II
Delante del hogar, recortada la silueta contra las llamas. El ceño fruncido. Los brazos en jarras.
—¿Habéis cobrado?
Había desprecio e impaciencia. Salivazos que saltaron de aquellos labios que tanto echaba de menos.
Su pelo seguía siendo del color del cereal maduro. Su rostro seguía siendo el de la Virgen María al encontrar al niño en el templo.
Pero el fuego se había apagado.
Estar junto a ella había sido arrimarse al fuego en una noche de invierno. Mateo le había hablado de la ley de la piedra. De sus sueños. De cómo esperaba hacerse inmortal.
—Seguirán en pie cuando yo non esté —le había dicho orgulloso.
Y ella había mirado con candor las piezas de aquel fuste, por aquel entonces, un simple aprendiz, no le dejaban a Mateo hacer otra cosa que abujardar. Y ella había asentido con una sonrisa que a él le había parecido un amanecer. Había sonreído y había cogido su mano entre las suyas.
—Nadie lo hace mejor, Remigio te nombrará oficial, pronto —eso había respondido, con esperanza, levantando las comisuras de los labios.
Aldonza había compartido sus sueños.
Ahora alimentaba sus pesadillas.
—Contesta —exigió con un gruñido—, ¿habéis cobrado?
Mateo cerró la puerta. Despacio. Con apatía. Con ganas de abrirla y salir de nuevo. La cerró como si pudiera romperse. E iba a contestar, pero ella no le dejó.
—Sal fuera, sacúdete —ordenó—. Llenarás todo de polvo, ¿cuántas veces te lo he dicho? Me he pasado el día limpiando, ¿vas a arruinarlo?, ¿no puedes tener cuidado?
No abrió la boca. Tenía preguntas. Cientos de ellas. Quería saber. Pero no se atrevía a hacerlas. Quizá porque temía encontrar que la culpa era suya. Que era él quien llegaba primero a las obras y el último en marcharse.
—¿Qué ha pasado? —hubiera preguntado.
O se hubiera corregido.
—¿Qué nos ha pasado?
No tendría respuestas. O no le gustarían.
—¿Cuándo?
No serviría de nada.
Mateo no abrió la boca. Abatido. Repleto de un cansancio que deshilachaba el alma.
Habían esperado juntos, con las manos unidas. Mateo podía recordar cómo, tumbados, envueltos en sábanas y el intenso aroma del sexo recién horneado, con su mano sobre el vientre hinchado de Aldonza, los susurros sabían a pan recién hecho.
—Será un arxina, como su padre —había dicho ella, buscando de nuevo su miembro con mano traviesa.
No era más que una habitación alquilada en un segundo piso en la Rúa do Vilar. Y les había bastado. O no, no bastaba, pero su amor la había hecho enorme, tan grande como un palacio. Y más lujosa.
—¿Y si es niña? —había preguntado ella, acariciando el glande, buscando de nuevo la firmeza que deseaba en su interior.
—Una princesa, como su madre.
Y Aldonza había reído, porque ella no era más que la hija de un zapatero, de un calcurrio, que había hecho fortuna gracias a que Compostela crecía con el ansia de hongos tras la lluvia.
Había reído. Y había recogido su pelo, y compuesto una expresión pícara, y se había erguido, dejando que la sábana cayese, que bailasen sus pechos, llenos por el embarazo.
Había reído. Risas que debían callar para que el casero no protestase.
Igual que los gritos que ahogó momentos después, cuando sus caricias surtieron efecto.
Mateo no lo entendía.
Hizo lo que le habían ordenado, salió, se sacudió el polvo del oficio lo mejor que pudo. Intentó arreglar sus cabellos desordenados, alisó la túnica, y volvió a entrar.
Y al cerrar de nuevo la puerta, ella volvió a preguntar.
—¿Ha pagado el maese?
Y qué podía contestarle para que volviera a sonreír. Para que volvieran aquellas caricias. Las risas.
Mateo no lo sabía. A veces, al acostarse, en el borde de la cama, tenía la sensación de que su matrimonio era una escalera en la que, en lugar de peldaños, había preguntas.