Usura y gorrión
I
Se había enamorado de aquella mirada. De aquellos labios. Del mechón revoltoso que enmarcaba el lunar en la mejilla.
No, eso no era cierto.
Se había enamorado de su risa. De su paciencia. De cómo revolcaba los ojos cuando él hablaba de cantería. De cómo fingía que se le acababa la paciencia y, sin embargo, seguía escuchando.
Se había enamorado y pensó que aquella llama jamás se apagaría.
Había querido tallarla. Su felicidad era la de la Virgen Santa en las bodas de Caná.
Aldonza había sido su inspiración.
Pero el amor fue eterno mientras duró.
Ahora se sentía culpable. Ya no tenía el faro de aquella mirada, ni los besos de aquellos labios, y aquel lunar en la mejilla ya no hacía malabarismos con el mechón de pelo.
—¿Te parecen horas de llegar? Mediados los gallos.
Cuando cerró la puerta aún se veían sobre Compostela los últimos rayos de sol. Pero no le llevó la contraria. Mateo calló.
No podía explicarlo. Era fácil recordar cuando mirarla lo obligaba a sonreír, cuando pensar en una caricia ponía sus nervios a flor de piel, cuando deseaba llegar a casa con cada fibra de su ser. Pero aquella impaciencia se había perdido.
Y no sabía cómo encontrarla.
Mateo sopló el pelo que le cubría el rostro. Suspiró. E iba a preguntar por el niño, pero su esposa se adelantó.