Suseia (Camino de Santiago 2) IX
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IX

Sólo el arzobispo se detuvo. Y los canónigos tropezaron unos con otros, envueltos en un caos de exclamaciones.

Uno de ellos, tan rubio que la tonsura apenas se distinguía, cayó en un revoltijo de hábitos.

Y se levantó como si el suelo ardiese, sacudiéndose las ropas y componiendo el gesto. Fingió que no había pasado nada.

Pero sí había pasado. El arzobispo se había detenido. Y volvía su hoyuelo hacia Mateo.

Verrondo abandonó con tanta prisa el cubilete que lo apoyó mal, y los dados se vertieron, para repicar en el suelo, como poco antes habían hecho los trozos de un puntero.

—¡Eminencia!

Dio dos pasos hacia el arzobispo. Con los ojos bien abiertos y la expresión de rebuscar en su memoria hasta encontrar qué decir.

Sin embargo, su eminencia no le prestó atención a Verrondo. Siguió interesado en el oficial. Con aquel mirar peculiar, con un ojo de cada color.

Y Mateo se apresuró.

—El Altísimo protéxalos —y se santiguó con la mano hecha un borrón—, Doña Berenguela y el conde Raimundo están enterrados en la catedral —insistió—. Y el rey Fernando aún no ha dictado dónde quiere sepultura...

El ceño de Suero, inseguro, se enredó. Tenía las cejas tan espesas que parecieron arbustos sacudidos por el viento. Y Mateo sabía que el arzobispo no le guardaba simpatía. Jamás se lo había dicho a la cara, pero Mateo lo sabía. Cuando Suero lo miraba, sólo veía una cosa, el pecado de su padre.

Había sido el arzobispo el que había elegido a Verrondo, pese a las recomendaciones del maese Remigio a favor del propio Mateo.

—Recuerdo lo que hizo tu padre —escupió Suero, con un desprecio poco cristiano.

Y Mateo aguantó la cornada. Debería haberse callado. Humillar el mentón. Pero no lo hizo. Por los gritos de Aldonza. Por las preguntas del pequeño. Y porque él también recordaba lo que Arrio había hecho.

—Los dos borgoñones dicen —a la carrera, antes de que Verrondo pudiera protestar— que todos los Capetos se entierran en San Dionisio.

El arzobispo, con aquellos brazos de leñador, apartó a los canónigos como si desbrozase maleza con un machete en la mano.

—Compostela no es París —le espetó acercándose.

Y pese a lo rotundo de las palabras, a Mateo le pareció ver tras ellas a la curiosidad del arzobispo, asomada como si espiase tras una puerta entreabierta.

Cuando Suero se puso a dos pasos, y era tan alto que tuvo que mirar hacia abajo para toparse con aquellos ojos, uno de cada color, el oficial no dejó escapar la oportunidad.

—Fue el abad Suger —dijo Mateo cargado de intenciones— el que hizo de San Dionisio lo que es. Un prodixio. Una maravilla.

Ahora asintió el arzobispo. Apenas un temblor. Y, sin remedio, Mateo robó el gesto para sus tallas, aquel gesto decía que sí, que no y depende, todo a la vez. Se imaginó a José escuchando cómo María explicaba la visita del ángel Gabriel.

—Se recuerda a Gelmírez —se reconvino Mateo a sí mismo, y se esforzó por seguir hablando de políticas, no de arte—, pese a cuanto agió que no era suyo y a que estuvieran a punto de lincharlo por dos veces.

La boca del arzobispo se afinó, como si fuera a silbar y no recordase la melodía.

Y Verrondo se entrometió como un derrumbe, sin dejar que su oficial volviese a hablar.

—El ilustre y viejo Reino de León y Galicia necesita terminar este faro de la cristiandad —dijo abriendo los brazos, adelantando a su oficial—, y la catedral podría convertirse en el camposanto de la Corona. ¡El rey Fernando! ¡Sus hijos! ¡¡Sus nietos!!

Verrondo alzaba las manos, señalaba al cielo, más allá de la tienda, hacia las obras, y hablaba como un profeta en rapto divino. El mismo Espíritu Santo había descendido sobre él, igual que sobre los apóstoles en Pentecostés.

Y el arzobispo Suero se olvidó de Mateo. Ahora le prestaba toda su atención al maestro de obras. Y los canónigos lo secundaban, miraban al oficial como a un apestado.

—La Corona estaría unida a la catedral, y la catedral a la Corona —Verrondo juntó las manos con una palmada, tan fuerte que hizo brincar a aquel canónigo que había caído al suelo—.

Por los siglos de los siglos —entrelazó los dedos—.

¿Qué mejor lugar para los herederos del reino que junto al mismísimo Zebedeo, favorito de Cristo nuestro Señor? ¡Hermano de Cristo!

Mateo se sintió ir cuesta abajo, sin remedio. Quiso decir algo más. Pero Verrondo, que lo vio de reojo, se adelantó.

—Eminencia, como dicen las Crónicas en las Escrituras, y corregidme si me equivoco...

Verrondo miró hacia arriba como si buscase inspiración. Y citó con voz solemne:

—... Y lo sepultaron en el lugar más prominente de los sepulcros de los hijos de David, honrándole en su muerte todo Judá y toda Jerusalén; y reinó en su lugar su hijo.

El mensaje calaba, los canónigos se revolvían de un lado a otro, como polluelos picoteando un puñado de salvado.

—La catedral de Compostela —aseguró Verrondo— será mayor y más bella que San Dionisio.

Aquellos arbustos en el ceño del arzobispo volvieron a sacudirse con una ventolera. Y encaró al maestro como si estuviera dispuesto a pelear con él.

—Hace una semana —recordó alzando un dedo apocalíptico— dijiste que íbamos retrasados, que necesitamos más hombres, y más fondos.

Y entonces Verrondo demostró que no tenía escrúpulos. Descolgó sobre el hombro otro reojo hacia Mateo. Una amenaza, muda, helada. Implacable.

—Ah, su eminencia —replicó el maese seguro de sí—, pero eso fue hace una semana, ¡una semana! —lo recalcó como si hubiera pasado un milenio—. Todo ha cambiado. Estaba diciéndole a mi oficial que os diera recado de que quería veros.

Mateo dudó. Era el momento de intervenir. Pero dudó, no supo qué decir, no supo cómo descubrir la mentira sin que la ofensa le costase el trabajo.

Dudó.

El arzobispo no le hacía caso. Los canónigos lo miraban como si estuvieran a punto de excomulgarlo.

Mateo dudó. Y perdió su oportunidad.

Verrondo bajó los ojos a la alfombra en el suelo del taller. Cargado de humildad. Encogió incluso los hombros y su barrigón descendió medio palmo antes de volver a su lugar.

—Hace unos días —dijo el maestro—, mientras rezaba con fervor ante el altar, como cada mañana, el mismísimo Santiago me inspiró.

Se detuvo para dejar escapar un largo suspiro. Y cuando alzó el rostro compuso la expresión de un cordero inocente. Gordo, seboso, pero inocente.

—Puede hacerse, eminencia —aseguró Verrondo—. Más grande, más solemne. La Jerusalén celeste de Juan, en este paño de lágrimas. Puede —con un asentimiento—. Mejor de lo que Gelmírez llegó a soñar.

Alzó una mano, señaló a los cielos. Le retemblaba la papada. Dos lágrimas bailaban en sus ojos.

—Lo dejó escrito Lucas. Nada hay imposible para Dios —continuó Verrondo en un arrebato místico—. He recibido la inspiración de los ángeles. El mismo apóstol me ha regalado el modo de avanzar con premura.

El arzobispo alzó una de aquellas manazas y la hizo girar en el aire, como si enrollase un hilo suelto en su dedo.

—Sé cómo resolver el socavón de la fachada oeste —aseguró Verrondo en éxtasis.

Las cejas del arzobispo volvieron a sacudirse, como si dentro se escondiese un animal acosado.

—No eres el primero en decir eso —repuso Suero en un tono atravesado de sospechas.

Y los canónigos bufaron como los gatos del taller. Todos clavaron sus ojos en Mateo, el hijo de Arrio.

—Aquello fueron los delirios de un perturbado, eminencia —respondió el maestro de obras—, pero puede hacerse, con la ayuda de Dios, ¡puede hacerse!

Verrondo se coló entre el arzobispo y el oficial, obligó a Mateo a dar un paso atrás. Y a escuchar.

Y Mateo escuchó. Y se sintió incapaz de reaccionar. Le estaban robando, delante de sus narices. Pero cada vez que reunía el valor para intervenir, un nuevo reojo del maese lo frenaba.

Sin pudor alguno. Con la víctima a sus espaldas. Verrondo explicó la idea que había acudido a su rescate mientras oraba piadosamente. Una ingeniosa solución para el problema con el que las obras habían tropezado durante años. Durante generaciones.

Era una idea que salvaba la pendiente entre la planta de la antigua basílica, sobre la que se levantaba la nueva catedral, y la explanada que había al oeste, la que llegaba hasta la puerta de la muralla a la que llamaban de la Trinidad.

Hasta ese momento, aquel condenado desnivel había sido la pesadilla de todos y cada uno de los maestros al cargo. O se resolvía o terminarían con una catedral chata, con aires de iglesia de pueblo recortada.

Y era una buena idea. Mucho mejor que el plan que había propuesto el propio Verrondo y que el arzobispo, resignado, había aceptado. Ese en el que trabajaban los zapadores, el que necesitaba un par de semanas, tres a lo sumo.

Era una buena idea. Y era idea de Mateo.

Pero Mateo era hijo de su padre. Y su padre había hecho algo imperdonable.