Sus reglas, mi delirio (Libro 1) (Mi novia, sus reglas) Capítulo 7 Fin de semana sin reglas
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Capítulo 7 Fin de semana sin reglas

Hay momentos en que el universo parece ponerse de acuerdo con Valeria para que sus diseños rocen la perfección.

La noche del viernes siguiente, la naturaleza se encargó de poner el escenario ideal: una de esas tormentas eléctricas de la sierra de Madrid, donde el aire se vuelve tan espeso que cuesta respirar y el cielo se desgarra en relámpagos que iluminan las cumbres de Guadarrama con una luz violenta y azulada.

El trueno que hizo temblar los enormes ventanales de hormigón y cristal de nuestro chalet llegó acompañado de un apagón absoluto en toda la urbanización. La casa quedó sumida en una oscuridad total, rota solo por los fogonazos intermitentes de la tormenta.

No habían pasado ni diez minutos cuando el sonido sordo de los golpes en la puerta principal de madera pesada compitió con el estruendo de los truenos.

Sonreí en la penumbra. No necesitaba preguntar quién era.

Valeria, que ya estaba encendiendo varios velones gruesos de cera negra sobre la mesa de centro del salón, me miró de reojo.

La luz titilante de las llamas iluminaba sus facciones, dándole el aspecto de una deidad pagana a punto de presidir un ritual.

Llevaba una camisa de seda blanca de botones, de corte masculino y tres tallas más grande, que le llegaba a mitad del muslo.

Los primeros tres botones estaban abiertos, y con cada movimiento quedaba claro que la ausencia de lencería seguía siendo su norma inquebrantable.

—Abre, Javi —me susurró, y su voz llevaba el eco de la tormenta—.

El destino nos ha dejado a las ovejas en la puerta del lobo.

Recuerda la regla de esta noche: no somos nosotros quienes los forzamos; son sus propias bocas las que van a cavar el pozo de su deseo.

Nosotros solo hacemos las preguntas correctas.

Cuando abrí la puerta, la luz de un relámpago recortó las siluetas de nuestros vecinos.

Alberto y Elena venían empapados por los pocos metros que separaban nuestras parcelas, protegiéndose bajo un único paraguas que el viento ya había doblado.

Elena se abrazaba a sí misma, vistiendo un jersey de punto fino gris que se le pegaba al cuerpo por la humedad de la lluvia y unos vaqueros ajustados.

Alberto, con una cazadora ligera y el pelo mojado pegado a la frente, respiraba con una agitación que no se debía solo a la carrera bajo el agua.

—¡Hola! Perdón por las horas —dijo Alberto, con una risa nerviosa mientras entraban al recibidor—. Se ha ido la luz en todo el sector y la verdad... vimos sus velas desde la ventana. Nuestra casa parece una boca de lobo y Elena tiene un poco de fobia a las tormentas a oscuras.

—No se preocupen, pasen por favor. Esta casa es un búnker, aquí están seguros —les contesté, cerrando la puerta y dejando fuera el rugido del viento.

Al quitarle el paraguas a Elena, mi mano rozó sus dedos fríos y húmedos.

Ella me miró desde abajo, con esos ojos verdes suyos brillando con una mezcla de alivio y una expectación culpable que no había podido ocultar desde la cena del sábado anterior.

—Qué bueno que hayan venido —apareció Valeria desde el salón, sosteniendo un velón en la mano.

Su silueta bajo la seda blanca y translúcida hizo que Alberto se quedara paralizado a mitad del pasillo, tragando saliva de manera audible.

La timidez del ingeniero era su peor enemiga frente al magnetismo de mi novia—.

Estábamos a punto de abrir una botella de mezcal artesanal para pasar el rato.

Javi, trae unas toallas secas para nuestros invitados y sirve cuatro copas.

Nos acomodamos en la zona de los sofás, alrededor de la mesa de centro iluminada por seis velas gruesas que proyectaban sombras alargadas en las paredes de hormigón visto.

La atmósfera era perfecta: el aislamiento de la tormenta exterior, la luz cálida y mínima que suavizaba las facciones, y el alcohol quemando la garganta en sorbos lentos.

Alberto se había quitado la cazadora, quedando en camiseta, y se sentó en el sofá grande junto a Elena, pero la distancia entre el matrimonio ya no era la misma; estaban tensos, como si supieran que el suelo que pisaban estaba minado.

Valeria se sentó en el suelo, sobre una alfombra de piel, apoyando la espalda contra mis piernas de una manera perezosa y felina.

Yo estaba sentado en el sofá frente a los vecinos, acariciando perezosamente los hombros de Valeria, permitiendo que mi mano bajara de vez en cuando por el cuello de su camisa de seda.

—Este ambiente me recuerda a los veranos de mi adolescencia —comentó Elena, intentando romper el hielo mientras sostenía su copa con ambas manos—. Cuando se iba la luz y jugábamos a contar historias de miedo para pasar el tiempo.

—Las historias de miedo ya no asustan a los adultos, Elena —replicó Valeria, girando la cabeza para mirar al matrimonio con una sonrisa preñada de intenciones—. A los adultos nos asustan cosas más reales. Como decir la verdad en voz alta.

Alberto dio un trago largo a su copa de mezcal, el calor del alcohol dándole un valor que claramente necesitaba.

—¿A qué te refieres con decir la verdad? —preguntó él, con los ojos fijos en el escote de la camisa de Valeria, que cedía un poco más cada vez que ella se inclinaba.

—Hablo de un juego —Valeria sacó del bolsillo de su camisa una baraja de cartas vieja, de diseño minimalista—.

Se llama "Verdad o Reto", pero versión Sotogrande.

Un juego donde las mentiras se castigan con la copa llena, y las verdades...

se premian con la libertad. ¿Se atreven, o el matrimonio perfecto prefiere irse a dormir a oscuras?

El desafío estaba sobre la mesa. Elena miró a Alberto. En sus ojos verdes vi el destello de la mujer que lleva años reprimida por el "deber ser" y que, de repente, se encuentra ante una puerta abierta al abismo.

—Yo juego —dijo Elena, con una firmeza que sorprendió a su propio marido—. Total, no tenemos nada que ocultar, ¿no, Alberto?

—Claro... juguemos —asintió Alberto, aunque su postura rígida delataba que sabía perfectamente en qué clase de red se estaba metiendo.

Valeria mezcló las cartas con una destreza hipnótica. Las sombras de sus manos bailaban en el techo con cada movimiento.

—Empezamos por el dueño de la casa. Javi, saca una carta —ordenó Valeria, estirando el mazo hacia mí.

Saqué una carta negra. La leí en voz alta, manteniendo la voz ronca y pausada, fijando mis ojos directamente en Elena.

—*Verdad. Confiésale al grupo cuál ha sido la fantasía más recurrente que has tenido en el último mes y que nunca le has contado a nadie.*

Sonreí, sintiendo los dedos de Valeria presionando mi rodilla por debajo de su camisa. El guion estaba escrito en nuestra complicidad.

—Fácil —dije, recostándome en el sofá, sosteniendo la mirada de Elena hasta que vi cómo su pecho subía y bajaba con más rapidez—.

Últimamente he estado teniendo una fantasía muy intensa con la idea de la cercanía prohibida.

Imagino que invito a cenar a una mujer hermosa, sofisticada, casada con un hombre que no sabe valorar la electricidad que tiene al lado.

Imagino que la observo toda la noche, viendo cómo el deseo la va quemando por dentro, y que espero el momento exacto en que las luces se apaguen para deslizar mi mano por su pierna, sabiendo que su marido está a escasos centímetros y no puede hacer nada para evitarlo.

El silencio que siguió a mis palabras fue tan denso como el trueno que estalló justo en ese instante sobre el chalet.

Elena se quedó inmóvil, con los labios entreabiertos, asimilando la dedicatoria directa de mi confesión.

Su mano, que descansaba sobre su propio muslo, tembló sutilmente.

Alberto, por su parte, se movió incómodo en el sofá, bebiendo de nuevo para ahogar los celos que empezaban a mezclarse con un morbo que lo superaba.

—Vaya... eso ha sido muy específico, Javi —dijo Elena con un hilo de voz, intentando mantener la compostura, aunque el rubor de su cuello la delataba por completo.

—Las mejores fantasías siempre son específicas, Elena —intervino Valeria, con una sonrisa de triunfo absoluto. Extendió el mazo hacia Alberto—. Te toca, vecino. Saca tu carta.

Alberto alargó la mano, sus dedos grandes rozaron los de Valeria al tomar el trozo de cartón. Sacó una carta roja.

—*Reto* —leyó Alberto con la voz un tanto quebrada—. *Elige a una de las mujeres de la habitación y retira una prenda de su ropa utilizando únicamente tus dientes.*

La respiración de Alberto se detuvo. Miró la carta, luego miró a Elena, cuya expresión era una mezcla de shock y una curiosidad morbosa brutal.

Por último, Alberto miró a Valeria, que se enderezó sobre la alfombra, quedando de rodillas justo frente a él, a escasos centímetros de sus piernas.

Valeria se inclinó hacia delante, estirando el cuello, permitiendo que la seda de su camisa se abriera por completo, mostrando la piel suave de sus hombros.

—El juego exige cumplir, Alberto —susurró Valeria, con los ojos fijos en los grises del ingeniero—. Elige bien. Tu mujer está delante.

Alberto miró a Elena como pidiendo un permiso silencioso que nunca llegó en palabras, pero que el silencio de su esposa otorgó por completo. Elena estaba fascinada, hipnotizada por la deconstrucción de su matrimonio tradicional en mitad de nuestro salón.