Sus reglas, mi delirio (Libro 1) (Mi novia, sus reglas) Capítulo 3 El inversor de Sotogrande (Parte I)
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Capítulo 3 El inversor de Sotogrande (Parte I)

El sonido rítmico del oleaje rompiendo contra las rocas de granito rosa de la Costa Brava era lo único que competía con el zumbido de mis propios pensamientos.

Habíamos alquilado una pequeña casa de pescadores reformada en una cala semi-privada, a pocos kilómetros de Begur.

Un rincón donde el agua del Mediterráneo se volvía tan cristalina que parecía flotar en el aire, y donde los pinos casi acariciaban la arena dorada.

Valeria había insistido en este destino.

Decía que la luz del sol catalán de julio tenía una sensualidad especial, pero yo ya la conocía lo suficiente como para saber que la ubicación aislada no era una casualidad; era el lienzo perfecto para su siguiente diseño.

Llevábamos tres días allí, bajo un calor sofocante que invitaba a pasar las tardes sin más ropa que un bañador y la piel salada. Pero esa tarde, las reglas del juego habían cambiado desde el desayuno.

*—Hoy no nos bañamos solos, Javi —me había anunciado mientras tomaba su café en la terraza, mirándome por encima de sus gafas de sol con esa expresión que mezcla inocencia y peligro—.

He contratado una clase privada de paddle surf y snorkel.

Viene una instructora local. Se llama Clara.

Y quiero que seas un caballero muy atento con ella.

Extremadamente atento. Pero recuerda: tú solo propones, yo decido cuándo y cómo ejecutas. *

A las cuatro de la tarde, el sol todavía castigaba la cala con una intensidad cegadora.

Yo estaba de pie en la arena húmeda, sintiendo la brisa marina en la cara, cuando vi aparecer a Clara bordeando las rocas con dos tablas bajo el brazo.

Era una chica de unos veintitantos, de la zona, con la piel bronceada por el sol mediterráneo, el pelo rubio por el salitre recogido en un moño desordenado y un cuerpo fibroso, esculpido por el mar, que su bikini deportivo de neopreno negro apenas lograba contener.

Exudaba una energía fresca, atlética y sumamente atractiva.

Valeria salió de la casa en ese momento. Llevaba un bañador de una sola pieza, de color rojo vibrante, con un escote de vértigo que se unía en la cadera, y un pareo transparente. Se veía espectacular, una diva de ciudad conquistando la costa.

—Hola, soy Clara —se presentó la chica con una sonrisa abierta, dejando las tablas en la orilla y estrechándonos la mano. Tenía una mirada chispeante y desinhibida—. El día está espectacular para ir hasta la cueva de las palomas. El agua está como un plato.

—Perfecto —respondió Valeria, entrelazando su brazo con el mío con suavidad, pero apretándome el bíceps con un pellizco imperceptible que me hizo tensar el cuerpo—.

A mi novio le encanta el agua. Y yo estoy deseando ver cómo le enseñas a mantener el equilibrio.

Javi es... un alumno muy aplicado cuando tiene la motivación adecuada.

La frase iba cargada de un doble sentido que Clara no captó, pero que a mí me encendió la sangre de inmediato.

Comenzamos con el paddle surf. El juego de Valeria empezó de forma sutil.

Mientras remábamos mar adentro, ella fingía tener dificultades para mantener el equilibrio en su tabla.

Cada vez que tambaleaba, me pedía que me acercara para sostenerla, pero en cuanto mi tabla rozaba la suya, Valeria redirigía la atención de Clara hacia mí.

—Clara, mira a Javi, creo que está haciendo el movimiento de cadera mal. ¿Por qué no te subes en su tabla y le enseñas la postura correcta desde atrás? Él es un poco rígido a veces.

Clara se rió, pensando que era una broma típica de pareja.

—Bueno, el truco está en la flexión de las rodillas y el centro de gravedad —dijo Clara, impulsando su tabla hasta quedar paralela a la mía. Con una agilidad felina, saltó a mi tabla, quedando justo detrás de mí—. A ver, Javi, déjame ayudarte.

La cercanía física fue un golpe directo a mis sentidos. El cuerpo húmedo y cálido de Clara se pegó a mi espalda mientras colocaba sus manos en mis caderas para corregir mi postura. Olía a crema de coco, a sal de mar y a piel expuesta al sol.

—Flexiona un poco más... así —susurró Clara cerca de mi oído para hacerse oír sobre el viento. Su pecho firme se presionó contra mis omóplatos con cada balanceo de la tabla.

Giré levemente la cabeza y busqué a Valeria.

Estaba a unos metros, sentada de rodillas en su tabla, remando despacio.

Me miraba fijamente a través de sus cristales oscuros.

Su boca estaba entreabierta, y una de sus manos acariciaba perezosamente su propio muslo por encima del agua.

Me dedicó un asentimiento casi imperceptible con la cabeza.

La regla estaba clara: *Déjate tocar. Disfruta de ella delante de mí. *

—¿Así está mejor? —pregunté, forzando una voz firme mientras sentía que la respiración se me aceleraba.

—Perfecto, Javi. Tienes muy buen equilibrio —respondió Clara, deslizando sus manos desde mis caderas hacia mis muslos para asegurarse de que la flexión era la correcta. El roce de sus dedos mojados sobre mi piel erizada fue una descarga eléctrica.

Estuvimos remando una media hora hasta llegar a una pequeña cala escondida, rodeada de acantilados altos de piedra gris, donde el agua era de un azul turquesa casi irreal. Allí nos pusimos las gafas de snorkel. Valeria propuso explorar una pequeña grieta en la roca que llevaba a una caverna marina.

El agua dentro de la caverna estaba fresca, pero la atmósfera era de una intimidad sofocante.

La luz del sol se filtraba por debajo del agua, iluminando las paredes de piedra con destellos azulados.

Éramos los únicos allí dentro. Nos quitamos las máscaras de buceo y nos apoyamos en una repisa de roca natural que quedaba a la altura de la cintura.

Clara estaba entusiasmada, con las mejillas sonrosadas por el ejercicio. El neopreno de su bikini goteaba agua sobre la piedra.

—Es precioso, ¿verdad? —dijo ella, apoyando los codos en la roca, muy cerca de Valeria.

—Es increíble —respondió Valeria, mirándola no a los ojos, sino a las gotas de agua que resbalaban por el cuello de Clara hasta perderse en el nacimiento de su pecho—. Tienes un cuerpo precioso, Clara. Se nota que trabajas en el mar.

Clara se quedó sorprendida por el cumplido tan directo, pero lejos de incomodarse, una sonrisa coqueta y un tanto tímida apareció en su rostro. En la Costa Brava, el ambiente siempre es más libre, más desinhibido, y Valeria sabía perfectamente cómo explotar esa naturalidad.

—Gracias... el mar te mantiene activa —contestó Clara, devolviéndole la mirada a Valeria con curiosidad. La tensión sexual en la caverna aumentó diez grados en un segundo.

Valeria dio un paso hacia ella dentro del agua. La corriente hacía que sus cuerpos se rozaran suavemente de forma inevitable.

—A mi novio también le ha parecido precioso. ¿A que sí, Javi? —Valeria me miró, y en sus ojos vi el brillo salvaje del control absoluto—. Dile a Clara lo mucho que te ha gustado verla de cerca en la tabla.

Tragué saliva, sintiendo el agua fría por la cintura y un fuego abrasador por dentro.

—Es... muy difícil concentrarse en el paddle surf cuando tienes a una instructora tan hermosa dándote indicaciones —dije, sosteniendo la mirada de Clara, que se ruborizó visiblemente.

—Vaya... no me esperaba que los clientes de Madrid fueran tan directos —comentó Clara con una risa nerviosa, pero sin dar un solo paso atrás. De hecho, se humedeció los labios, cautivada por la magnética seguridad de Valeria y mi evidente tensión.

—No somos clientes normales, Clara —susurró Valeria, acercándose tanto que sus labios casi rozaban la mejilla de la instructora—. Nos gusta jugar. Y nos gusta compartir lo que es bueno. ¿Te da miedo jugar con nosotros?

El silencio que siguió fue denso, cargado de una expectativa brutal. Se escuchaba el eco del goteo del agua en el techo de la cueva. Clara miró a Valeria, luego me miró a mí, evaluando la situación, dándose cuenta de que la invitación era real, cruda y deliciosamente tentadora.

—No suelo mezclar el trabajo con el placer... —empezó a decir Clara con voz baja—, pero aquí dentro no nos ve nadie.

Valeria sonrió, esa sonrisa de triunfo que me volvía loco.

—Esa es la primera regla de la cala: lo que pasa en el agua, se queda en el agua —declaró Valeria. Luego, se giró hacia mí—. Javi, ponte detrás de Clara. Sostenla para que no se resbale con las algas de la roca.

Obedecí de inmediato. Me coloqué detrás de Clara, pegando mi pecho a su espalda desnuda y pasando mis brazos alrededor de su cintura húmeda.

Su piel estaba fría por el agua de la cueva, pero al sentir mi contacto, un estremecimiento la recorrió entera.

La estreché contra mí, notando cómo su respiración se volvía más rápida.

Valeria dio el siguiente paso. Con una delicadeza infinita, levantó la mano y acarició la mejilla de Clara, bajando sus dedos por su cuello hasta llegar a los tirantes de su bikini de neopreno. Con un movimiento ágil y sin prisa, desató los lazos laterales del top de Clara, dejándolo caer al agua.

Los pechos de Clara, firmes, con los pezones erguidos por el frío del agua y la excitación, quedaron expuestos a la luz azulada de la cueva. Valeria soltó un leve gemido de apreciación.

—Qué delicia... —susurró Valeria, comenzando a masajear los pechos de Clara con ambas manos, usando sus pulgares para excitarla aún más—. Javi, bésale el hombro. Haz que se relaje.

Pegué mis labios a la curva del hombro de Clara, saboreando la sal en su piel. Ella echó la cabeza hacia atrás, apoyándola en mi pecho, soltando un suspiro tembloroso mientras las manos de Valeria la hacían gemir.

—Oh, Dios... son muy buenos en esto —murmuró Clara, cerrando los ojos y entregándose por completo al juego.

—Somos mejores cuando seguimos las reglas —le contestó Valeria con picardía.

Valeria bajó la mirada hacia mí. El bañador de una pieza de mi novia estaba mojado, marcando perfectamente cada curva de su cuerpo.

—Javi, quítate el bañador. Quiero que Clara sienta lo mucho que nos está gustando su clase de snorkel.