Suseia (Camino de Santiago 2) III
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III

Mateo alzó el martillo. Gundisalvo la pregunta.

—¿Por qué coño no lo hemos echado ya a la olla?

Y el gato, intuyendo que hablaban de él, bufó antes de marcharse indignado, con el rabo bien alto.

Y Mateo, en lugar de golpear el cincel, se dio la vuelta. Aunque antes echó un último vistazo a uno de aquellos ojos a punto de salirse de las órbitas, cargado de impaciencia, acentuado con diversión, como si el demonio supiera que aquel desgraciado entre sus garras era el primero de muchos.

Lo había visto un millón de veces, lo había dibujado otras tantas, y seguía aprendiendo. De las escamas en el lomo, vibrantes. De las manos crispadas, con las uñas a punto de saltar. De los labios temblorosos, cuna de un grito.

En lugar de golpear, Mateo echó un último vistazo y se dio la vuelta.

Y en las manos abiertas, viejas, comidas por el trabajo, encontró los pedazos de un puntero, uno como los tres que él mismo tenía en su puesto.

—¡Carajo! Es el segundo hoy —se quejó el viejo Gundisalvo, ofreciendo los trozos de hierro entre los callos de sus palmas—. ¡Y al Avemaría se le ha roto otro!

Mateo se apartó el pelo de los ojos. Uno de cada color.

Sus ojos eran desconcertantes. Como si uno viviera de día y el otro de noche. Uno, claro como una helada. El otro, negro como un abismo.

Y aquellos ojos, uno de cada color, miraron los restos del puntero. Y después, al otro cantero.

Pese a que ya había cumplido veinticinco, o eso creía, porque sus padres habían muerto cuando era un mocoso, y no le gustaba pensar en sus padres, especialmente en su padre, Mateo tenía aún aspecto de mozo. Uno que ha terminado las tareas y se ofrece a echar una mano limpiando las cuadras.

Mateo iba a contestar, a restarle importancia al asunto, pero cayó en la cuenta de que, tras del viejo, había demasiados reojos.

Hasta el repicar de las mazas se había callado.

Los canteros parecían ratoncillos asomados a la boca de la madriguera, sacudiendo los bigotes, mirando a todos lados con frenéticos ojillos negros, asustados por los gatos que rondaban los talleres.

Gundisalvo no era el único que esperaba respuestas.

Incluso Juanillo, el esportillero que iba y venía, que traía y que recogía, que estaba siempre pendiente de colmar los baldes con agua fresca, se había detenido.

Entre el puesto del asturiano, que bisbiseaba otra avemaría, y el de aquel bigardo que había estado en Carboeiro antes de unirse a las cuadrillas.

El taller al completo miraba hacia el viejo y el oficial.

Mateo perdió su sonrisa, adelantó la mandíbula y sopló el pelo que, como siempre, le caía sobre el rostro.

—Viejo, vamos, ya conoces a Sancho, de higos a brevas templa los fierros con sidra...

Mateo lo dejó en el aire. Como si hablase de que había comenzado a llover.

Y Gundisalvo calló. Incluso rejuveneció. Parecía un chiquillo tímido, incapaz de preguntar si podía salir a jugar con sus amigos.

Ni un solo martillo golpeaba los cinceles. Ni siquiera disimulaban. Los talleres se habían detenido. Todos miraban. A Mateo, no a aquel demonio ni a aquel desgraciado. Miraban. Y esperaban.

Resignado, fatalista, Mateo se encogió de hombros.

Y preguntó, aun sabiendo que podría perder su trabajo.

—¿Qué queréis?