Suseia (Camino de Santiago 2) IX
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IX

No había mejor refugio que aquél. Y jamás tallaría, ni ayudado por el mismísimo arcángel Gabriel susurrando en su oído, una sonrisa como aquélla.

—Pai!

El pequeño se le echó encima en cuanto abrió. Saltó de la cama y corrió hacia él dejando sus dibujos sobre la cama.

Era imposible no sonreír. Mateo ya no se acordaba del judío Nathanael. Ni de Verrondo. Ni de Aldonza. En cuanto abrazó a su hijo se esfumaron.

—Finaste de murear la arría con los cantos?

Se había agachado para recogerlo en sus brazos. Su pregunta le había hecho cosquillas en una oreja. Y no quería soltarlo para contestar. Quería guardarlo allí, entre sus brazos. Dos semanas. Tres. Para siempre. Pasase lo que pasase.

Le dio un apretón. Hasta que el pequeño protestó y forcejeó.

—Finaste?

Era el único que jamás torcía el gesto al ver aquellos ojos de Mateo, uno de cada color. Y el pecho de Mateo se llenó de calidez. De paz. Incluso se dio cuenta de que sus hombros, tensos hasta entonces, se aflojaban.

—Acantos, son hojas de acanto...

El niño arrugó la nariz y, moviendo sólo los labios, sin pronunciar una sílaba, repitió la palabra tres veces seguidas, para memorizarla.

—Y no uses la verba —añadió Mateo con ternura, repasando con una mano el pelo del niño, del mismo color ceniza que el suyo—, no queremos que mamá se enfade.

El pequeño volvió a arrugar la nariz.

—Mamá ya está enfadada.

Mateo no supo qué decir. Y volvió a acariciar los cabellos. Su mano, baqueteada, se hacía extraña en aquel rubio que los años aún no habían apagado.

Qué podía decirle.

No podía decirle nada.

Y él lo dijo todo.

—Además, tengo que practicar, tengo que parlar la verba pra ser arxina, para ser oficial. Como tú.

El corazón de Mateo dio un vuelco. Si no podía hablarle de su madre. Cómo iba a explicarle que aquél era un sueño imposible.

—Maestro —se corrigió el niño en un susurro.

Qué podía decirle.

No podía decirle nada.

Dolía demasiado.

Y fue él quien, una vez más, lo dijo todo.

—Pisca... —Volvió a arrugar la nariz. Y obedeció—. Mira lo que he dibujado hoy —dijo ilusionado, sin usar la verba.

Y se apartó para coger el montón de papelajos y carboncillos.

Mateo no podía explicarlo. Viendo a su hijo revolotear por la habitación sintió dos ríos confluyendo en un barranco, la tristeza más profunda y la más bella de las alegrías.