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Sentía las mejillas a punto de arder.
Tanto apretó el puño que la sangre tiñó la concha. Y goteó en la alfombra del maese, una de esas alfombras que los caballeros habían traído de vuelta tras la cruzada a Tierra Santa.
—Habrá que convencer al rey —dijo Suero.
La expresión del arzobispo era la de quien deseaba escuchar que sí.
—Puedo dibujarlo —respondió Verrondo grandilocuente—. Puedo mostrárselo. Y será como la visión de Ricardo de San Víctor. ¡Mejor!
Y se acercó tanto al arzobispo que podría haberlo besado.
—Será como siempre habéis soñado, eminencia.
El arzobispo Suero se rascó el cogote, en un gesto más de pescador que de teólogo, a punto de escupirse en las manos y jalar los cabos de una red en la que se ha metido un marrajo con la bocaza repleta de dientes afilados.
—Vendrás conmigo —tajante.
El dedo de su eminencia señalaba al maestro de obras. Y la siguiente orden la soltó sin dirigirse a nadie en particular, pero cayó entre los canónigos como una pedrada en un estanque, todos se agitaron.
—Que preparen los caballos. Saldremos al encuentro del rey.
Y la reverencia de Verrondo fue tan exagerada que Mateo entrecerró los ojos. Imaginó que el maese caería y rodaría por el suelo. Pero no fue así, incomprensiblemente, y pese a su enorme barriga, Verrondo logró incorporarse.
—Por supuesto, eminencia. Se obedecen decretos, mandamientos, leyes y preceptos —respondió con la cabeza gacha—. Aunque, permitidme despachar unos asuntos con mi oficial antes...
Mateo se tensó. Verrondo sólo le dejaría conservar su trabajo a cambio de silencio.
Tanto apretó la mandíbula que sus dientes rechinaron.
Aún podía ser peor. Y si los rumores sobre Verrondo eran ciertos. Y si conocía la guerra. Y si le encargaba a cualquier jaque que le metiese un palmo de hierro en las tripas. De eso sobraba en Compostela, buscafortunas, descastados de aquella eterna guerra con los moros.
Nadie guardaba mejor un secreto que los muertos.
El arzobispo Suero acudió en su auxilio.
—No hay tiempo —tascó rotundo.
Y echó de nuevo aquella manaza en el hombro del maestro para arrastrarlo, como si no fuera más que un chiquillo travieso que no quiere enfrentarse al castigo.
Entre los cacareos de los canónigos, salieron todos de la tienda, y Mateo quedó solo, con la magnífica talla del Bautista, y con un último reojo que Verrondo le arrojó sobre el hombro.
Cuando regresasen, con buenas o malas noticias. Con el rey dispuesto a apoyar las obras, o con la catedral detenida. Su vida no volvería a ser la misma.