VI
El hambre que traía se diluyó. Sintió que no podría dar un bocado.
—¿Qué vas a hacer? Algo tendrás que hacer.
Aldonza jadeaba. Cruzó los brazos. Sus pechos abultaron el brial que vestía.
Uno que Mateo le había regalado después de ahorrar hasta el último maravedí durante dos años, eso se había llevado la costurera por arreglar la tela traída desde Astorga por un boyero que hacía las campañas de verano en las canteras de Compostela.
Valía más que todas las prendas que poseía el propio Mateo.
—Es precioso —había dicho ella.
Y lo había mirado, sujetándolo entre las manos, dándole la vuelta para examinar la espalda.
—Es aún más bonito que los de mi hermana —había dicho después.
Mateo ya no tenía hambre. No podría dar un bocado, ni siquiera a un suculento capón. Y pensar en capones hizo que asomase a sus labios una sonrisa melancólica.
Seguía junto a la puerta, sin dar un paso en el interior de su propio hogar. Del que había sido su hogar. Hasta hoy. Cuando maese Verrondo volviese las cosas podían cambiar.
—¿Qué vas a hacer?
Mateo no sabía qué contestar.
—Tienes que hacer algo —insistió ella.
Lo había hecho. Unas horas antes. Se había encarado a Verrondo. Y había salido mal.
—¡No me mires con esa cara de pánfilo!
Mateo no podía decirle la verdad. No podía decirle que iba a perder su trabajo.
—¿Vas a permitir que un sucio judío nos eche de nuestra casa?