Sus reglas, mi delirio (Libro 1) (Mi novia, sus reglas) Capítulo 5 La cena de bienvenida
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Capítulo 5 La cena de bienvenida

El chasquido del corcho al salir de la botella de Dom Pérignon sonó como un disparo en el silencio cargado de la suite presidencial.

Mis manos, habitualmente firmes, temblaban levemente mientras sostenía el cristal frío de las copas.

El sonido del champán cayendo, la espuma blanca subiendo rápidamente para luego estabilizarse en un dorado brillante, era lo único que llenaba el espacio.

La atmósfera dentro de la habitación era tan densa que casi se podía cortar con un cuchillo.

El olor a cuero, a madera noble del mobiliario y al humo residual del habano de Mauricio se mezclaba con el perfume floral y magnético de Valeria.

Estábamos en el último piso del hotel, flotando sobre el lujo de Sotogrande, y yo estaba a punto de presenciar cómo el tablero de ajedrez que mi novia había diseñado se consumía bajo el fuego de las reglas más peligrosas que jamás habíamos acordado.

Me acerqué a la mesa de centro con los dos catavinos en una bandeja de plata, manteniendo la cabeza baja, asumiendo el rol de subordinado con una devoción que rozaba la locura.

Cuando le entregué la copa a Mauricio, él ni siquiera me miró; sus ojos grises estaban completamente fijos en Valeria, devorándola con la paciencia y el hambre de un hombre que sabe exactamente qué hacer con lo que desea.

Valeria, en cambio, clavó sus pupilas oscuras en las mías mientras tomaba su copa.

En esa fracción de segundo, su mirada me transmitió toda la adrenalina, el miedo delicioso y la complicidad absoluta que nos unía.

*«Mírame, Javi. No te atrevas a pestañear»*, me decía en silencio.

—Quédate ahí, junto al ventanal, Javi —me ordenó Valeria con una voz gélida, corporativa, que me hizo dar un paso atrás instintivamente—. No hables a menos que te lo pida.

—Sí, señora —respondí con un hilo de voz, colocándome en la penumbra, justo donde la cortina pesada de terciopelo tocaba el cristal que daba a la terraza. Desde allí, el reflejo de la luna sobre el mar de Cádiz servía de telón de fondo para mi propia tortura.

Mauricio dio un sorbo a su champán, dejó la copa en la mesa con un golpe seco y se acercó a Valeria. La diferencia de estatura era imponente; le sacaba casi una cabeza, y su complexión robusta contrastaba salvajemente con la silueta esbelta y felina de mi novia en su vestido de satén champán.

—Me gusta la disciplina de tu asistente, Valeria —dijo Mauricio, con esa voz profunda y rasgada que denotaba madurez y autoridad—. Pero me gustas mucho más tú. Llevo toda la noche conteniéndome las ganas de ver cómo se arruga esta seda contra el suelo.

Sin esperar respuesta, Mauricio extendió sus manos grandes y curtidas, posándolas firmemente en las caderas de Valeria.

La atrajo hacia sí con una fuerza dominante, eliminando cualquier espacio entre sus cuerpos.

Un leve jadeo escapó de los labios de Valeria, y sus ojos se entornaron.

Vi cómo la tela del vestido se tensaba bajo la presión de los dedos del maduro.

—Don Mauricio… —susurró ella, fingiendo una ligera resistencia que solo sirvió para encender más al empresario.

—Mauricio, a solas llámame Mauricio —la interrumpió él, bajando una de sus manos hacia la parte posterior de sus muslos, levantando el satén con una deliberación exasperante—.

En mis negocios no hay rodeos, y en mi cama tampoco.

Tu chico de los recados va a aprender esta noche cómo se complace a una mujer de verdad.

Desde mi rincón, sentí que el corazón me iba a estallar en el pecho.

La tensión física en mi pantalón era dolorosa, insoportable.

Ver a mi mujer siendo sometida por la seguridad aplastante de un hombre de cincuenta años, bajo la estricta condición de que yo solo era un fantasma obligado a mirar, me provocaba una descarga de morbo tan pura que me costaba mantenerme en pie.

Mis dedos se clavaban en la tela de mis bolsillos, conteniendo el impulso primitivo de intervenir, recordando que mi sumisión a sus reglas era lo que mantenía vivo el fuego de nuestra historia.

Mauricio inclinó la cabeza y enterró la cara en el cuello de Valeria.

Su barba canosa de un par de días rascaba la piel suave de mi novia, que echó la cabeza hacia atrás, exponiendo la línea de su garganta.

Escuché el sonido húmedo de los besos de Mauricio subiendo por su mandíbula hasta encontrar su boca.

Fue un beso voraz, maduro, desprovisto de la timidez de los hombres jóvenes; Mauricio la besaba con la certeza de quien es dueño del lugar.

Valeria gimió contra sus labios, enredando sus manos en el cabello gris del empresario, entregándose por completo al juego.

De reojo, por encima del hombro de Mauricio, me miró.

Tenía las pupilas totalmente dilatadas, brillando con una lascivia salvaje.

Me estaba mostrando cómo disfrutaba de esa dominación ajena, utilizándome como la batería que alimentaba su propia excitación.

Mauricio se separó un centímetro, respirando agitado.

Con un movimiento rápido y experto, deshizo el nudo halter en la nuca de Valeria.

El satén color champán se deslizó por su torso como agua, cayendo hasta sus pies en un montón brillante sobre la alfombra.

Valeria se quedó de pie ante él, vistiendo únicamente unos tacones altos y una finísima lencería negra de encaje que apenas cubría lo esencial.

Su piel bronceada parecía resplandecer bajo la luz cálida de la suite.

—Dios santo… eres una obra de arte, Valeria —murmuró Mauricio, y por primera vez su voz perdió un poco la compostura, rota por la lujuria.

El maduro comenzó a desvestirse sin apartar los ojos de ella.

Se quitó la camisa, revelando un pecho ancho, con vello canoso, fuerte y maduro; luego el pantalón, quedando completamente desnudo.

Su anatomía era la de un hombre maduro poderoso, imponente, con una erección formidable que apuntaba directamente hacia Valeria.

—Ponte de rodillas —le ordenó Mauricio, sujetándola por el moño bajo con firmeza, obligándola a mirarlo hacia arriba—. Vamos a empezar por el principio. Enséñame qué tan eficiente eres.

Valeria no dudó. Deslizó sus rodillas sobre la alfombra de lana, quedando justo frente a él.

Miró la imponente masculinidad del maduro y luego, antes de abrir la boca, desvió la mirada hacia mí en la penumbra.

Su rostro reflejaba una sumisión absoluta hacia Mauricio, pero una victoria total sobre mí.

Lenta, deliberadamente, rodeó la base con sus dedos de uñas pintadas de rojo y se entregó a complacerlo.

El sonido de la intimidad en el silencio de la suite presidencial me golpeaba los oídos como un tambor.

Escuchar los jadeos graves de Mauricio, las sutiles arcadas de Valeria mientras se esforzaba por complacerlo al máximo, y ver cómo él le acariciaba el pelo con rudeza caballeresca, me tenía temblando.

Yo estaba allí, quieto, como una estatua de cera, con la respiración contenida, asimilando cada milímetro del espectáculo.

Valeria se esmeraba, usando sus manos y sus labios con una destreza que yo conocía bien, pero que esta noche estaba consagrada al disfrute del inversor de Sotogrande.

—Suficiente… —gruñó Mauricio al cabo de unos minutos, sujetándola por los hombros y levantándola con facilidad—. Si sigo así, no voy a aguantar, y quiero poseerte en esa cama hasta que olvides cómo te llamas.

Mauricio la empujó suavemente hacia la inmensa cama king-size.

Valeria cayó de espaldas sobre las sábanas de hilo blanco, con el pelo ya desordenado y las mejillas encendidas.

El maduro se subió a la cama inmediatamente después, colocándose entre sus piernas.

Con un movimiento brusco, rasgó el encaje de la lencería de Valeria, dejándola completamente expuesta, vulnerable y hermosa en medio de la inmensidad de la cama.

—Mírame, Valeria. Mírame a mí —le exigió Mauricio, sujetándole las manos por encima de la cabeza, inmovilizándola con su peso—. Esto es lo que querías cuando viniste a buscarme, ¿no? Un hombre que supiera qué hacer contigo.

—Sí… Mauricio, sí —gimió Valeria, con la voz totalmente rota, arqueando la espalda cuando sintió el primer roce directo de la anatomía del maduro contra su intimidad ardiente.

Mauricio no se contuvo más. Se hundió en ella con una embestida profunda, pesada, que hizo que los muelles de la cama de lujo crujieran sordamente.

Valeria soltó un grito ahogado, un gemido agudo de puro placer que resonó en las paredes de la suite.

Sus piernas se envolvieron instintivamente alrededor de la cintura robusta del maduro, buscando más profundidad, entregándose al ritmo implacable que él estaba imponiendo.

Desde mi posición junto al ventanal, el mundo exterior había desaparecido por completo.

Yo solo podía ver. Solo podía ver cómo el cuerpo maduro de Mauricio se alzaba y caía sobre el de mi novia, cómo sus manos grandes le apretaban los pechos con fuerza, dejando marcas rojas que desaparecerían al día siguiente, y cómo Valeria giraba la cabeza hacia mí en cada movimiento, buscando mi mirada en la oscuridad.

Sus ojos fijos en los míos mientras era poseída por otro hombre eran el lazo invisible que nos mantenía unidos en medio del abismo.

Yo era el combustible de su orgasmo; ella era el motor de mi delirio.

El ritmo en la cama se volvió frenético. Mauricio no tenía la prisa de un jovencito, sino la resistencia calculada de un hombre con experiencia. Cambió de posición, obligando a Valeria a ponerse a cuatro patas sobre las sábanas blancas, dándole la espalda a él… y de frente hacia mí.

La estampa era devastadora para mi autocontrol.

Valeria estaba allí, apoyada sobre sus rodillas y antebrazos, con la mirada clavada directamente en mi posición.

Mauricio la sujetó con fuerza por las caderas, amoldando su cuerpo al suyo desde atrás, y comenzó a embestirla con una contundencia animal.

Con cada impacto, el cuerpo de Valeria se sacudía, y sus gemidos se volvieron más altos, desinhibidos, llenos de una lujuria salvaje que nunca antes le había escuchado.

—¡Oh, Dios… Mauricio, más… más fuerte! —gritaba ella, sin importarle mi presencia, o más bien, espoleada por ella. Sus dedos se clavaban en las sábanas de hilo, arrugándolas, mientras sus ojos fijos en la penumbra me suplicaban que no apartara la vista.

Ver las manos de Mauricio en sus glúteos, ver la fricción perfecta de sus cuerpos mojados por el sudor bajo la luz de la suite, me llevó al límite de mis fuerzas.

Sentía que me iba a correr en el pantalón por el simple efecto visual y psicológico del juego.

El morbo de la sumisión total, el dolor de los celos convertido en la excitación más pura del universo, me tenía al borde del colapso.

Mauricio incrementó la velocidad, dándose cuenta de que Valeria estaba llegando a su límite. Sus embestidas se volvieron más cortas, rápidas y ruidosas. El jadeo del maduro era el de un toro en pleno esfuerzo.

—Me voy… me voy, Valeria… —gruñó Mauricio con una voz que era casi un rugido, apretando sus dedos en la piel de sus caderas con una fuerza brutal.

—¡Dentro no! ¡En mi cara… en mi boca, Mauricio, dámela toda! —exclamó Valeria con un hilo de voz desesperado, cumpliendo la última y más atrevida regla de su fantasía nocturna.

Mauricio reaccionó con la velocidad de la experiencia.

Se retiró en el último segundo, justo cuando su cuerpo temblaba por la inminencia del clímax.

Sujetó a Valeria por el mentón, obligándola a girarse y a quedar de rodillas sobre la cama frente a él.

Con una descarga potente, espesa y abundante, el maduro se derramó sobre el rostro de Valeria.

La sustancia blanca cubrió sus mejillas, sus labios y su barbilla, contrastando de una forma brutal y explícita con la delicadeza de sus rasgos.

Valeria mantuvo los ojos abiertos, fijos en mí a través de la distancia, mientras recibía el tributo del maduro.

Lenta, deliberadamente, pasó la punta de su lengua por sus labios, saboreando y bebiendo la leche de Mauricio delante de mis ojos, mostrándome su sumisión total al juego con una mirada de triunfo absoluto que me heló la sangre y me hizo temblar de excitación.

Mauricio soltó un largo suspiro de satisfacción, dejándose caer hacia atrás sobre las almohadas, completamente exhausto, con el pecho subiendo y bajando con fuerza. Estaba destrozado, vacío y feliz, con la sonrisa del que ha conquistado una cima inaccesible.

—Eres… una auténtica delicia, Valeria —consiguió decir Mauricio con la voz ronca, cerrando los ojos por el cansancio—. Una mujer inolvidable. Tu chico… ya puede limpiar esto. Yo necesito dormir.

Valeria no respondió. Se deslizó fuera de la cama con movimientos lentos, cansados. No se limpió la cara. Caminó desnuda por la suite, con el pelo desordenado y las marcas del maduro en su piel, directamente hacia la penumbra donde yo estaba de pie, inmóvil.

Se detuvo a un palmo de mí. Su respiración era corta, su pecho subía y bajando, y el aroma a la intimidad de Mauricio flotaba en su piel.

Me miró con una ternura y una complicidad que me hicieron saltar las lágrimas de pura tensión acumulada.

El juego de roles había terminado en el momento en que el maduro cerró los ojos.

Sin decir una palabra, extendí mis manos temblorosas y la tomé por la cintura.

La atraje hacia mí con una delicadeza infinita, abrazando su cuerpo desnudo contra mi ropa.

Valeria escondió la cara en mi pecho, soltando un suspiro largo, tembloroso, deshaciéndose de la máscara de directora fría y entregándose a la seguridad de mis brazos.

Yo no me desvestí, ni la poseí. El verdadero clímax para nosotros no era el físico, sino este: la complicidad absoluta de haber caminado juntos por el borde del abismo y regresar intactos, más unidos que nunca.

Nos quedamos así, abrazados en la penumbra de la suite de Sotogrande, mientras el maduro dormía su sueño de conquistador al fondo de la habitación, completamente ajeno a que solo había sido el instrumento de nuestro secreto más sagrado.