Suseia (Camino de Santiago 2) XII
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XII

Durmió en el suelo, junto a la cama del pequeño. O lo intentó. Porque al cerrar los ojos revivía la escena en la tienda del maese Verrondo.

¿Y si no les quedaba otro camino que la miseria?

Dio vueltas junto a la cama de su hijo. Recogió la mano que colgaba por el borde del colchón de lana y la besó con ternura.

Para la medianoche se preguntaba cómo podría plasmar aquella angustia en una de sus tallas.

Cómo podría hacer para que, con un simple vistazo a la escultura, se comprendiese que la piedra sufría por el desprecio de su esposa, que temía no darle a su hijo lo que merecía y, más que ninguna otra cosa, que a esa piedra la aterrorizaba ser un fraude.

Y si el maestro Remigio se había equivocado. Y si el maestro Verrondo tenía razón.

Apenas descabezó un sueño inquieto. Y se despertó pronto, como siempre, mucho antes de los gallos.

Hacía frío, antes de salir echaría leña al fuego. Quedaría algo de leña. Con suerte, la suficiente para terminar el invierno.

Lo arropó, le dio un beso en la frente. Y salió.

Se marchó. Dejó en las brasas del hogar dos leños, arderían mansamente, y el calor de la chimenea se esparciría por la casa. Dejó también una mirada a las tablas del suelo de la planta superior.

Usó la llave que colgaba de un clavo en una de las jambas, la volvió a dejar en su lugar, y salió.

Cerró la puerta despacio, sin hacer ruido, pensando en el sueño del niño.

Afuera, helaba.