IV
Mateo podía haber mentido. Hubiera sido más fácil mentir. Pero aquélla era una frontera que no quería cruzar.
La amaba. O la había amado.
Le dijo la verdad.
—No, no nos han zaspeado.
Y ella saltó.
—¡No me hables así! No soy uno de tus peones. Habla en cristiano.
Había demasiados jamases. Y demasiados noes. Ésos no los había disuelto la lluvia de Compostela.
Mateo asintió.
—No, no hemos cobrado —repitió sin deseos de enfrentarse.
Ella rezongó algo incomprensible. Y gritó:
—¡Cuánta razón tenía mi madre! ¡Y mi hermana!
Mateo se sintió avergonzado. Y la vergüenza tenía el sabor del odio. Y el regusto a odio trajo más vergüenza. Era su esposa.
No debía ser así. No tendría que sentirse así. Sin embargo, así era.
—Pues ya me dirás qué vamos a hacer.
Ella resopló. Y le dio la mala noticia.