos.

Las manos del viejo, que temblaban excepto cuando cogía el cincel y la maceta. Las cruzaba una sobre otra, marcando el largo, el ancho y el alto para cada bloque que llegaba de las canteras.

—Cadansúa arría ten o seu andar.

Las recordaría siempre. A maese Remigio le faltaban las dos primeras falanges de los dedos menores de una mano. Un sillar los había mordido. Se había roto por una fisura y no le había dado tiempo al viejo.

La piedra se dejaba domar, pero exigía un sacrificio. La piedra jamás entregaba su alma de balde. Tenía un precio.

Mateo había sacrificado uno de sus ojos. Remigio dos trozos de dedo. Cirilo el brazo. Y muchos la vida.

Otro crujido partió la noche, envuelta en la gasa brillante de la helada, y los gatos, acostumbrados, como Mateo, ni siquiera se asustaron.

Las piedras se rendían. Acorde a su ley. Se abrían siguiendo su andar.

Cada día, cuando llegaban bloques nuevos, el maestro estudiaba todos y cada uno, persiguiendo fisuras, que eran la maldición de los arxinas. Y, si el bloque se aceptaba, el maestro marcaba las direcciones, la ley.

Entonces los oficiales hacían los canales, rozas que seguían el andar del granito. Y en los canales, cada dos palmos, vaciaban con el puntero, entonces los aprendices introducían las cuñas de castaño, empapadas de agua.

Ahogado, el castaño, engordaba y, cada noche de helada, cuando el agua se hacía hielo, la piedra se rendía.

Crujió otro de los bloques y Mateo llegó a su puesto, donde el demonio, como cada madrugada, lo esperaba.

Tenía un par de horas sin más compañía que los gatos. Y las piedras.

Era el momento del día que más le gustaba.

Todo dependía de él. Hombre, piedra y hierro. Solo.

Pero esa madrugada recibió una visita.