Suseia (Camino de Santiago 2) XI
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XI

Papá le había dicho que el pico no estaba bien. Que tenía que fijarse en las patas. Pero le había gustado el gorrión.

Eso no se lo dijo. Papá guardaba los cumplidos con tacañería. Por eso sabían tan bien cuando llegaban. Por eso se esforzaba cada día más. Para hacerlo mejor.

No entendía muy bien por qué. Pero el pequeño Mateo había aprendido que era como jugar al gato y al ratón. Así era papá.

Y el dibujo le había gustado. Lo había visto en sus ojos, uno de cada color. Y se había sentido arropado. Seguro. Por eso preguntó.

—Papá, ¿por qué se ha enfadado mamá?

Papá se puso tenso, como si quisiera arrancar una rosa llena de espinas.

Papá a veces se perdía. Sus ojos, uno de cada color, miraban a un horizonte más allá de los muros. Y el pequeño creía distinguir algo amargo en aquellas miradas. Un dolor que no entendía.

Había tantas cosas que no entendía.

Papá apoyó los dibujos en su regazo. Miró de nuevo al gorrión.

El pequeño Mateo lo sintió. Lo advirtió, como si papá se enfriase. Estaba preocupado. Triste. A él le dolía verlo así. Estuvo a punto de decirle que no importaba, que ya sabía que a veces mamá se enfadaba. A veces llovía, a veces helaba y, a veces, mamá se enfadaba.

Pero papá habló antes.

—¿Alguna vez se te ha caído algo?

Sintió la tristeza de papá. Y quiso decirle que no se preocupase, que todo estaba bien. Aunque no supo cómo hacerlo. A veces mamá se enfadaba. Y, a veces, los mayores eran demasiado complicados.

Asintió.

Y papá también asintió, mirándolo con aquellos ojos, uno de cada color.

—Lo sujetas con fuerza, quieres protegerlo, pero se escurre entre tus dedos y no puedes hacer nada, no sabes cómo, pero se cae.

Sin ser consciente, Mateo, el padre, aguantaba la respiración. Papá, qué bien sonaba, qué calor hacía sentir. Papá, tan sencillo, tan poca cosa y tan grande a un tiempo. Ninguna piedra le daría aquella calidez, jamás, aquel refugio tibio. Papá.

—Pues a mí se me ha caído algo...

El padre no acabó la frase. Dudó un instante más. Papá, él que no había podido hablarle así a Arrio, que jamás había sentido esa calidez como hijo. La sombra de su propio padre, balanceándose entre las grúas, llenó la habitación.

Papá. Quería oírlo. Ayer, hoy, mañana. Oírlo sin más. No, no pensaba fallarle al pequeño, a su pequeño, al niño que echaba gorriones a volar.

Y le dijo la verdad a su hijo.

—Se me ha caído algo. Y no me atrevo a mirar... No quiero saber si se ha roto.