V
Mateo escuchó la desesperación de mamá. Un día más.
El niño estaba en su propio cuarto. Y mamá chilló. La casa era una pocilga. Eran pordioseros. Muertos de hambre.
Mateo escuchó. Y no lo entendió. Había cenado nabos, y un poco de tocino. No tenía hambre.
Pero no entendía mucho de lo que hacían los mayores. Y tampoco esperaba entenderlo. Le bastaba entender los dibujos de papá.
Además, Mateo le había dicho a mamá que no le hacía falta su propia habitación, que le bastaba compartir cuarto con sus padres.
Mateo pasaba las mañanas en San Paio, donde los monjes enseñaban a los hijos de los mercaderes a escribir, a leer, a hacer dos cuentas y un pellizco de latín, pero sobre todo a rezar sus oraciones y a llevar una vida cristiana. Sabía que no todos sus compañeros tenían su propio cuarto.
Pero mamá no siempre escuchaba.
Y a veces gritaba. Sobre todo cuando la tía Isabel los visitaba.
Y eso tampoco lo entendía, porque la tía Isabel estaba siempre tan guapa, con vestidos nuevos.
Y traía regalos. Y el tío García Rodríguez, siempre García Rodríguez, nunca García, reía con su enorme papada y atronaba la casa.
A veces, en los días de feria, incluso traía buñuelos de miel, que eran los que más le gustaban.
Ensartados en varillas de abedul, una para el tío García Rodríguez, capaz de comérselos incluyendo la varilla, y otra para el pequeño.
Mamá volvió a gritar.
Y Mateo abrazó sus dibujos. Lo que más le gustaba era dibujar, como papá.
Los abrazó y se tumbó en la cama, la cama que papá había tallado. Conocía todas y cada una de las flores de la cabecera, las había dibujado mil veces.
Se tumbó en la cama y se acurrucó con sus dibujos. La tía Isabel le había regalado un caballito de madera comprado a un buhonero franco.
—Ha costado una fortuna, pero merece la pena a cambio de esa sonrisa.
El tío asintiendo, con la papada temblando, y eso había dicho la tía, pero Mateo sólo había sonreído porque mamá estaba mirando, le gustaban más sus dibujos.
Y la iglesia que había hecho papá. Con pequeños sillares sacados de restos de la cantera.
Papá había construido los arcos, la espadaña, con el hueco para una diminuta campana hecha con un cascabel.
La había dibujado mil veces, diez veces mil, cada detalle.
Cuando quería dibujarla, el pequeño entornaba los ojos, como hacía papá, los entornaba con fuerza, hasta que hacían chiribitas y tenía que parpadear con fuerza.
Papá la había hecho para él, con su altar, con su pórtico, con sus bóvedas. La iglesia era lo que más le gustaba después de sus dibujos. Y después de la iglesia y los dibujos, lo que más le gustaba era su colección de conchas.
A Mateo le fascinaban las historias que contaban los peregrinos ingleses, y el socio del tío García Rodríguez. Hablaban de monstruos marinos, de criaturas capaces de destrozar un barco de un coletazo, de leviatanes y ballenas como la de Jonás.
Se acurrucó en la cama, bajo las flores de papá, con los dibujos entre las manos.
—No pasa nada —se dijo a sí mismo.
Y mamá siguió gritando. Gritó sobre Nathanael. Sobre los dos hombres que habían venido aquella tarde, mientras papá trabajaba.
—Todo saldrá bien —murmuró mirando al techo.
En uno de los dibujos había un rostro, un rostro al que le faltaban años de práctica para ser reconocible. Pero uno de los ojos era más oscuro que el otro.
—Papá lo arreglará...