II
El taller era un zapato viejo. Con demasiado camino a cuestas.
Había trabajo pero, más que nada, había remiendos, y piezas antiguas, muchas aún chamuscadas, de cuando Compostela había intentado linchar a un obispo y asesinar a una reina.
Habían pasado cincuenta años y aún se reparaba el desaguisado, entretanto, la catedral, sin terminar, mordía el aire sobre la vieja basílica del apóstol.
El taller era un zapato viejo, con agujeros en la suela. Faltaban oficiales, aprendices y maestros. Cordeleros, carpinteros, sogueros. Esclavos moros que arreasen los hornos de cal para el mortero.
Las obras continuaban, Compostela tendría su catedral, pero haría falta paciencia, y dineros. O un maese que no robase.
Aun así, pese a la decadencia, y no faltaban telarañas colgadas en el tenderete para herrar a los bueyes, en los talleres se podía aprender el oficio de cantero. Se podía aspirar a la gloria.
Aunque Gundisalvo, como delataban sus mejillas afiladas, necesitaba más pan que gloria.
Viejo, revenido, con pecas de mica en los rizos, escasos y sucios, que cabalgaban sus orejas, Gundisalvo se acercó al puesto del oficial. Llevaba las manos ocupadas y una pregunta en los labios.
Una pregunta que, como algunos bloques de piedra, tenía una peligrosa grieta.