Suseia (Camino de Santiago 2) VII
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VII

En cualquier esquina. Bajo un puente. A Mateo le hubiera dado igual dónde. No necesitaba la casa. Hubiera vivido en una pocilga a cambio de recuperar lo perdido. Lo que ya no estaba allí, entre ellos.

Mateo fue a decir algo.

—Un usurero judío, eso es lo que deberías tallar.

Había tanto desprecio que las palabras caían sobre la mesa como puñetazos.

—Un hebreo con una bolsa bien agarrada entre sus manos.

Aldonza imitó el gesto y su rostro se volvió un retrato de la avaricia. Mateo no pudo evitarlo. Se fijó en las cejas bajas, los ojos apenas alzados, los labios fruncidos. Realmente parecía la codicia hecha persona. Lo que Mateo quería en ese instante era dibujar.

—Hasta el día de san Basilio —sentenció ella—, esos indeseables han dicho que tienes dos semanas para pagar.

Mateo balbució algo. Cada palabra, cada sílaba, un anzuelo en su boca. Ella no le dejó terminar.

—¿Cómo has podido?

Estuvo tentado de señalar aquel vestido, como los de Isabel, estuvo tentado de señalar su propia túnica remendada.

Y a Aldonza se le agotó la paciencia.

Se dio la vuelta, dispuesta a subir las escaleras.

—Arréglalo.

Se alejó dos pasos más. No había rodeado aquella dichosa mesa, no se había acercado a él. No había dejado nada para que él pudiese cenar.

Subió el primer peldaño. Los nudillos en el pasamanos, blancos.

—O hablaré con mi hermana...

No le dio la oportunidad.

—... Y el niño y yo nos iremos.

Subió las escaleras como una condena.