Sus reglas, mi delirio (Libro 1) (Mi novia, sus reglas) Capítulo 2 Una tarde en la Costa Brava
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Capítulo 2 Una tarde en la Costa Brava

Hay una línea muy delgada entre el autocontrol y la locura, y Valeria lleva toda la noche bailando sobre ella con unos tacones de aguja de diez centímetros.

Para cualquiera que nos viera entrar en aquel bar clandestino de Malasaña, oculto tras la trastienda de una supuesta librería antigua, éramos simplemente una pareja atractiva disfrutando del viernes por la noche en Madrid.

Ella, magnética, con ese vestido de seda negra que parecía flotar sobre sus caderas y la espalda completamente descubierta; yo, a su lado, intentando mantener la compostura mientras sentía el peso de su última frase grabada a fuego en mi mente desde que salimos del piso.

*—Esta noche, Javi, eres mío, pero yo no soy tuya. Vas a ser el espectador de honor de mi juego. Y ya conoces la primera regla: pase lo que pase, no existes hasta que yo te llame.*

El local estaba sumido en una penumbra estratégica, rota solo por luces de neón rojizas que teñían la barra de mármol y los sofás de terciopelo.

El aire olía a ginebra premium, tabaco dulce y a esa electricidad que solo se genera en los lugares donde la gente va a perder las formas.

El murmullo de la música electrónica de fondo marcaba el ritmo de mis pulsaciones, que iban ya a mil por hora.

Valeria se detuvo a pocos pasos de la barra, girándose sobre sus talones para mirarme.

Esos ojos suyos, oscuros y felinos, brillaban con una malicia que me hizo tragar saliva.

Deslicé las manos en los bolsillos del pantalón solo para ocultar el ligero temblor de mis dedos. El morbo me estaba devorando vivo.

—Dos mesas a la izquierda, Javi. La del rincón oscuro —me susurró al oído, rozando mis labios con los suyos sin llegar a besarme, una tortura calculada—.

Pídete un negroni. Quédate ahí. Disfruta del espectáculo, mi amor.

Pero recuerda: si intervienes, si me hablas, si intentas tocarme antes de tiempo… el juego se acaba para siempre.

Asentí en silencio, incapaz de articular palabra. Su dominación nunca era ruda; era esto. Una telaraña de sugerencias, un magnetismo psicológico que me anulaba la voluntad y me convertía en su cómplice más devoto.

Me dirigí a la mesa asignada. Desde allí tenía una vista perfecta de la barra.

Pedí el trago al camarero sin apartar los ojos de ella.

Valeria ya se había colocado en un taburete alto, cruzando las piernas con una lentitud exasperante.

El vestido se le subió unos centímetros por el muslo, exponiendo la piel pálida que tantas veces había besado en la intimidad de nuestra cama.

Pero esta noche, esa piel le pertenecía al bar.

Le pertenecía a cualquiera que tuviera el valor de acercarse.

Pasaron diez minutos que parecieron diez horas.

Yo fingía mirar el móvil, pero mi atención estaba fija en cómo los hombres que pasaban cerca la devoraban con la mirada.

Valeria lo sabía. Exudaba esa seguridad de la mujer que se sabe el centro de gravedad de la habitación.

Pidió un Martini blanco y, al dar el primer sorbo, miró de reojo hacia mi mesa.

Una sonrisa diminuta, casi imperceptible, curvó sus labios.

Me estaba midiendo. Quería ver si el suelo me quemaba bajo los pies. Y vaya si quemaba.

Entonces ocurrió.

Un tipo alto, de unos treinta y largos, con el pelo castaño bien cortado y una camisa blanca entreabierta, se sentó en el taburete contiguo.

Tenía ese aire de madrileño resuelto que sabe moverse de noche.

Tardó exactamente tres segundos en fijarse en ella.

Le dijo algo que no alcancé a escuchar por la música, pero Valeria inclinó la cabeza hacia atrás y soltó una carcajada suave, esa risa suya que suele reservarme a mí los domingos por la mañana.

Un golpe de celos puramente animal me impactó en el pecho.

Se me tensaron la mandíbula y los puños.

Mi primer instinto, el biológico, el de la monogamia estúpida y predecible, fue levantarme y marcar territorio.

Pero inmediatamente después, una descarga de adrenalina salvaje me recorrió la espina dorsal.

Recordé el pacto. Recordé que verla romper los límites era nuestro secreto más sagrado.

El dolor de los celos se transformó, en un segundo, en la excitación más pura que había sentido en mi vida.

El tipo de la camisa blanca, alentado por la receptividad de Valeria, le pidió otra copa al camarero y la apuntó a su cuenta.

Valeria aceptó sin dudarlo. Vi cómo se inclinaba hacia él, permitiendo que el escote de su espalda quedara completamente a la vista del desconocido.

Empezaron a hablar de cerca, muy de cerca.

Él le rozó el brazo al hacer un comentario y ella no se apartó.

Al contrario, humedeció sus labios con la lengua, sosteniéndole la mirada de una forma tan explícita que al tipo se le desencajó un poco la postura de galán.

Estaba cayendo de cabeza en la trampa de mi novia.

Desde mi rincón oscuro, yo era un fantasma.

Sentía el roce de la tela de mi pantalón cada vez más ajustado, la respiración contenida, el sudor frío en la nuca.

Valeria estiró una mano y, con una delicadeza punzante, le acomodó el cuello de la camisa al desconocido.

Fue un gesto tan íntimo, tan de pareja, que me costó respirar.

El tipo, creyéndose el rey de Malasaña, se confió.

Deslizó su mano por el respaldo del taburete de Valeria, rozando la curva de su cintura desnuda.

Valeria no lo frenó. De hecho, se giró levemente y, por encima del hombro del hombre, clavó sus ojos directamente en los míos.

Su mirada era intensa, ardiente, casi desafiante.

Me estaba diciendo: *Mira lo que hago con el deseo de los demás.

Mira cómo me dejas compartirme.* El corazón me golpeaba las costillas como un animal enjaulado.

Estaba viendo a mi mujer ser seducida por otro, bajo sus propias reglas, y el morbo era tan denso que casi podía saborearlo.

La conversación entre ellos se volvió más baja, más física.

El hombre se acercó a su oído, diciéndole algo que la hizo sonreír con picardía.

Vi cómo él bajaba la mano discretamente hacia la cadera de ella, acariciando la seda negra de su vestido.

Quise gritar, quise romper el vaso de negroni contra el suelo, pero la sumisión voluntaria a sus reglas me mantenía clavado a la silla, temblando de puro placer prohibido.

Valeria se bajó del taburete con una gracia felina.

Le hizo una señal al tipo con el dedo, indicándole que la siguiera hacia la zona de los reservados, un pasillo aún más oscuro que llevaba a los baños y a unos reservados con cortinas de terciopelo.

Antes de desaparecer por el pasillo, Valeria se detuvo un segundo.

No me miró, pero dejó caer su bolso de mano sobre la barra, sacando de él una pequeña barra de labios que dejó caer "accidentalmente" al suelo.

Era la señal. La invitación al segundo acto.

Esperé exactamente treinta segundos, contando cada latido en voz baja.

Me levanté, sintiendo las piernas pesadas, y caminé hacia la barra.

Recogí la barra de labios del suelo de madera, notando el perfume dulce de Valeria flotando en el aire.

Me adentré en el pasillo de los reservados, donde la luz roja era casi total y la música se escuchaba amortiguada, como si estuviéramos bajo el agua.

Avancé despacio, con el corazón en la garganta. A mitad del pasillo, una de las cortinas de terciopelo guinda estaba entreabierta. Me detuve en la penumbra, pegado a la pared, camuflado por la oscuridad.

Allí estaban.

El tipo la tenía acorralada contra la pared de ladrillo visto.

Tenía las manos en la cintura de Valeria, y ella tenía los brazos rodeando el cuello del desconocido.

Se estaban besando. Un beso lento, húmedo, voraz.

Pude escuchar el sonido del roce de sus labios, la respiración agitada de ambos.

Valeria tenía los ojos entornados, disfrutando del sabor de la fruta prohibida, pero de repente, los abrió del todo.

Me vio parado en la entrada del reservado, oculto en las sombras.

Lejos de asustarse, sus ojos se encendieron.

Se entregó al beso con más ganas, gimiendo suavemente contra la boca del hombre, asegurándose de que yo escuchara cada sonido.

El tipo, completamente ajeno a mi presencia, bajó las manos hacia los muslos de Valeria, levantando la seda del vestido, buscando desesperadamente más piel.

Valeria le detuvo las manos con suavidad pero con firmeza, separándose un centímetro de su boca.

—Espera… —susurró ella, con la voz rota por la excitación—. Bésame el cuello. Ahí no… más abajo.

El hombre obedeció sumiso, enterrando la cara en el cuello de Valeria, subiendo las manos por su espalda desnuda.

En ese momento, mientras el desconocido estaba cegado por su propio deseo, Valeria me miró fijamente.

Lenta, deliberadamente, bajó su mano derecha hacia su propia intimidad, por debajo del vestido, y luego extendió los dedos hacia mí en la oscuridad, mostrándome el brillo de su propia humedad.

Me dedicó una sonrisa pecaminosa, una mueca de triunfo absoluto.

Me estaba mostrando el resultado de su juego.

Giré la cabeza, apoyando la frente contra la pared fría del pasillo, conteniendo un gemido de frustración y placer extremo.

El nivel de excitación psicológica era insoportable.

Quería entrar, quería apartar al tipo, quería poseerla ahí mismo sobre los ladrillos, pero la regla seguía vigente. Yo solo era el testigo de su reinado.

—Tengo que ir al baño un segundo, guapo —le oí decir a Valeria con esa voz aterciopelada que desarmaba a cualquiera—. No te vayas. Ahora vuelvo.