XI
El resto de la jornada, Mateo apenas pudo terminar la dichosa hoja de acanto.
Apenas pudo hacer otra cosa que elucubrar.
Empapado en sudor frío, con las tripas retorcidas en nudos marineros.
Pensó en suplicar. En jurar que mantendría la boca cerrada.
Supo que se mentía, no podría hacerlo.
Y pensó en sacar de su escondrijo el último marco de oro, el que había ahorrado para el pequeño Mateo. Podía hacerlo sin que Aldonza se enterase. Pagar él mismo a uno de aquellos jaques. Oro a cambio de sangre.
Y supo que se mentía, una vez más, tampoco podría hacerlo.
Camino a casa, por unos pasos, incluso pensó hacerlo él mismo. Sólo por unos pasos. Sabía dónde vivía Verrondo. Conocía sus costumbres.
Fue sólo unos pasos. Y ni siquiera le trajo consuelo.
No era un ladrón. No era un asesino. Era un cantero. Un arxina.
Cabizbajo, caminó sin la habitual alegría que lo empujaba al saber que vería a su pequeño, incluso se dejó la concha.
Olvidada en su puesto, junto a la pila de bocetos que atrapaban sonrisas, miradas, ceños fruncidos.
Papel cuando lo había, tablillas de haya cuando no, cera incluso, hasta en el yeso de las monteas que despiezaban los arcos.
Con carboncillo, con un estilete, incluso con el dedo.
Mateo encerraba en dibujos lo que quería guardar en piedra.
Paseaba por el mercado de Mazarelos, subía hasta la Puerta de la Peña, o bajaba a la de la Mámoa.
Buscaba a sus profetas, a sus apóstoles y a sus reyes, y Compostela, donde las esquinas hablaban eslavo, germano, franco; donde las cornisas escuchaban normando, moro y lombardo, era el lugar perfecto.
No quería abandonar Compostela. Quería terminar la catedral. Y quería hacer algo imborrable, como aquel demonio.
Quería espantar la sombra de su padre.
Se sentía al borde de las lágrimas.
Qué le diría a Aldonza. Qué le contestaría al pequeño Mateo.
El invierno hacía los días cortos. El sol se acostaba más allá de la Puerta de la Trinidad, más allá del cementerio, más allá de las antiguas picotas. Al menos no llovía, y la última nevada había caído semanas atrás. Y eso ayudó, porque también se había dejado el tabardo junto a sus dibujos.
Ni siquiera se detuvo en el puesto del manco Cirilo, como solía hacer cada día.
Y Cirilo lo vio pasar, sonrió, lo llamó, y levantó su único brazo ofreciéndole una de aquellas tortas que cocía.
Pero Mateo no respondió. Pasó de largo bajo la mirada extrañada del manco.
Caminó. Sin sentir el frío. Callejeó hacia San Miguel, al norte de la ciudad. Allí, a espaldas del convento de San Martín Pinario, algunos zapateros tenían sus casas.
Era un barrio de mercaderes. Incluso vivía allí un orfebre.
Y era demasiado caro para un oficial.
Era el hogar que Aldonza había elegido. El que había elegido cuando tenía para él sonrisas y no gritos.
Mateo caminó. Sin saber que le aguardaban noticias peores.