Sus reglas, mi delirio (Libro 1) (Mi novia, sus reglas) Capítulo 7 Fin de semana sin reglas #2
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Capítulo 7 Fin de semana sin reglas #2

Con los movimientos lentos de un hombre que sabe que está cruzando la línea que separa su vida normal de la perdición, Alberto se inclinó hacia delante.

Sus labios se acercaron al hombro de Valeria.

Pude escuchar el sonido de su respiración agitada contra la piel de mi novia.

Con una delicadeza extrema y los dientes apretados por la tensión, Alberto sujetó el primer botón abierto de la camisa de seda de Valeria y, con un tirón sutil pero firme, lo desabrochó.

La tela cedió un poco más, dejando al descubierto la mitad izquierda de su pecho, con el pezón erguido y firme rozando el lino de la camiseta de Alberto.

Un gemido ahogado escapó de la boca de Alberto al sentir el contacto directo de la piel de Valeria. Se retiró despacio, con los labios húmedos y las mejillas encendidas.

—Cumplido… —consiguió articular, con la mirada perdida en la anatomía de mi novia.

—Excelente —dijo Valeria, sin molestarse en cerrarse la camisa. Se giró hacia Elena, estirando el mazo con una lentitud exasperante—. Tu turno, Elena. Veamos qué te depara el destino.

Elena sacó una carta roja también. Su mirada verde recorrió el texto y una descarga de adrenalina pareció recorrerle la espina dorsal.

—*Reto* —leyó, y su voz tembló de una manera que me encendió la sangre—. *Besa a la persona que tienes a tu izquierda durante diez segundos seguidos, permitiendo que el resto del grupo observe la intensidad del contacto.*

A la izquierda de Elena estaba Valeria.

La suite de Sotogrande había sido el preámbulo de la madurez, la Costa Brava el despertar del agua, pero esto era la corrupción de la inocencia.

Elena miró a Valeria, que seguía de rodillas en la alfombra, con la camisa abierta y esa expresión de diosa del control absoluto.

Elena miró a Alberto, que estaba estupefacto, con el pecho subiendo y bajando, atrapado en el dilema de ver a su esposa de cinco años a punto de besar a otra mujer.

—Las reglas son las reglas, Elena —le recordé desde mi sofá, inclinándome hacia delante, con las manos apoyadas en las rodillas, devorando la escena con los ojos—. Diez segundos. Nosotros contamos.

Elena soltó la copa de mezcal en la mesa, haciendo que el cristal tintineara.

Se deslizó del sofá hasta quedar de rodillas sobre la alfombra, frente a Valeria.

Las dos mujeres se miraron a escasos centímetros.

El contraste era sublime: la belleza clásica y contenida de Elena, con su jersey gris y su timidez arquitectónica, frente a la lascivia salvaje y la seda blanca desabrochada de Valeria.

Valeria extendió sus manos de uñas rojas y acunó el rostro de Elena, acariciándole los pómulos con los pulgares.

—No tengas miedo, Elena —susurró Valeria contra sus labios—. Descubre cómo sabe la libertad.

Elena cerró los ojos y se entregó. Sus labios se unieron en un beso lento, que al principio comenzó con la timidez de la novata, pero que Valeria se encargó de transformar de inmediato en una tormenta húmeda y profunda.

Valeria metió la lengua en la boca de Elena, tomándola con una autoridad que hizo que la vecina soltara un gemido ahogado de pura sumisión.

Las manos de Elena, que al principio colgaban inertes, subieron espasmódicamente hacia los hombros de Valeria, aferrándose a la seda de su camisa, arrugándola entre sus dedos mientras se integraba en el beso con una voracidad que llevaba años guardada bajo llave.

Alberto miraba la escena con las manos aferradas a las rodillas de su pantalón, con los nudillos blancos por la fuerza.

Estaba viendo a su mujer ser poseída verbal y físicamente por Valeria, y su erección se marcaba con una nitidez salvaje bajo el lino de su pantalón.

El morbo lo estaba destruyendo y reconstruyendo al mismo tiempo.

Yo no apartaba los ojos de ellos, sintiendo que el corazón me iba a mil por hora, asimilando la genialidad del plan de mi novia.

Cuando pasaron los diez segundos, Valeria se separó despacio, dejando un hilo de saliva brillante que unía sus labios con los de Elena. La arquitecta tenía los ojos entornados, las mejillas rojas y la respiración totalmente rota. Acababa de saborear un mundo del que ya no iba a poder salir.

—Vaya... —consiguió decir Elena, relamiéndose los labios, mirando a Valeria con una devoción nueva y peligrosa.

Valeria se giró hacia mí, con los ojos encendidos de una lujuria desbordante. El juego de cartas había cumplido su función; los tabúes del matrimonio perfecto estaban hechos pedazos sobre la alfombra.

—Javi… —me llamó Valeria, y su voz ya no era la de la jefa, sino la de la amante que dicta la sentencia final—.

El reto final es para ti. Quítate la camiseta.

Quiero que Elena sienta lo que es tocar a un hombre que no sigue las normas tradicionales.

Y tú, Alberto, te vas a quedar ahí sentado, mirando cómo tu mujer empieza a cruzar el puente que nosotros le hemos construido. Esa es la regla de la tormenta.

Me quité la camiseta de un solo movimiento, dejando mi torso al descubierto bajo la luz titilante de las velas.

Me deslicé del sofá hasta el suelo, colocándome justo detrás de Elena, que seguía de rodillas, jadeando.

Pasé mis brazos alrededor de su cintura por encima del jersey fino, pegando mi pecho a su espalda.

Elena se estremeció entera al sentir mi contacto, echando la cabeza hacia atrás, apoyándola en mi hombro con un suspiro de rendición absoluta.

Giré la cabeza y miré a Alberto. El ingeniero estaba paralizado en el sofá, devorando con la mirada cómo mi mano subía por debajo del jersey gris de su esposa, buscando la piel desnuda de su abdomen, mientras Valeria, frente a ella, comenzaba a desabotonar los vaqueros de Elena.

La tormenta seguía rugiendo afuera, pero dentro del chalet de la sierra de Madrid, la verdadera tormenta acababa de desatarse, y el matrimonio perfecto estaba a punto de ser arrasado por completo bajo las estrictas y deliciosas reglas de mi novia.