Sus reglas, mi delirio (Libro 1) (Mi novia, sus reglas) Capítulo 4 El inversor de Sotogrande (Parte II)
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Capítulo 4 El inversor de Sotogrande (Parte II)

El lujo en Sotogrande no grita; susurra.

Se esconde en el rugido amortiguado de los motores de los deportivos que bordean la marina, en el aroma a césped recién cortado mezclado con el salitre del Atlántico y en la iluminación perfectamente estudiada del club de polo, donde esa noche se celebraba la fiesta posterior al torneo de verano.

El calor de Cádiz a mediados de julio seguía flotando en el aire nocturno, pero una brisa ligera del Estrecho aliviaba la piel, trayendo consigo una promesa de peligro que yo ya sentía instalada en la boca del estómago.

Valeria había diseñado el escenario con la precisión de una arquitecta del morbo.

En el asiento del copiloto del coche de alquiler, mientras apurábamos los últimos metros antes de llegar al control de seguridad del club, se giró hacia mí.

Llevaba un vestido de satén color champán, de corte halter, que se ceñía a su cuerpo como una segunda piel líquida.

No llevaba joyas, salvo unos pendientes de oro que enmarcaban su rostro.

Su melena oscura iba recogida en un moño bajo, impecable, que dejaba al descubierto la línea perfecta de su cuello y sus hombros bronceados.

Exudaba una sofisticación fría, casi aristocrática.

—Repasemos el protocolo, Javi —me dijo, y su voz, inusualmente formal, ya me provocó un escalofrío—.

A partir del momento en que entregues las llaves al aparcacoches, dejas de ser mi pareja.

Eres mi asistente. Mi secretario. El chico que me lleva la agenda en la productora.

Si te hablo en público, me respondes con respeto.

Si te pido algo, lo traes de inmediato. Y bajo ninguna circunstancia me miras como el hombre que me folla por las noches. ¿Ha quedado claro?

—Sí, señora —respondí, forzando una sonrisa a medias, aunque el pulso ya me iba a mil. El cambio de rol, la humillación controlada de pasar de ser su igual a ser su sombra frente a la élite de España, encendió un interruptor inmediato en mi mente.

—Buen chico —susurró, rozando con la punta de sus uñas mi nuca justo antes de que el empleado del club abriera mi portezuela—. Que empiece la función.

Caminar dos pasos por detrás de ella mientras entrábamos en los jardines del club fue una experiencia casi religiosa.

Valeria caminaba con una seguridad arrolladora.

Los hombres de chaqué de lino y las mujeres enjoyadas se giraban a su paso.

Yo mantenía la distancia exacta, sosteniendo su pequeño bolso de mano y mi propia tensión.

No tardamos ni diez minutos en localizar el objetivo.

Valeria ya había hecho su investigación.

Don Mauricio estaba de pie junto a la barra exterior de teca, rodeado por un pequeño grupo de empresarios y polistas.

Era exactamente como lo habías imaginado: un auténtico *silver fox*.

Medía cerca de un metro noventa, de complexión robusta pero elegante bajo un traje sastre azul marino sin corbata.

Su cabello gris, perfectamente cortado, contrastaba con una piel bronceada por el sol del mediterráneo y unos ojos de un gris felino, increíblemente agudos, que denotaban el colmillo retorcido de quien ha ganado todas las batallas en el mundo de los negocios.

Valeria se acercó con paso firme, interrumpiendo sutilmente la conversación con una sonrisa que habría derretido el hielo de cualquier copa.

—Don Mauricio, disculpe la interrupción —dijo ella, extendiendo una mano que él recibió de inmediato, envolviéndola con una caballerosidad pausada—. Soy Valeria, de la agencia de eventos. Teníamos una llamada pendiente sobre el patrocinio de la copa de oro.

Mauricio la miró de arriba abajo. No fue una mirada vulgar; fue la inspección detallada de un hombre que sabe apreciar la calidad extrema. Sus ojos grises brillaron con un interés inmediato.

—Por favor, Valeria, el placer es mío. Estaba esperando cruzarme con usted esta noche —respondió él, con una voz profunda, varonil, con ese acento pausado del norte de España que denotaba poder—. Me dijeron que la directora de la agencia era una mujer de armas tomar, pero se quedaron cortos.

Valeria soltó esa risa magnética que yo conocía también, dando medio paso hacia él. En ese momento, se giró levemente hacia mí, sin mirarme a los ojos.

—Javi, por favor, traiga dos copas de champán de la barra. Y no se aleje mucho, puede que necesite que anote un par de conceptos —me ordenó con una frialdad corporativa impecable.

—Por supuesto. De inmediato —respondí. Tuve que tragar saliva para que la voz no me temblara.

Me acerqué a la barra, sintiendo el peso de la sumisión.

Yo era el novio, el hombre que la había tenido gimiendo entre sus brazos la noche anterior, y ahora estaba sirviendo champán para el hombre que mi novia había decidido cazar.

El morbo psicológico era tan denso que casi me costaba respirar.

Cuando regresé con las copas, Mauricio ya se había apartado del grupo, llevando a Valeria hacia una de las zonas de sofás blancos que daban a los campos de polo, iluminados por la luna. Le entregué la copa a Valeria con una ligera inclinación de cabeza y luego a Mauricio.

—Gracias, joven —dijo Mauricio sin mirarme apenas, concentrado por completo en el escote halter de Valeria—. Siéntese por ahí si quiere, o vaya a dar una vuelta. Su jefa y yo tenemos cosas de las que hablar.

—Javi se queda cerca, Don Mauricio. Es muy eficiente y discreto.

No se preocupe por él —intervino Valeria, clavando sus ojos en los míos durante un segundo.

Había un desafío salvaje en su mirada. Me estaba ordenando que me quedara allí, a tres metros de distancia, de pie en la penumbra del jardín, para ser el testigo de cómo un hombre de cincuenta años la cercaba.

Lo que siguió durante la siguiente hora fue una lección magistral de seducción prohibida.

Me mantuve de pie, cerca de una de las palmeras que delimitaban la terraza.

Desde mi posición, podía escuchar fragmentos de la conversación y, sobre todo, ver cada movimiento.

Mauricio era un seductor nato. No tenía prisa.

Usaba su madurez, su seguridad y su posición como un imán.

Hablaban de negocios, sí, pero el subtexto era puramente sexual.

Vi cómo Mauricio se inclinaba hacia delante, acortando la distancia. Valeria le sostenía la mirada, jugando con el tallo de su copa de champán. El calor de la noche andaluza parecía concentrarse en ese sofá. En un momento dado, Mauricio sacó un cigarro habano de su pitillera de plata.

—Javi, el encendedor —me llamó Valeria con voz clara.

Me acerqué a la mesa baja. Saqué el encendedor del bolsillo, me incliné y encendí el habano de Mauricio. El hombre me miró fijamente mientras daba las primeras caladas, el humo azulado flotando entre nosotros. Tenía la mirada del depredador que sabe que el territorio está despejado.

—Un asistente muy atento, Valeria. Se nota que lo tiene bien educado —comentó Mauricio con una sonrisa de suficiencia, recostándose en el sofá y estirando un brazo a lo largo del respaldo, justo detrás de los hombros de Valeria.

—Me gusta que las cosas a mi alrededor sigan unas reglas estrictas, Don Mauricio —respondió ella, inclinando la cabeza hacia atrás, permitiendo que su cuello quedara a centímetros de la mano del maduro—. La disciplina es la base de un buen resultado.

Mauricio soltó una carcajada grave.

—Me gusta su forma de pensar. Mucho.

A medida que la noche avanzaba y el champán hacía su efecto, el juego físico comenzó.

Mauricio, alentado por la actitud receptiva de Valeria, dejó caer su mano sobre el hombro desnudo de mi novia.

Vi cómo sus dedos maduros, grandes y curtidos, acariciaban la piel suave y bronceada de Valeria.

Ella no se apartó. Al contrario, soltó un leve suspiro y se acomodó más en el sofá, reduciendo a cero la distancia entre ellos.

Desde mi posición en la penumbra, yo sentía que el pantalón me ajustaba de una manera casi dolorosa.

La adrenalina y los celos me golpeaban el pecho, pero la excitación visual era superior a cualquier cosa.

Estaba viendo a mi mujer, una de las mujeres más deseadas de la noche, dejándose moldear por la experiencia de un hombre poderoso, todo bajo las directrices que ella misma había pactado conmigo en el coche.

Ella controlaba la escena, pero Mauricio ejecutaba con una confianza brutal.

El empresario bajó la mano por la espalda descubierta de Valeria, recorriendo la seda del vestido champán.

Valeria se giró levemente hacia la palmera donde yo estaba.

A través de la distancia, me miró fijamente mientras la mano de Mauricio se posaba en su cintura alta.

Su mirada estaba cargada de un morbo insoportable.

Me estaba mostrando cómo el maduro la reclamaba, cómo su madurez se imponía ante su juventud, y quería asegurarse de que yo no me perdiera un solo detalle de mi propia tortura.

Mauricio se acercó a su oído, su barba de pocos días rozando la mejilla de Valeria. Le susurró algo que la hizo morderse el labio inferior. Vi cómo la mano de Mauricio apretaba con firmeza su cintura, un gesto posesivo, de hombre acostumbrado a tomar lo que desea.

—Valeria, la fiesta se está volviendo aburrida —escuché decir a Mauricio con su voz profunda—. Y los negocios que quiero proponerle requieren un entorno mucho más privado. Estoy alojado en la suite presidencial del hotel del club. Creo que deberíamos trasladar la reunión allí arriba.

Valeria se tomó un segundo. Miró al frente, bebió el último sorbo de su champán y luego miró hacia mí. En sus ojos oscuros vi el abismo. El juego de Malasaña y el de la Costa Brava habían sido solo el preámbulo para esto. Esto era llevar el peligro al límite absoluto.

—Me parece una propuesta excelente, Don Mauricio —respondió Valeria, levantándose del sofá con esa gracia líquida que la caracterizaba.

El vestido de satén cayó perfectamente sobre sus curvas—.

Pero hay una condición. Mi asistente tiene que venir con nosotros.

Maneja los contratos y los detalles de los que vamos a hablar...

y me gusta tenerlo cerca para que atienda mis necesidades.

Mauricio se levantó también, abotonándose la chaqueta de lino. Miró hacia mí con una mezcla de condescendencia y diversión. Para él, yo era simplemente un subordinado gris, un chico de los recados que no representaba ninguna amenaza y al que podía mandar a su antojo.

—Por mí no hay problema —dijo Mauricio con una sonrisa lobuna—. Si el chico sabe mantenerse en su sitio y servir el champán cuando se le pide, puede mirar cómo hacemos negocios. Vamos.

Caminar detrás de ellos dos hacia los ascensores del hotel de lujo fue el trayecto más largo de mi vida.

Mauricio llevaba una mano apoyada firmemente en la parte baja de la espalda de Valeria, guiándola.

Ella caminaba con la cabeza alta, pero pude notar el ligero temblor de su respiración.

Sabía que me estaba metiendo en la boca del lobo, que iba a ser el testigo silencioso del clímax de su fantasía más atrevida.

El ascensor subió en silencio hasta la última planta. Las puertas se abrieron a un pasillo alfombrado que olía a madera noble y perfume caro. Mauricio sacó la tarjeta magnética y abrió la puerta doble de la suite presidencial.

El espacio era impresionante: un gran salón con sofás de cuero, una terraza enorme con vistas al mar iluminado por la luna y, al fondo, una cama king-size con sábanas de hilo blanco que parecía presidir la estancia.

En una cubitera de plata junto al ventanal, una botella de Dom Pérignon esperaba sobre el hielo.

Mauricio entró, se quitó la chaqueta y la dejó caer sobre un sillón. Se giró hacia mí con la autoridad natural de sus cincuenta años.

—Bien, Javi, ¿verdad? —me dijo, señalando la cubitera—. Abre esa botella. Sirve dos copas para tu jefa y para mí. Y luego, te quedas ahí, junto a la terraza. Quiero que veas cómo se cierra un trato de verdad.

Miré a Valeria. Ella se había colocado en el centro de la habitación, de espaldas a la cama. Me miraba con las pupilas completamente dilatadas, el pecho subiendo y bajando con rapidez. El juego de roles estaba a punto de romperse o de consumarse de la forma más salvaje posible.

—Haz lo que dice el señor, Javi —susurró Valeria, con la voz rota por la anticipación—. Y no apartes los ojos de nosotros.

Sujeté la botella de champán con las manos temblando, escuchando el chasquido del corcho al salir, sabiendo que el Capítulo 3 estaba terminando y que la verdadera tormenta estaba a punto de estallar en esa habitación de Sotogrande.