Suseia (Camino de Santiago 2) IV
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IV

Cuando las viñas se revienen, no dan uvas, y quedan agarradas al suelo como garrapatas al pellejo de un burro, hasta que alguien las arranca.

Ése era el aspecto de Gundisalvo, el de una viña recién arrancada.

Había tropezado más de una vez en los tortuosos caminos del Señor. Y estaba viejo para deslomarse en los talleres. Pero pedir limosna no le hacía gracia. Con la edad le habían crecido las orejas, la nariz y el maldito orgullo. El mismo que, en tiempos, le había impedido llegar a maestro.

El herrero Sancho, en esas noches de sidra que le despistaban la fragua, de sidra, de cerveza, de vino, o de lo que hubiera, contaba cómo el viejo Gundisalvo se había liado a puñetazos con maese Remigio, mucho antes de que Verrondo estuviera al cargo, claro,

con Verrondo al cargo los talleres habían cambiado.

Ahora, en lugar de soltar la derecha, el viejo chistó y, como tenía más faltas que dientes, se le escapó un hilillo de baba que se perdió en el laberinto de la barba.

Y el viejo disimuló. Se limpió con el dorso de la mano, como si no hubiera visto la conmiseración bailar en aquellos ojos, uno de cada color. E hizo otra pregunta:

—¿Qué queremos?

Gundisalvo se pasó la mano por aquella nariz crecida, y arrancó a contestarse, y se detuvo. Y cambió la mano al cogote. Y cayeron pecas de mica.

—¡Cagüen la leche que mamé! Que vuelva la Juana, eso quiero —rezongó al fin, cansado.

Con una mueca que era toda una tragedia, con su héroe maldito y su retahíla de desgracias. Y Mateo se apresuró a robar aquella mueca. Aunque sólo fuera para espantar el asunto que había detenido los talleres.

—Así calcas a Jeremías —le dijo con picardía al viejo—, siempre con un lamento a punto... Apañas un altar.

Y el orgullo de Gundisalvo se revolvió.

—¡No soy una de tus piedras! —protestó indignado.

Y con la rabieta se pareció aún más al profeta Jeremías, tenía aires apocalípticos, pero los mudó pronto para componer un rostro que le hubiera ido mejor a la paciencia del santo Job.

—¿Vas a hacer algo, xilón? —preguntó limpiándose de nuevo la barbilla.

Mateo no se tomó a mal que Gundisalvo lo llamase aprendiz, la edad regalaba autoridad entre los canteros.

De Juanillo al asturiano. Pasando por el vizcaíno, incluyendo a Sinesio.

Los cordeleros. Y aquel talabartero pelirrojo que tenía ronchas de sarna en la cara pero que se entendía como nadie con las mulas.

El taller seguía con los ojos clavados en su oficial.

Alguno incluso restregaba las manos con impaciencia.

Y Mateo encogió una vez más los hombros, cargados con el peso de aquellas miradas.

—¿Qué voy a hacer yo? —respondió—. Bastante tengo con andar cierto en lo que me toca. ¿Para qué serviría? ¿Qué mudará? Hay lo que hay...

Lo interrumpieron, Alguien, uno escondido entre todos, se atrevió a gritar:

—Hay lo que hay, ¡menos lo que roba Verrondo!

Y lo secundaron.

—Podíamos estar mejor —otra voz, con acento castellano.

—No es mi faena —protestó Mateo, mirando a unos y otros—, es del maese.

Empezaban a revolverse como pescados en la red. Inquietos. No escuchaban. No querían escuchar.

Mateo, tras un suspiro, acabó por asentir. Y cogió las manos del otro, hinchadas por la reuma. Las cerró, aún con los pedazos del puntero entre los dedos, y lo miró con aquellos ojos, uno de cada color, el derecho entornado.

—Mañana le echaré una mano a Sancho, o las dos. Me ocuparé del temple de los fierros yo.

El viejo Gundisalvo se tensó como la soga de una grúa.

—¡Cagüen las moscas del Portal de Belén! A ese borracho de Sancho lo puede encular el buey... Y la mula si se apaña...

Tragó una bocanada, sacudió la cabeza y dejó caer los pedazos de cincel. Los tres. Clac, clac y clac, levantando polvo del suelo.

—No podemos seguir así... —protestó el viejo.

—¡Tenemos hijos! —saltó Malaquías, el grandote que trabajara en Carboeiro—. ¡Familia!

—¡Y fame! ¡¡Hambre!!

Una voz más allá de tres hermanos de Toledo que trabajaban en los fustes de una columna.

Una voz que, como todas allí, salpicaba la jerga de los canteros, de los arxinas, como se llamaban a sí mismos.

Una mistura de gallego, franco, vasco, moro y latines.

Una salvaguarda para que nadie que no fuera aprendiz pudiera domar la piedra.

Todo el taller se colgaba de Mateo.

Un puñado de miradas cargaba esperanza. Otras, más verdosas, como la de aquel gato, abonaban el deseo de que su oficial fracasase. Oprimido por aquel acoso, Mateo recordó a la pescadera golpeando el pecho de su padre.

No era fácil ser el hijo de Arrio.

—Sigue sin ornearme aprecio —reconoció Mateo sin tapujos, ofreciendo honradez incluso a quienes le tenían inquina—. Verrondo anda talabiscado. No me hará caso...

—A ti te escuchará —soltó Juanillo con un hilo de esperanza, sin dejar que su oficial se explicara.

Y uno, tan delgado que lo llamaban Sinsombra, alzó su maceta para señalarlo y enfatizar sus palabras.

—¡Sí! Si hablas tú, cabancará.

—¡Eso! Si hablas tú, aceptará.

Todos pendientes. Ansiosos. Unos para bien. Otros para mal. Sisnando, que sí tenía sombra y una ración de mala baba, tras su puesto, mordisqueaba el momento como si fuera regaliz.

Y Malaquías, que tenía el vozarrón de un oso con carraspera, volvió a hablar:

—¡Eres el oficial! ¿Quién diantres va a hacerlo sino tú?

El viejo había roto el hielo. Ahora todos se quejaban. El barullo creció como marea viva.

—¡Cagüen san Dios y en Cristo bendito! Bai. Habla con él —insistió un vizcaíno.

Y al vizcaíno se le acercó por detrás Sisnando, aún con cincel y maceta en las manos, y le dijo algo al cogote.

—¡Cojones! Demuestra que no eres tu padre —voceó el vizcaíno de inmediato.

Y una ráfaga de silencio sopló de un extremo a otro de los talleres. A Juanillo, que era el más joven, y el más inocente, se le cayeron los ojos al suelo, de pura vergüenza ajena.

No fue el único en sentirse incómodo. Aunque no todos compartieron ese malestar. Los talleres se dividieron en dos bandos. Cara y cruz.

Unos callaban. Otros seguían jaleando.

Y Sisnando se quedó tras el vizcaíno. Había terminado su trabajo.

No volvió a abrir la boca. No solía hacerlo, a no ser para lisonjear al maestro Verrondo, o para rechuparse las uñas, con las que aplastaba los abundantes piojos que campaban por sus guedejas.

No, no abrió la boca. Pero sus ojos vibraban.

Tenían el brillo ansioso del avaro ante un puñado de monedas recién acuñadas.

Mateo fingió. No dijo nada. No se movió. Fue como una de sus estatuas.

No era fácil ser el hijo de Arrio.

Fue el viejo Gundisalvo, que ya trabajaba en los talleres cuando Mateo había sido admitido como aprendiz, quien atajó el asunto.

—Parla con Verrondo.

No fue una orden. Tampoco una petición. Fue algo en tierra de nadie. Aunque dos borgoñones que andaban siempre juntos, como primos bien avenidos, lo secundaron.

—Oui, parle-lui !

Y el otro tradujo, como siempre. Así lo hacían todo aquellos dos. Lo que uno empezaba, el otro lo terminaba.

—Sí, habla con él.

Mateo, y el viejo Gundisalvo advirtió el bochorno en las mejillas del oficial, se agachó, despacio, como si le doliesen las rodillas. Y recogió los pedazos del puntero mal templado. Y los hizo bailar en la palma de su mano.

Los hierros tintinearon. Y los ánimos se caldearon aún más.

—Nos perrea! O cambian las tornas o marchamos con viento fresco... —un leonés contrahecho.

—¡Verrondo es un ladrón! Nos vamos —recalcó el Sinsombra.

Habían aguantado demasiado.

—A Ourense —propuso Malaquías.

—A Ourense, ¡cojones! —insistió el vizcaíno.

Menos los gatos, todos vestían ropas viejas. Menos a los gatos, a todos les asomaba el hambre en los ojos hundidos.

Mateo dejó los trozos junto a sus propias herramientas, entre los bocetos, y volvió a soplar el pelo que le cubría el rostro.

—Bai. Hablaré con él.