Suseia (Camino de Santiago 2) X
7%

X

Se tumbaron juntos en la cama y Mateo rodeó al pequeño con un brazo. Hablaron de los dibujos y los dos se mancharon las manos de carboncillo.

Sonreía. Reía. Y se ponía serio cuando aceptaba con solemnidad los consejos sobre cómo dibujar las manos, sobre las proporciones. Y, cuando no entendía, arrugaba aquella nariz.

—... A veces hay que mentir para que parezca verdad —decía Mateo, el padre, con dulzura—, si una estatua va a estar muy arriba —elegía las palabras con cuidado, explicando de un modo sencillo lo que necesitaba una vida para aprenderse—, se hace la cabeza algo más grande...

Y él ponía las manos alrededor de su propia cabeza y las apartaba como si hubiera empezado a crecer. Y el niño reía. Reía una risa que daba puntadas de esperanza en el aire.

Y, cuando le enseñaba los dibujos, lágrimas cálidas asomaban a sus ojos, uno de cada color.

Era hijo de su padre. Nieto de Arrio. Nunca lo conseguiría.

No, mejor que fuera iluminador en el escritorio de algún monasterio. Quizás escribano en la corte.

Pero seguir sus pasos. Tragarse los desplantes. La desconfianza. Lavar también el pecado de Arrio. El pecado que había golpeado aquella vieja pescadera con los dedos escarchados de escamas brillantes.

El pequeño debería haberse llamado Arrio, como su abuelo, era la costumbre.

No llevaba el nombre de su abuelo. Y no podía cargar con su vocación. Era una locura. Una condena. Pero si lo nombrasen maestro.

Entonces Mateo recordó que perdería el trabajo en los próximos días. Y la casa para san Basilio.

—¿Por qué se ha enfadado mamá esta vez?

Y en cuanto lo preguntó, girando el rostro para abandonar los dibujos y mirar a su padre, con los ojos llenos de dulzura, algo se rompió en el pecho de Mateo.

Apoyó los dibujos en las piernas, dejó el carboncillo encima de un gorrión hecho de blancos y negros. Un gorrión que tenía un pico demasiado grande. Que tenía una pata más larga que otra. Pero el niño lo había dibujado echándose a volar.

Batía las alas, el papel quería ondular.

No había elegido el camino fácil, no lo había retratado en una cornisa, quieto. No, el gorrión echaba a volar. Y podía percibirse el esfuerzo del animal.

Lo había hecho él solo.

—Al volver de mis lecciones con los frades.

Había llamas en el fuego del pequeño. Tenía talento. Y ese talento estaba hambriento. Le había pedido que le regalase unas gubias para tallar madera.

—Para aprender —había dicho con una sonrisa radiante.

El dibujo tenía fuerza. Y Mateo no tenía respuestas.

Para su vergüenza, dentro de él se debatían la envidia y el amor incondicional. Como padre, el orgullo le reventaba el pecho; como artista, algo verde pingaba por su cogote.

El niño había plasmado la verdad. Aquel gorrión era auténtico. Como las sonrisas que buscaba, los gestos que coleccionaba. Auténtico. Como los paños mojados del condenado Bautista.

Tenía verdad. La verdad que distingue al artista que no tiene miedo. Del que no se siente acobardado por el trazo, por el golpe de cincel. La verdad de quien sólo piensa en lo mejor para su dibujo, para su talla.

La verdad que se arranca de las tripas. La de aquel demonio y aquel desgraciado.

La verdad de quien lleva una vida buscando.

La verdad que asustaba a Mateo antes de cada golpe con la maceta. La que lo obligaba a mirar, una y otra vez la talla de aquel misterioso cantero del que sólo conocía su marca, en la espalda del mismo demonio.

—Mamá... —balbució el padre.

Las preguntas del pequeño tenían la mala costumbre de meterlo en callejones sin salida.

El gorrión volaba por el cuarto del pequeño. Mateo se preguntaba si podría borrar el fracaso de su padre. Se preguntaba si sus tallas vivirían cien años. Mil. Se preguntaba si lo que hacía merecía la pena. Tardó en volver junto a su pequeño. Y, cuando lo hizo, se sintió culpable, sucio.

No supo qué contestar.

—Mamá está resentida —podía haber dicho.

O incluso hubiera podido confesarse:

—Es culpa mía, la piedra me ha embrujado. Es la más celosa de las amantes...

No pudo hacerlo.

—¿Alguna vez se te ha caído algo? —preguntó el padre, cabizbajo, sin mirarlo a los ojos.

El niño recogió los dibujos esparcidos y los arrebujó en su pecho.

Entonces asintió. Y arrugó de nuevo aquella nariz.