V
Y allí estaba. Frente a la tienda de Verrondo, el maestro de obras, el lapingo, como le decían en su jerga.
Y era como tener los pies al borde del abismo.
—Bai. Hablaré con él.
Y el viejo Gundisalvo se lo había llevado más allá de las dichosas hojas de acanto, junto a unos cascotes, y le había hablado en voz baja.
—Lo siento, xilón —le había dicho con un ademán que abarcaba a los demás—. No me dejaron otra.
Y Mateo se había soplado el flequillo. Y había asentido.
—No le pises los callos al cebón. Templa —le había advertido Gundisalvo.
Y Mateo había prometido que lo haría.
Pero no sabía cómo hacerlo.
De su bolsa, colgada al cinto con un cordón que había sido atado y reatado, con nudos tan finos que apenas se notaban, Mateo sacó una concha, y cuando lo hizo no hubo monedas que tintineasen.
La concha se la habían dado esa mañana. La había traído Gatón, uno de los boyeros al cargo de los carros con los bloques de las canteras.
Blanca y reluciente, pulida por las olas, había viajado hasta allí desde las playas. Una promesa de mar y horizontes de libertad.
—Para tu niño —había dicho Gatón, jovial.
Y Mateo le había ayudado a descargar.
Y ahora, frente a la tienda de Verrondo, frente al abismo, con la concha en la mano, pensaba en su hijo. Y reunía valor.
La tienda era un resto, una lona de las campañas de Toledo, cuando el rey Fernando se liara a espadazos con su sobrino castellano. Cristianos matándose bajo la desconfiada mirada de los moros en la orilla opuesta del Tajo.
Nadie sabía cómo, pero Verrondo se había hecho con ella y, desde allí, ejercía como maestro de obras para la catedral.
Junto al paño de la entrada, sujeto con un hierro clavado al suelo, la lona todavía llevaba un remiendo que tapaba un flechazo.
El maese era celoso de su trabajo. No le gustaba que los demás vieran cómo tallaba sus piedras o replanteaba los planos.
El suyo era el único puesto a resguardo.
Y no sólo le servía para espantar las lluvias de invierno, empeñadas en lavar recuerdos de viejas revueltas de las calles de Compostela, allí guardaba también sus secretos.
Los que sólo él conocía sobre los arcos, las dovelas y la ley de la piedra.
Los canteros eran una familia mal avenida. La piedra guardaba demasiados misterios. Desconfiar resultaba cómodo.
Y Verrondo era el más desconfiado de todos ellos.
Mateo inspiró hondo, asintió para darse ánimos, abrió y cerró los dedos, que enseñaban su trabajo, una de las uñas, aplastada y morada, amenazaba caerse, en torno a la concha, y preguntó si podía entrar.
Asumió que el gruñido que tuvo por respuesta significaba que sí.
Dejó atrás el repicar de los cinceles, que habían vuelto al trabajo, y entró en la tienda. Aún olía a cuero y hierro, a caballos, a sangre. A batalla.
Y a orín de gato.
A Verrondo le gustaban los gatos. Decía que mantenían a raya a las ratas. Las mismas que se comían el esparto y el cáñamo, las que estropeaban el carísimo yeso traído de la Bárdena para trazar los planos.
Y en los talleres abundaban los gatos, para los que Verrondo siempre mandaba disponer escudillas con sobras del rancho.
Incluso había prohibido que acabasen en la olla de aquel mismo rancho.
—Cincuenta latigazos —había amenazado.
Y había uno allí mismo, pidiendo mimos. Un gatazo pardo, con la cara marcada por una reyerta nocturna, enredado en las piernas del maestro.
Pero el maestro no le cumplía el capricho al animal, trabajaba en una imagen del Bautista. Y, como siempre, al ver las tallas de Verrondo, Mateo sintió envidia.
Era un tirano. Pero sabía usar el cincel y la maceta.
La túnica del Bautista obligaba a humillar el mentón. Parecía mojada. Como recién salida del Jordán tras bautizar a Cristo. Se plegaba sobre la pierna, se tensaba y destensaba. Mostraba el peso del agua. Dibujaba la silueta. Que alzaba un brazo para recibir al Espíritu Santo convertido en paloma.
No tenía la fuerza de aquel demonio.
No, no tanta.
Pero, aunque a Mateo le doliese, aunque los celos le cosquillearan el cogote, era excepcional. En especial la tela. Aquella túnica, casi real. Casi empapada.
Verrondo no abandonó el trabajo para escuchar a su oficial. Lo dejó cocerse en su silencio. Y descargó la maceta, con decisión. Y desplazó el cincel, sin una duda.
Cayó otra media docena de golpes, sin titubeos, antes de que Verrondo echase dos pasos atrás para contemplar su obra.
Asintió para sí, satisfecho. Y, soltando las herramientas, se sirvió vino de una jarra de plata en una copa a juego. Y la mesa de donde levantó la copa, un lujo con taraceas de nácar que sólo podía haber salido del antiguo califato cordobés, valía más que las bolsas de todos sus canteros.
Verrondo bebió y, cuando miró por fin hacia su oficial, descubrió admiración, y se regodeó en ella. Como si se relamiera tras un dulce.
Habló antes de darle la oportunidad a Mateo.
—Si vuelves con el cántaro a la fuente —alzó la copa para apuntarle, y en su manga había brocados de oro, y sus ropas estaban limpias—, recuerda, el que no inclina la cerviz cuando es reprendido será quebrantado...
Habló despacio.
Y no utilizó el verbo de los arxinas. Nunca lo hacía. Eso se lo dejaba a sus hombres.
Habló despacio, y dejó las palabras colgando, obligando a su oficial a esperar. Se tomó su tiempo. Abandonó la copa, al lado de la jarra de plata y de un cubilete de cuero, sobre aquellas taraceas de nácar.
Verrondo era todo lo contrario al viejo Gundisalvo. Verrondo era un odre rebosante. De cabellos recios como espinas, negros. De rostro rotundo tras una nariz rota y mal recompuesta.
Cierta o no, porque el maese nunca había acallado los rumores, tenía una fama de pendenciero que le sentaba mejor que su propia túnica, que no tenía sitio para colgarse y redoblarse como la del Bautista. Una colosal barriga la mantenía tensa.
Algunos decían que Verrondo había sido mercenario para los morabitos de Badajoz.
Otros, que había matado a cuchilladas a un juglar en una taberna de Zamora, por deudas de juego.
Y el maese cogió el cubilete que tenía junto a la jarra y la copa, y lo agitó haciendo cascabelear los dados en su interior. Que eran de hueso, y sonaron a muerto levantándose de la tumba el día del Juicio Final.
—Si insistes con esa locura tuya, no volveré a darte trabajo.