Suseia (Camino de Santiago 2)
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I
A los infiernos.
El demonio arrastraba a aquel desgraciado a los infiernos. Tiraba de él. Sus garras lo descuartizaban. Rompían la piel, las costillas. Se lo llevaba.
Y el pánico ahogaba el rostro de aquel desgraciado.
Pero en las fauces del demonio temblaba una sonrisa.
Apenas una sonrisa. Un amago entre colmillos.
La sonrisa de un culpable. La de un monstruo alejándose del cadáver sodomizado de un niño, un monstruo que lleva en los bolsillos la certeza de que nunca, jamás, será señalado.
Era terror.
Bastaba un vistazo para comprenderlo.
Y era excepcional.
Un instante atrapado en piedra. Se oían los gritos. Los gruñidos. Hombre y demonio cobraban vida. Se olía el azufre. Se escuchaba el rugir de las llamas.
Y Mateo los miraba como si, con sólo mirar, pudiera robar el arte de aquel maestro que había hecho de la piedra tortura, sufrimiento y locura.
Mateo había preguntado por la marca de aquel cantero. Y nadie tenía respuesta. Ni siquiera el viejo Gundisalvo. Nadie sabía quién la había tallado.
Era leyenda. Humo. Quizás uno de los francos traídos por el obispo Gelmírez. Quizás uno de los huidos a Pamplona, donde la paga no escaseaba.
Mateo hubiera querido conocerlo, aprender de él. Porque, fuera quien fuese, había sido arrollado por el dolor. Sólo así se encerraba aquel sufrimiento en piedra.
Y Mateo tenía algo que encerrar.
—¿Lo harías tú mejor?
Se lo preguntó al gato, con una sonrisa franca, cariñosa. Sin colmillos. Pero el gato, de manchas negras y mirada verde, sentado en una pila de cascotes, no contestó. Se lamió una pata y se restregó los bigotes.
—¡Te crees lapingo! Pues, anda con tiento —le recriminó Mateo, fingiendo un enfado que no sentía, bromeando—, no vaya a enterarse maese Verrondo que quieres sus calzones...
El gato no aceptó el consejo. Tenía mucho trabajo, era difícil mantenerse limpio en los talleres.
Todo estaba lleno de polvo. Del cantar de los cinceles y de polvo.
Todo menos los gatos y aquella pieza. Aquel demonio y aquel pobre desgraciado llevaban dos años ante el puesto de Mateo, entre sus herramientas.
Y lucían impecables. Mateo los cepillaba todos los días con una ramilla de escoba.
Y cada día, cuando necesitaba inspiración, los miraba.
Quería aprender.
Y Mateo los miraba, con aquellos ojos suyos, uno de cada color, cuando alzó el martillo.
Y los miraba cuando recolocó el cincel sobre el borde de una hoja de acanto. Eso hacía. Hojas de acanto, volutas, alguna moldura. Por el momento.
Mateo volvió a mirar.
Volvió a recolocar el cincel, un pelo más allá.
Miró de nuevo.
Cambió de nuevo la posición del martillo.
Y, en el suspiro antes de dar el golpe, un golpe que nunca podría corregirse, que rompería el granito para bien o para mal, se escondía la promesa de que, algún día, domaría la piedra.
No pudo dar el golpe.
Antes llegó la pregunta. Y los problemas.