Suseia (Camino de Santiago 2) VI
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VI

—Todos trabajan duro. Y bien —como hablar con un puñado de arena en la boca—. Prestaría si se pudiera subir lo que zaspeamos...

Mateo lo ensayó. Lo intentó. Lo pensó.

No llegó a decirlo.

Abrió la boca, pero aquel cascabeleo de los dados lo obligó a callar. El maestro no quería escuchar.

Verrondo aún no había acabado.

Tapaba la boca del cubilete con su mano rechoncha. Y, con un último arreón, lo volcó entre cinceles y martillos. Terminó su amenaza, con la calma de quien las emplea a menudo y, además, sabe que surtirán efecto.

—Nosotros, pecadores, bailamos con la suerte, pero la decisión es de Jehová —los ojos, grandes y oscuros, clavados en los de su oficial—. Y a ti te salen siempre demasiados unos —sentenció examinando la tirada—. Habrías perdido...

Se agachó y recogió al gato, que se dejó arropar en los gruesos brazos y levantó la cabeza para apretarse contra los dedos que rascaban entre las orejas.

—Me ocuparé —dio un paso hacia Mateo—, lo juro por lo más sagrado, de que no haya cristiano que te dé trabajo, de aquí hasta la misma Conques.

Los dedos de su oficial se abrieron y cerraron sobre la concha. Aquel ojo derecho, el más oscuro, volvió a entornarse.

Saña. Odio incluso. Eso cargaban las palabras del maese.

—Le diste pena a ese loco de Remigio y te arrojó limosna. Pero no tienes ni la experiencia ni los conocimientos para resolver estos asuntos...

Aquel ojo derecho, el oscuro, se cerró.

Los dos ojos de Mateo habían sido del color del mar, de un mar somero y tranquilo. Habían sido del color de una poza entre dos mareas. Azul desvaído. Pero una esquirla lo había golpeado.

Y el derecho no llegó a curar. Nunca. La pupila, de día o de noche, se abría como una sima. Una sima oscura.

Mateo sabía, se lo decía el corazón, sabía que tenía razón, que su solución era mejor que la del maese. Lo sabía. Pero también sabía que Verrondo cumpliría su amenaza.

Y fue como darle un mordisco a una cebolla agria. A punto estuvieron de saltarle las lágrimas. Aun así, se tragó el orgullo.

—No, itoiz, por supuesto que no —dijo Mateo, sumiso—. Los zapadores ya están mureando, como se ordenó. Como aprobó el arzobispo.

Y decirlo fue como caerse en un matojo de ortigas. Mateo tuvo que rascarse.

No pudo callar.

—Aunque el arzobispo cavila sus misas y sus latines —se le escapó—, no las razones de la piedra...

Se sintió como si lo hubiera dicho el gato. Incapaz de asumir que había sido así de insensato. Mateo se arrepintió en cuanto salió de sus labios. Y apretó tanto el puño que la concha mordió la palma de la mano.

Verrondo bufó como un toro al embestir. Tanto que el gato saltó de sus brazos y se escabulló bajo el flechazo remendado de la entrada.

El maese no gritó. No levantó la voz. Pero se acercó otro paso más. Mateo hubiera podido darle un puñetazo. Y no le faltaron ganas, pero eso sí pudo evitarlo.

Verrondo habló con un susurro:

—Rebelde como un macabeo, ¿sabes que macabeo significa martillo?

La pregunta no esperaba respuesta.

—¿Cómo ibas a saberlo? Eres un ignorante, nunca podrás plasmar en piedra las enseñanzas de las Escrituras.

Como si tomase aliento en una larga cuesta. Con resignación de mártir, Verrondo siguió escupiendo bilis. Le gustaba escucharse a sí mismo.

—Hasta un ciego lo vería. Tienes talento —reconoció mordiendo las palabras—, pero no el suficiente para taparte la boca. Ya se sabe, la juventud es vanidad. Vanidad y humo. Además, la sangre de tu padre corre por tus venas. Tu linaje está podrido. Remigio se equivocó.

Y, como un último pensamiento, del que se hubiera acordado.

—Y sacas demasiados unos...

Aunque sintió que tragaba un puñado de clavos. Mateo se apresuró a humillar el mentón y hablar en el tono más humilde que pudo reunir. Sin una sola insinuación a que la idea del maese, la que había aprobado el arzobispo, le parecía una majadería.

—Los zapadores están trabajando. Y se han dispuesto carros para recoger las arrías sueltas —dijo Mateo sin tomar aire, a toda prisa—. En un par de semanas habrán terminado. Tres a lo sumo. Como se ordenó.

Nervioso, se le hizo poco, y tuvo que repetir:

—Rematarán en tres semanas...

E intentó Mateo espantar aquel asunto del maldito socavón.

Lanzarlo tan lejos como una pedrada. Abrió la boca de nuevo, para hablar de lo malo del rancho, del poco trabajo, de que faltaba esparto.

De lo que fuera. De lo bello que era el Bautista.

Pero la tenía tan seca que fue incapaz de pronunciar palabra.

Verrondo dio un último paso. Su enorme humanidad se cernió sobre el oficial como una sombra.

El maestro tomaba una decisión.

Y Mateo sintió en las tripas que su futuro dependía del instante siguiente. Su trabajo pendía de un hilo. Y su trabajo era cuanto tenía. Mateo era piedra y hierro, cincel y martillo. Sólo su trabajo lo sacaría de la sombra de su padre.

Los dedos volvieron a abrirse y cerrarse sobre la concha.

Se imaginó en la calle. Se imaginó las preguntas del pequeño Mateo. Preguntas para las que no tendría respuesta. Y Aldonza. Imaginó los gritos de Aldonza. Pudo escucharlos. Le pitaron los oídos.

Tenían poco. Él, su esposa, el pequeño. Tenían poco. Podían quedarse sin nada.

Mateo esperó. El timón al tope, los ojos clavados en las rocas de la costa, rezando para que el bote virase a tiempo.

Y antes de que Verrondo volviese a hablar, llegó el silencio.

Cayó como el granizo, fuera. Los cinceles se habían detenido una vez más aquella mañana.

Y la lona con el flechazo se apartó. Alguien entró sin pedir permiso.