VIII
Aldonza subió las escaleras y Mateo se quedó solo. Se sintió solo.
Parpadeó. Tragó. Sopló el rebelde pelo sobre su cara con aquel gesto tan suyo de adelantar el mentón. Y se volvió hacia la puerta, con prisa.
—Xudío do demo!
Dos semanas. Y en cuanto abrió la puerta vio que la noche se había acostado sobre la ciudad. Oscurecía y el cielo, despejado, tejía encajes de estrellas, amenazaba una noche clara y limpia. Una noche de helada. Lo que vendría bien en los talleres.
El frío era un cantero más.
Anochecía. Y Nathanael no frecuentaba las tabernas. Ni la mancebía de la difunta Juana.
Poco podría hacer ya a aquellas horas.
Dio un paso hacia la salida, se detuvo. Y cerró con tanta violencia que uno de los clavos en las bisagras asomó la cabeza.
Lo empujó con un pulgar y se quedó apoyado en la puerta, sobre los puños, con los brazos alzados y la cabeza gacha.
—Dos semanas —susurró entre dientes.
Entonces cayó en la cuenta, palpó la escarcela al cinto, vacía de monedas, y comprendió que se había dejado la concha.
Levantó la pierna para sacudirle una patada a la puerta, y se refrenó justo a tiempo con otra maldición a la sombra del hebreo.
—Xudío do demo! Ogallá ardas nos infernos!
Miró hacia arriba, a las vigas y las tablas. Escuchó los pasos de Aldonza. Miró hacia la puerta. Y arrastró los pies hasta la única otra puerta que había en la planta baja.
Habían sido unas cuadras modestas, para un ternero o un par de cerdos. Pero Aldonza se había empeñado en reformarlas.
—Serás maestro pronto, no nos hacen falta establos.