Capítulo 6 El juego de las confesiones
Hay una belleza perversa en observar cómo se resquebraja la normalidad.
La rutina de la gente común es como un estanque de agua mansa: limpia, predecible y desesperadamente aburrida.
Pero cuando Valeria decide arrojar una piedra en mitad de ese estanque, las ondas que genera tienen la fuerza de un tsunami.
Nos habíamos mudado a principios de agosto a un chalet de diseño minimalista en una de las urbanizaciones más discretas y boscosas de la Sierra de Madrid, cerca de Torrelodones.
La casa era un búnker de hormigón, cristal y madera noble, rodeada de encinas y con una piscina desbordante que parecía flotar sobre el valle.
Era el refugio perfecto para huir del asfalto ardiente de la capital, pero, sobre todo, era el nuevo laboratorio de mi novia.
Llevábamos apenas una semana instalados cuando Valeria puso sus ojos felinos en los vecinos de la parcela contigua.
Alberto y Elena. Él, un ingeniero de caminos de treinta y cuatro años, alto, de espalda ancha, facciones correctas y esa timidez un tanto rígida de los hombres que han pasado demasiadas horas entre planos y pantallas.
Ella, de treinta y dos, arquitecta, una mujer de una elegancia clásica, con el cabello castaño cortado en una melena impecable y unos ojos verdes que delataban una inteligencia despierta, pero apagada por la monotonía de cinco años de matrimonio predecible.
Eran la viva imagen de la pareja perfecta de revista de diseño. Y por eso mismo, eran el cebo perfecto.
La tarde de la cena de bienvenida, el calor de la sierra comenzaba a ceder ante la brisa nocturna.
Valeria había dispuesto la mesa en la terraza de teca, iluminada únicamente por velas flotantes en la piscina y un par de lámparas de diseño de luz cálida y muy baja.
El ambiente era íntimo, casi conspiratorio, antes de que sonara el timbre.
En la cocina, mientras yo terminaba de abrir las botellas de un Ribera del Duero de gran reserva, Valeria se acercó por detrás.
Llevaba un vestido de punto de seda en un tono gris perla que se pegaba a su piel como una caricia, sin ropa interior que interrumpiera las líneas perfectas de su cuerpo.
Se puso de puntillas y me susurró al oído con esa voz que siempre me aceleraba el pulso:
—Esta noche estrenamos un juego psicológico, Javi.
Alberto y Elena creen que vienen a una cena de vecinos normal.
Tu misión es romper esa seguridad. Vas a ser el anfitrión perfecto, el hombre encantador que hace que Elena se sienta deseada con cada mirada y cada palabra.
Quiero que la tientes, que huelas su curiosidad.
Mientras tanto, yo me encargaré de que Alberto descubra lo que es desear lo prohibido.
Las reglas son las de siempre: complicidad total, pero tú solo avanzas cuando yo te abra la puerta.
—Entendido, jefa —respondí, dándome la vuelta para robarle un beso corto que sabía a vino y a peligro—. Que empiece la función.
Cuando abrimos la puerta, la pareja nos saludó con la cortesía típica de los desconocidos.
Alberto vestía una camisa de lino azul impecable; Elena, un vestido camisero de lino blanco que denotaba su gusto por las líneas limpias.
Traían una botella de vino y una sonrisa educada que no tardaría en desmoronarse.
—Bienvenidos —dijo Valeria, envolviendo a Elena en un abrazo sugerente y estrechando la mano de Alberto con una lentitud calculada—. Estábamos deseando conocer a los dueños de esa casa tan increíble. Javi, por favor, toma sus cosas y sírveles algo de beber.
Pasamos a la terraza. El vino fluyó rápido, y con él, las defensas iniciales.
Durante el primer plato, la conversación giró en torno a la arquitectura de la zona y la tranquilidad de la sierra, pero Valeria se encargó de desviar el rumbo hacia terrenos más pantanosos de forma sutil, casi imperceptible.
—Es un entorno idílico para una pareja —comentó Valeria, apoyando la barbilla en su mano, mirando a Alberto por encima de su copa—. Aunque a veces, tanta tranquilidad puede volverse... rutinaria, ¿no crees, Alberto? A mí me da pánico la monotonía.
Alberto se removió un poco en su silla, desabrochándose el primer botón de la camisa de lino. La mirada directa de Valeria, que no se escondía para recorrerle los hombros y el pecho, lo estaba poniendo nervioso.
—Bueno... la rutina tiene su parte buena —contestó Alberto con una risa tímida, mirando de reojo a su esposa—. Te da estabilidad. Aunque supongo que de vez en cuando hace falta un poco de emoción.
—La emoción no se busca, Alberto. Se provoca —intervino Valeria con una sonrisa lobuna, bajando la vista hacia la copa de él—. ¿Y tú, Elena? ¿Te conformas con la estabilidad o echas de menos que te sorprendan?
Me fijé en Elena. El vino le había encendido las mejillas. Miró a su marido y luego me miró a mí, que la observaba con una intensidad que no estaba acostumbrada a recibir en su día a día. Sostuve su mirada verde, recorriendo sus labios con deliberación.
—A todas las mujeres nos gusta que nos sorprendan —admitió Elena con voz suave, jugando con el tallo de su copa—. A veces olvidamos cómo se sentía esa electricidad del principio.
—Qué lástima —dije, inclinándome un poco hacia ella sobre la mesa, asumiendo la orden de Valeria—. Un hombre nunca debería permitir que una mujer como tú olvide lo que es la electricidad, Elena. La belleza como la tuya exige atención constante.
El cumplido, directo y sin filtros, cayó como una bomba en la mesa.
Elena contuvo el aliento, sorprendida por mi audacia, pero lejos de molestarse, una sonrisa coqueta y un tanto turbada apareció en su rostro.
Miró a Alberto, esperando una reacción de celos tradicional, pero su marido estaba demasiado ocupado asimilando la pierna de Valeria, que acababa de cruzarse de manera muy evidente a escasos centímetros de la suya por debajo de la mesa.
La cena avanzó hacia el plato principal, y con la noche totalmente cerrada sobre la sierra, el juego de Valeria subió de nivel.
Los roces "accidentales" comenzaron a sucederse.
Cada vez que yo servía más vino, me aseguraba de que mi mano rozara los dedos de Elena, manteniendo el contacto un segundo más de lo necesario.
Ella ya no retiraba la mano; al contrario, su respiración se volvía más profunda y sus ojos verdes me buscaban cada vez con más frecuencia, intrigada por el magnetismo descarado que desprendíamos.
Pero el verdadero espectáculo estaba ocurriendo del otro lado de la mesa.
Valeria se había inclinado hacia Alberto para escuchar una anécdota sobre un viaducto, pero su postura era puramente erótica.
El punto de seda de su vestido gris perla se tensaba sobre sus pechos, y sus pezones, endurecidos por la brisa fresca de la noche, se marcaban con una nitidez absoluta.
Alberto intentaba mantener los ojos fijos en la cara de Valeria, pero el magnetismo de su cuerpo lo vencía una y otra vez.
Estaba sudando sutilmente, subyugado por la sensualidad salvaje de mi novia.
—Me apasiona la gente que construye cosas —susurró Valeria, con esa voz aterciopelada que yo usaba como mapa en la oscuridad—. Hombres que saben dominar la materia, que tienen el control. Me pregunto si eres igual de preciso en todo lo que haces, Alberto.
Alberto tragó saliva, con la copa a medio camino de los labios.
—Intento serlo... —consiguió decir, con la voz notablemente más grave—. Aunque hay cosas que escapan al control de uno.
—Esas son las mejores —sentenció Valeria. En ese momento, dejó caer su servilleta de tela al suelo, justo entre su silla y la de Alberto.
Valeria se inclinó despacio para recogerla.
Al hacerlo, el escote del vestido gris cedió, dejando a la vista de Alberto la ausencia total de lencería y la curva perfecta de sus pechos.
El ingeniero se quedó paralizado, con las pupilas dilatadas, devorando la escena con la culpa del que sabe que está pecando a un metro de su esposa.
Cuando Valeria se incorporó, no se limitó a volver a su sitio; deslizó su mano por la rodilla de Alberto antes de retirar los brazos de la mesa.
Vi cómo el cuerpo del ingeniero se tensaba por completo, asimilando la caricia prohibida.
Giré la cabeza hacia Elena para asegurarme de que el juego psicológico funcionaba en ambas direcciones.
Elena había visto el intercambio. Había visto cómo mi novia tentaba a su marido, y en lugar de levantarse indignada, sus ojos reflejaban una mezcla fascinante de indignación, celos y, sobre todo, una excitación brutal que intentaba reprimir.
Su matrimonio perfecto estaba mostrando las primeras grietas de curiosidad.
—¿Te gusta el postre, Elena? —le pregunté con voz baja, atrayendo su atención de vuelta hacia mí, dándole el espacio que necesitaba para procesar el morbo.
—Está... exquisito, Javi —respondió ella, mirándome con una intensidad nueva, casi desesperada—. Todo en esta casa es... muy diferente a lo que estamos acostumbrados.
—Nos gusta vivir sin tantas restricciones, Elena.
La vida es demasiado corta para conformarse con las normas de los demás —le contesté, estirando la mano sobre la mesa para acariciar suavemente el dorso de sus dedos.
Esta vez, Elena giró la mano y entrelazó levemente sus dedos con los míos por un segundo antes de soltarse, asustada por su propio atrevimiento.
El postre terminó y Valeria propuso trasladarnos a los sofás de la piscina para tomar la última copa. La iluminación allí era aún más escasa; el agua azul de la piscina reflejaba destellos temblorosos en las paredes de hormigón del chalet.
Valeria se sentó en el sofá grande y le hizo una señal a Alberto para que se colocara a su lado.
El ingeniero obedeció como un hipnotizado, completamente rendido al control de mi novia.
Yo me senté en el sofá individual contiguo, invitando a Elena a sentarse en el brazo del mío, quedando muy cerca de mí.
—Tienen una energía muy especial ustedes dos —dijo Alberto, intentando recuperar un tono de conversación normal mientras sostenía su copa de ginebra—. Se nota que se compenetran perfectamente.
—Es porque no tenemos secretos, Alberto —respondió Valeria, acomodándose en el sofá, estirando un brazo por el respaldo, rozando los hombros del ingeniero—.
Javi sabe exactamente lo que me gusta, y a mí me encanta ver cómo él disfruta.
Compartimos todo lo que nos hace felices. Incluso las fantasías más... atrevidas.
La palabra quedó flotando en el aire de la sierra como una invitación formal al pecado. Elena, sentada casi sobre mis rodillas, respiraba de forma agitada. Podía oír el roce de su vestido de lino con cada movimiento.
—¿Fantasías? —preguntó Elena, con la voz un tanto trémula, incapaz de apartar los ojos de Valeria.
—Por ejemplo —continuó Valeria, inclinándose hacia Alberto, permitiendo que su perfume inundara los sentidos del hombre—, a mí me excita muchísimo ver cómo un hombre maduro y centrado como tu marido pierde los papeles por mí. Y a Javi le encanta mirar cómo soy capaz de domar esa rigidez.
Alberto se quedó sin respiración. La franqueza brutal de Valeria lo había desarmado por completo.
Miró a su esposa, buscando una boya de salvación, pero Elena estaba demasiado ocupada sintiendo mi mano, que acababa de posarse con firmeza en su cintura, por encima del lino blanco.
La estreché suavemente contra mí, y Elena, en lugar de apartarse, dejó caer levemente su peso sobre mi costado, aceptando el contacto.
Valeria vio el movimiento de mi mano sobre Elena y sus ojos se encendieron con esa chispa de victoria que yo tanto adoraba. El anzuelo estaba clavado en lo más profundo del matrimonio perfecto.
—Creo que la noche se está poniendo interesante —susurró Valeria, acercando sus labios a la oreja de Alberto, rozando el lóbulo con los dientes mientras su mano libre bajaba descaradamente por el abdomen del ingeniero, deteniéndose justo por encima de su entrepierna—.
¿Por qué no dejamos que las reglas de la sierra nos guíen un poco más, vecinos?
Alberto no se movió. Estaba temblando, con la mirada fija en el agua de la piscina, asimilando el tacto de la mano de Valeria a través de su pantalón.
Elena, a mi lado, soltó un suspiro ahogado al ver la escena, apretando mis dedos con los suyos.
El punto de no retorno se había cruzado.
El matrimonio tradicional de Madrid acababa de morder el anzuelo de Valeria, y yo solo podía sonreír en la penumbra, sabiendo que el próximo encuentro iba a destruir por completo lo que ellos llamaban una vida normal.