VIII
Mateo podía escuchar los gritos de Aldonza.
Los susurros se habían convertido en gritos. Las sonrisas en desplantes. Algo se había roto entre ellos. No sabía cuándo ni cómo. Pero se había roto. Y no se había hecho pedazos, se había convertido en reproches. En amargura.
Pero estaba Mateo. El pequeño.
El arzobispo se marchaba. Verrondo metía los dados en su cubilete. Y Mateo sabía cuál sería la orden. Que reuniese a los hombres. Que les diera la noticia.
Había venido a pedir un aumento y saldría de la tienda con miseria para todos.
Qué sería de Juanillo, que tenía pocas luces para hacer otra cosa. Y del viejo Gundisalvo, que se lo había gastado todo donde la Juana.
Podía escuchar a Aldonza. Sentía el peso de su mirada, fría, cargada de desprecio. Ella no estaba allí, pero no hacía falta. Podía sentirla.
Y el pequeño Mateo haría preguntas.
Echaba de menos hablar con Aldonza. Echaba en falta compartir sus sueños. Hablarle de la piedra.
—Ese maldito demonio te ha sorbido los sesos —con el dedo apuntando hacia él.
Con el labio superior cabalgando los incisivos. Aldonza podía golpear donde más dolía. En sus sueños.
—¡Ojalá se partiera en dos!
Cuántas veces se lo había oído decir, gritar.
Los canónigos bisbiseaban latines, y salían de la tienda, uno estaba a punto de apartar la lona de la entrada. El sol se colaba por las puntadas de aquel remiendo sobre el flechazo, dibujaba la silueta del capitán Ruy Ansúrez, al otro lado.
Las obras se detendrían, hasta capear el temporal.
Se había acabado.
Hasta que Mateo habló:
—Su madre y su abuelo están enterrados aquí, eiquí.