Sus reglas, mi delirio (Libro 1) (Mi novia, sus reglas) Capítulo 2 Una tarde en la Costa Brava #2
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Capítulo 2 Una tarde en la Costa Brava #2

Escuché los pasos de los tacones salir del reservado en dirección contraria a donde yo estaba.

El tipo se quedó allí, apoyado en la pared, jadeando, arreglándose la camisa, con la sonrisa del que cree que ha ganado la lotería nocturna.

No tenía ni idea de que solo había sido un peón en el tablero de ajedrez de una mujer brillante.

Esperé a que el pasillo quedara despejado y caminé a paso rápido hacia la zona de los baños.

El baño principal era unisex, con un gran espejo antiguo y lavabos de piedra.

Al fondo, había cabinas individuales con puertas de madera pesada.

Una de las puertas estaba entornada, mostrando una rendija de luz.

Me acerqué y empujé la puerta despacio.

Valeria estaba sentada sobre la tapa del inodoro cerrado, con el vestido ligeramente subido y las mejillas encendidas.

El rímel un poco corrido y los labios sin pintar la hacían ver peligrosamente hermosa.

En cuanto entré, cerré la puerta tras de mí y eché el pestillo.

El sonido del metal al encajar desató algo que llevábamos conteniendo toda la noche.

Ella no dijo nada. Simplemente extendió los brazos hacia mí. La última regla del juego de Malasaña se había cumplido: el espectáculo para el mundo había terminado; ahora empezaba nuestra verdad.

Me abalancé sobre ella. La levanté de la tapa del inodoro con una fuerza que ni yo sabía que tenía, pegando su cuerpo contra la puerta de madera.

Mis labios buscaron los suyos con una furia hambrienta, borrando cualquier rastro del sabor del desconocido, reclamando lo que era mío por derecho y por devoción.

Valeria gimió fuerte contra mi boca, enredando sus piernas alrededor de mi cintura, clavándome las uñas en los hombros.

—Dios, Javi… —jadeó entre besos, buscándome el cuello—. Te he visto… te he visto mirándome todo el tiempo. Cómo te ponías… me estabas mirando mientras él me tocaba, ¿verdad?

—Me estabas volviendo loco, Valeria. Eres una sádica —le respondí con la voz ronca, bajándole los tirantes del vestido para besarle los hombros, bajando las manos hacia sus glúteos desnudos—. Te ha besado. Te ha tocado.

—Y solo pensaba en ti —susurró ella, mordiéndome el lóbulo de la oreja mientras se movía desesperadamente contra mi pelvis—. Solo quería que lo vieras… para que me tomaras así ahora. Hazme tuya, Javi. Rompe todas las reglas ahora mismo.

No necesité que lo repitiera. Con las manos temblando por la urgencia, me deshice del cinturón y del pantalón. Ella misma apartó la fina lencería que le quedaba, guiándome con sus dedos húmedos, los mismos que me había enseñado en el reservado.

Cuando entré en ella, el mundo exterior desapareció por completo.

El baño del bar clandestino se convirtió en nuestro santuario.

Cada embestida era una mezcla de la rabia contenida de los celos y la devoción más absoluta.

Valeria echaba la cabeza hacia atrás, golpeando la madera de la puerta con cada movimiento, sin importarle que alguien pudiera escucharla desde el pasillo.

Sus gemidos eran altos, claros, llenos de una satisfacción salvaje.

La miré a los ojos mientras la poseía, viendo cómo sus pupilas estaban completamente dilatadas.

Ya no era la directora fría y calculadora de la barra del bar; ahora era mi mujer, entregada por completo al fuego que ella misma había encendido.

La complicidad entre los dos era tan intensa que dolía.

Sabíamos que nadie más en ese local, nadie en todo Madrid, entendía el nivel de conexión que alcanzábamos al romper las normas tradicionales.

El ritmo se volvió frenético, urgente. Sentía el calor de su piel, el sudor compartido, el eco de sus jadeos compasados con los míos. Valeria me apretó más fuerte con sus piernas, hundiéndose en mí, buscando el límite del placer.

—Me voy… Javi, me voy contigo… —gimió, escondiendo la cara en mi cuello mientras su cuerpo empezaba a temblar en espasmos violentos.

El estallido de su orgasmo detonó el mío.

Me corrí dentro de ella con una fuerza que me dejó sin aire, abrazándola contra mi pecho, sintiendo cómo las pulsaciones de ambos intentaban regresar a la tierra después de haber tocado el cielo.

Nos quedamos así varios minutos, suspendidos en el silencio del cubículo, escuchando solo nuestras respiraciones agitadas y el latido sordo de la música que se filtraba desde fuera.

Lentamente, Valeria bajó las piernas y se deslizó por mi cuerpo hasta apoyar los pies en el suelo.

Se arregló el vestido con una naturalidad pasmosa, se miró en el pequeño espejo del baño y se pintó los labios de rojo otra vez, como si nada hubiera pasado.

Se giró hacia mí, recuperando esa mirada felina y coqueta que tanto me fascinaba.

Me dio un beso corto, dulce, con sabor a pintalabios y a nosotros.

—Buen trabajo, espectador de honor —dijo con una sonrisa traviesa, abriendo el pestillo de la puerta—. Vámonos a casa. Mañana tengo una idea excelente para nuestro viaje a la Costa Brava… y vas a necesitar descansar.

Salió del baño dejándome allí, intentando recuperar el aliento y con el corazón volviendo a acelerarse, no por lo que acababa de pasar, sino por la promesa de lo que Valeria ya estaba planeando para la siguiente página de nuestro libro.