Sus reglas, mi delirio (Libro 1) (Mi novia, sus reglas) Capítulo 3 El inversor de Sotogrande (Parte I) #2
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Capítulo 3 El inversor de Sotogrande (Parte I) #2

Con dificultad por estar en el agua, me deslicé hacia abajo de la repisa de roca, me quité el bañador y lo dejé sobre una piedra alta.

Volví a colocarme detrás de Clara. Al sentir mi erección dura y caliente presionando contra sus glúteos húmedos a través del fino neopreno de su braguita de bikini, Clara soltó un jadeo ahogado y se movió instintivamente contra mí.

—¿Te gusta eso, Clara? —preguntó Valeria, mientras sus manos bajaban por el abdomen de la instructora, metiendo los dedos por debajo de la goma de su bikini—. Mi novio está completamente loco por ti ahora mismo. Pero solo puede tocarte donde yo le diga.

—Quiero sentirlo... —pidió Clara con voz rota, girando un poco la cadera—. Por favor.

Valeria me miró, con los ojos encendidos de una lujuria desbordante. El ver a otra mujer desear a su hombre bajo sus estrictas condiciones la estaba excitando a niveles extremos.

—Javi, bájale la braguita. Pero no la penetres todavía. Quiero que la prepares con los dedos mientras yo la beso. Esa es tu orden.

Cumplí la regla al pie de la letra. Deslicé el neopreno mojado de Clara por sus piernas hasta dejarla completamente desnuda en el agua.

Con mi mano izquierda la sostuve por la cadera, y con la derecha bajé por su vientre hasta encontrar su intimidad, que estaba ardiente y completamente empapada, un contraste glorioso con el agua fría de la cueva.

Comencé a acariciarla con suavidad, encontrando su ritmo.

Clara se aferró a los hombros de Valeria para no caerse.

Valeria se inclinó hacia delante y unió sus labios con los de Clara en un beso húmedo, profundo y apasionado.

El contraste visual de las dos mujeres —la elegancia sofisticada de Valeria de pelo oscuro y el cuerpo atlético y bronceado de Clara— era una obra de arte erótica que me estaba destrozando el autocontrol.

Escuchaba los gemidos de ambas mezclándose en el eco de la caverna. Los dedos de Valeria se enredaban en el pelo mojado de Clara mientras la besaba, y mis dedos seguían trabajando abajo, ganando velocidad a medida que Clara se movía con más urgencia contra mi mano.

—Javi... ahora —ordenó Valeria, separándose del beso por un segundo, jadeando, mirándome con una intensidad que me atravesaba el alma—. Hazlo ya. Haznos disfrutar.

Sujeté a Clara por la cintura con ambas manos.

Ella misma se impulsó un poco hacia arriba en la repisa de roca, abriendo las piernas para facilitarme la entrada.

Me deslicé dentro de ella en un movimiento suave pero firme.

El agua salada actuaba como un lubricante natural y frío, pero el interior de Clara era un horno que me envolvió por completo.

Un gemido unísono resonó en la cueva.

Empecé a moverme con un ritmo constante, sintiendo la fricción perfecta, la piel húmeda deslizándose contra la mía.

Clara tenía los ojos cerrados, con la cabeza apoyada en mi hombro, jadeando con fuerza cerca de mi oído.

Valeria no se quedó atrás; se colocó frente a nosotros, metiendo una de sus manos entre nuestros cuerpos para acariciar el punto de unión, mientras que con la otra se tocaba a sí misma a través de la tela mojada de su bañador rojo.

—Mírate, Javi... mira cómo la posees —susurraba Valeria con la voz ronca por el deseo—. Eres tan jodidamente perfecto cumpliendo mis deseos... más fuerte, mi amor. Dale más fuerte.

Estimulado por la voz de mi novia y la entrega de Clara, aumenté la intensidad de las embestidas.

La cueva parecía dar vueltas a nuestro alrededor.

El chapoteo del agua contra las rocas marcaba nuestro tempo salvaje.

Clara se aferraba a mis brazos, con la respiración totalmente rota, al borde del colapso.

—Me voy... me voy a correr —advirtió Clara, apretando sus músculos internos alrededor de mí con una fuerza increíble.

—Hazlo, Clara. Hazlo para nosotros —le ordenó Valeria, dándole un último beso cargado de lujuria.

Clara estalló en espasmos espasmódicos, gimiendo fuerte contra la piedra de la cueva.

La intensidad de sus contracciones fue el detonante definitivo para mí.

Miré a Valeria, que se tocaba frenéticamente mirándome fijamente, compartiendo el clímax con nosotros.

Con un último empuje profundo, me corrí dentro de Clara, sintiendo una oleada de placer tan pura que me nubló la vista por completo.

Nos quedamos abrazados los tres durante unos minutos largos en el agua de la cueva, flotando en una burbuja de calor y agotamiento feliz. El oleaje seguía golpeando suavemente afuera, ajeno a la tormenta de sensaciones que acabábamos de desatar en el interior de la roca.

Poco a poco, nos separamos. Nos ayudamos a vestirnos en silencio, un silencio que no era incómodo, sino cómplice, casi místico.

Clara nos miraba con una mezcla de timidez y una admiración absoluta.

Se había dado cuenta de que no había sido utilizada, sino que había formado parte de un ritual de amor y deseo perfectamente orquestado por Valeria.

Al salir de la cueva con las tablas de paddle surf, el sol de la tarde empezaba a teñirse de tonos anaranjados y rosados sobre el horizonte de la Costa Brava.

Clara se despidió de nosotros en la orilla con un beso en la mejilla para cada uno y una mirada que prometía que nunca olvidaría su clase de snorkel en Begur.

Mientras subíamos por el camino de arena hacia la casa de pescadores, Valeria caminaba un paso por delante de mí. Se detuvo a mitad de la subida, se quitó el pareo y se giró para mirarme. Tenía el pelo húmedo y la piel brillante por la sal.

—Ha sido un buen entrenamiento, Javi —dijo con esa sonrisa traviesa que me derretía—. Pero el viaje por España no ha hecho más que empezar. Ve preparando las maletas... nos vamos a Sotogrande la semana que viene. Y allí, las reglas van a ser mucho más... maduras.

Le devolví la sonrisa, sintiendo que la adrenalina volvía a correr por mis venas. Estaba listo para cualquier escenario que mi directora decidiera escribir para nosotros.