VII
Entró, como una clueca rodeada de sus polluelos. Una clueca tallada en aquel mismo granito, dorado y duro, con el que levantaba su catedral.
Entró Pedro Suero de Deza, señor y arzobispo de Compostela.
Parecía hecho de pedernal. Y no hacía falta arrimarle hierro para que saltaran chispas.
Doctor en derecho, teólogo, estudiante bajo la batuta del famoso Ricardo de San Víctor, en París, y niñera de las disputas entre Castilla, Portugal, Aragón, Navarra y el viejo Reino de Galicia y León.
Hablaba cuatro idiomas, podía discutir de astronomía o de retórica y, sin embargo, parecía uno de aquellos leoneses que ganaban el pan luchando mano a mano en las ferias.
Su eminencia tenía todos los títulos. Aunque daba la sensación de que las nueces las comía sin cascarlas.
Las comadres decían que ese hablar suyo, que parecía sierra en un leño, sólo endulzaba en las homilías, cuando sus palabras se encendían de pasión. El resto del tiempo, más que hablar, el arzobispo soltaba bofetadas.
Su guardia, con el bestia de Ruy Ansúrez a la cabeza, se quedó a la entrada, junto al flechazo remendado, con los brazos cruzados y cara de pocos amigos.
Y el arzobispo Suero entró como una tromba, rodeado de media docena de los canónigos del cabildo, que llegaron alborotados como chicuelos que hubieran visto al coco.
Se interpuso entre el oficial y el maese, obligando a ambos a dar un paso atrás.
—¡Estamos en guerra!
Jamás juraba o blasfemaba. Tampoco enredaba con latines. Suero era uno de esos hombres para los que su saliva valía más que el lapislázuli del Beluchistán. Y jamás repetía una orden.
El arzobispo dio una vuelta sobre sí mismo. Rotundo. Hablándoles a ambos a la vez. Los tres rodeados por el revoltijo de canónigos. Y siguió hablando sin esperar respuesta, como enojado por explicar lo obvio.
—Ese picaflores de Afonso de Portugal ha atacado.
Con sus manos recias y aquella mandíbula cuadrada con un hoyuelo en el mentón, el arzobispo pasaba por capitán de caballería.
Ni siquiera vestía casulla, y era habitual verlo en cota de malla, con la maza al cinto.
A ninguno le hubiera extrañado que pidiese su caballo para cabalgar hasta la frontera y plantar cara a los portugueses.
—Eminencia —dijo ceremonioso el maestro de obras—, serán represalias por repoblar Ciudad Rodrigo, el rey Fernando tendría que haberos hecho caso —cambió el tono de voz, lo hizo más profundo—.
Si uno agita el árbol, la fruta caerá. Su alteza tendría que haberos escuchado.
Como rezan los Proverbios, el que obedece el consejo será sabio.
La zalamería de Verrondo echó atrás los labios de Mateo, como si hubiera mordido un limón verde. Pero el maese tenía labia para continuar.
—Siempre ha sido demasiado sanguíneo —continuó Verrondo—.
Todos conocemos su fama de mujeriego. No sabe contenerse.
No es hombre de virtudes —se inclinó en una reverencia—, no como su eminencia.
Sólo piensa en la gloria, quiere que los juglares canten sus hazañas como si fuera el mismo Cid.
Le ciega el hambre de fama. Y ya dicen las Escrituras que la vanidad es sombra.
El arzobispo se giró hacia Verrondo como un vendaval. Y le puso la mano en el hombro, con una palmada que hubiera encogido un palmo al gigante Goliat.
Una vez más, Suero fue al grano:
—Tuy ha caído...
Mateo dio un paso atrás, y los canónigos aletearon de un lado a otro, entre cuchicheos. Y si Verrondo no reculó también fue porque la mano del arzobispo lo tenía atrapado como un cepo.
—Y un puñado de castillos a orillas del Miño —añadió el arzobispo sacudiendo el hoyuelo.
Suero soltó por fin al maestro de obras. Resopló. Y agachó la cabeza antes de continuar.
—Hay que parar las obras.
Ahora sí que dio Verrondo un paso atrás. Espantado, como si hubiera visto los diez cuernos de la bestia del Apocalipsis.
—Lo que queda en el tesoro tendrá que defender Compostela —sentenció el arzobispo.
—Eminencia...
La súplica del maese no fue escuchada. El arzobispo se había explicado más que de costumbre. Había dicho cuanto tenía que decir.
Ya no era sólo el trabajo de Mateo el que pendía de un hilo. Ahora iban a quedarse todos en la calle, desde el xebo Gundisalvo hasta el esportillero Juanillo.
—Eminencia, no podéis...
Verrondo no tenía palabras, las buscaba mirando a todos lados, pero no las encontraba. Aunque no importaba, rodeado de sus pollos, el arzobispo ya salía de la tienda. Ya llamaba al capitán de su guardia. Daba el asunto por zanjado.
No era la primera vez y no sería la última. Los dineros, la política, las envidias. Había muchas, demasiadas zancadillas. Había pasado antes y volvería a pasar. Las obras de la catedral se detendrían.
Quién sabía cuántos años pasarían hasta volver a ponerse en marcha.
A Verrondo el disgusto le arrugó el entrecejo, pero a Mateo acababan de darle una paliza.
Se había terminado.
Y Verrondo jamás le llevaría la contraria al arzobispo, tenía la lengua demasiado metida en el desaguadero de su eminencia.
Y Verrondo se apañaría. Algunos se apañarían. Cogerían un hatillo y se emplearían en la casa de algún mercader. Una reforma. O quizá se echarían al Camino, a la contra de los peregrinos, y encontrarían trabajo. Aunque no sería una catedral. Y si lo era, no sería Compostela.
Mateo sintió que las piernas se le derretían como cera al fuego. Y se acordó del judío. De las deudas.
Se había acabado.
Hasta que Mateo habló.