Suseia (Camino de Santiago 2) III
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III

Antes de casarse en San Fiz, ella sólo lo había preguntado una vez.

—¿Cuándo serás maese?

Y Mateo había respondido lleno de ilusión.

—Cumple esperar.

Y un mohín de sus labios lo obligó a sonreír y a desdecirse.

—Pronto, ya lo verás —había dicho Mateo, con la barba más ligera, cuando no le hacía falta afeitarse cada día para que el arzobispo no se enfadase—, pronto.

Y pronto se volvió tarde. Habían esperado. No habían tenido otro remedio.

Y se había hecho largo. Eterno.

Al principio ella había preguntado una vez al mes. Después, ya durante el embarazo, una vez a la semana. En especial cuando los visitaba su hermana Isabel, que se había casado con un mercader de vinos con socios entre los ingleses.

Pero llegó.

Lo nombraron oficial. El que había sido su mentor, Remigio de Cuntis, el que había sido el maestro antes de que llegara Verrondo, con una ristra de recomendaciones que habían epatado al arzobispo.

Lo nombraron oficial, pese a lo sucedido con su padre. El maestro Remigio le permitió al hijo lavar los pecados del padre. Y Mateo había vuelto a casa con un capón. Y una hogaza de trigo blanco de León.

Había sido la primera comida del pequeño Mateo, que había dejado de mamar para rechupar con las encías la tierna carne asada.

—Déjalo catarlo —había dicho él rebosante de contento.

Y Aldonza, desconfiada, había protestado. Sólo ahora, cuando se acostaba, al borde de la cama, Mateo podía echar cuentas y comprender que las protestas tenían sus raíces tantos años atrás.

—Se puede atragantar...

Ahora caía en la cuenta, cuando se sentía solo en el borde de la cama. Así había empezado, con pequeñas, diminutas desconfianzas. Desacuerdos que no lo parecían.

Mateo había arrancado unas hebras de la pechuga y el rechoncho puño del niño las había atrapado.

—Algún día tendrá que empezar —había dicho sonriendo.

Y el nudo en el ceño se había desatado, poco a poco.

Después la propia Aldonza le había preparado al pequeño un postre. Un currusco del delicioso pan, libre de salvado, de arenillas del molino, de miga blanca, machacado con miel y empapado en leche de burra.

Mateo podía recordarlo.

Ahora caía en la cuenta de que, quizás, sólo quizás, habían faltado risas y habían sobrado suspiros resignados.

Aquella tarde, antes del capón, habían recibido la visita de Isabel y del mercader, García Rodríguez, que, como su nombre, era grande, ampuloso, y demasiado gordo como para no berrear a los cuatro vientos que en su casa se comía carne, como poco, tres veces por semana, a no ser en Cuaresma,

entonces se hacían traer los mejores pescados envueltos en hojas de helecho y tajadas de limón.

La tía Isabel, envuelta en briales franceses, con brocados de oro, con un ama de cría atendiendo a los chicuelos traviesos que eran los hijos del vinatero. La tía del pequeño Mateo había llevado un regalo, un sonajero de plata firmado por uno de los orfebres de la ciudad.

Aquel sonajero se lo habían tenido que dar al judío.

—¿Cómo has podido? —había dicho Aldonza.

Poder no era querer. Pero la plata no se comía.

Se había deshecho, como una pila de arena bajo la lluvia. Poco a poco, sin remisión. Mateo no lo entendía, pero su amor se había deshecho bajo las lluvias de Compostela.

Mateo contestó al fin. Entrecerró los ojos, como si metiese la mano en la madriguera de una víbora, y contestó.

—No, no nos han zaspeado.