Sus reglas, mi delirio (Libro 1) (Mi novia, sus reglas) Capítulo 8
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Capítulo 8

La tormenta del viernes anterior había limpiado el cielo de la sierra, dejando un aire fresco que olía a tierra mojada y a pinos aromáticos.

Sin embargo, dentro de los muros de hormigón de nuestro chalet, la presión atmosférica no había bajado; se había concentrado, volviéndose un elemento físico que nos envolvía a los cuatro.

Alberto y Elena ya no regresaron a su casa de la misma manera.

El puente que Valeria les había tendido no tenía retorno.

Durante los días siguientes, los mensajes cruzados entre los teléfonos, las miradas por encima de la valla del jardín y las sonrisas cómplices al cruzarse los coches en la urbanización habían terminado de minar lo que quedaba de su antigua estructura matrimonial.

El sábado por la tarde, cuando el sol empezaba a caer detrás de las cumbres de Guadarrama tiñendo el valle de un naranja encendido, la invitación de Valeria fue directa: *«Traigan una maleta pequeña.

Este fin de semana, las llaves de sus vidas las tengo yo»*.

Cuando cruzaron el umbral, la transformación era evidente.

Elena ya no vestía con la rigidez clásica de la arquitecta contenida; llevaba un vestido de seda verde esmeralda con la espalda completamente descubierta y un escote que delataba, al primer movimiento, la ausencia total de lencería.

Su mirada verde seguía teniendo ese destello de timidez, pero ahora estaba mezclado con un hambre voraz, una curiosidad salvaje que Valeria había despertado.

Alberto, a su lado, vestía unos pantalones de lino oscuro y una camisa blanca entreabierta.

Su postura seguía siendo imponente, la de un hombre de espalda ancha y manos grandes, pero sus ojos grises reflejaban la sumisión del que ha aceptado que, por las próximas cuarenta y ocho horas, su única voluntad sería la de mi novia.

Valeria los recibió en el gran salón que daba a la piscina iluminada.

Llevaba un kimono de seda negra, corto, sujeto apenas por un lazo fino en la cintura.

Yo estaba de pie detrás de la barra, terminando de preparar unos cócteles, con el torso descubierto y unos pantalones oscuros, asumiendo mi rol de cómplice visual y ejecutor de su voluntad.

—Bienvenidos a su nueva realidad —dijo Valeria, acercándose a ellos con esa gracia líquida y pausada que intimidaba y fascinaba a partes iguales.

Tomó las manos de ambos, uniéndolas en medio de la habitación—.

Aquí dentro no hay pasado, no hay rutina y, sobre todo, no hay culpas.

La única regla que impera esta noche es la honestidad absoluta de los cuerpos.

Javi, sirve las copas. El tiempo de hablar se ha terminado.

El alcohol fue el lubricante definitivo para un fuego que ya venía consumiéndose por dentro.

Valeria no perdió el tiempo con preámbulos innecesarios; el juego psicológico de los capítulos anteriores ya había hecho su trabajo.

Se colocó en el centro de la alfombra de piel, desató el lazo de su kimono negro y lo dejó resbalar por sus hombros, cayendo al suelo en un montón oscuro.

Quedó completamente desnuda bajo la luz cálida y baja de los velones.

Su piel bronceada, la firmeza de sus pechos y la seguridad felina de su postura eran un imán que anulaba cualquier atisbo de duda.

—Alberto… —lo llamó Valeria, con esa voz ronca que marcaba el inicio de sus órdenes—. Acércate. Llevas una semana pensando en cómo se siente mi piel. Ven a comprobarlo.

El ingeniero miró a su esposa por una fracción de segundo, pero Elena simplemente asintió, con la respiración entrecortada, devorando la escena con los ojos.

Alberto dio los pasos necesarios, sus manos grandes y curtidas temblaban levemente cuando se posaron en la cintura de Valeria.

Al sentir el contacto directo de la seda de la piel de mi novia, el hombre soltó un suspiro grave, un gemido de puro alivio.

—Eres… eres increíble, Valeria —murmuró Alberto, inclinándose para enterrar la cara en su cuello, besándola con la desesperación contenida de los hombres que han vivido demasiado tiempo bajo el yugo de la normalidad.

—Javi, es tu turno —me ordenó Valeria por encima del hombro de Alberto, sin apartar sus ojos oscuros de los míos—. Elena es tuya esta noche. Enséñale lo que es la electricidad de la que hablábamos. Haz que olvide las líneas rectas de sus planos.

Me acerqué a Elena, que seguía de pie junto al ventanal, con las manos aferradas a su copa de vino.

Dejé mi copa en la mesa y me coloqué frente a ella.

Con una lentitud calculada, deslicé mis manos por sus hombros, bajando los tirantes del vestido verde esmeralda.

La seda cayó por su cuerpo con un siseo suave, revelando una anatomía de una belleza clásica, delicada, con pechos firmes de pezones sonrosados que se endurecieron de inmediato al contacto con la brisa de la noche y mi mirada.

—Estás temblando, Elena —le susurré al oído, atrapando su cintura con mis brazos, pegando su vientre desnudo contra mi pantalón.

—Tengo miedo… pero me muero de ganas, Javi —confesó ella con un hilo de voz, enredando sus dedos en mi pelo mientras buscaba mis labios con una urgencia que me encendió la sangre.

El beso fue profundo, húmedo, cargado del drama de la liberación.

Elena me besaba con una voracidad que me sorprendió, metiendo su lengua en mi boca, reclamando la atención que su rutina le había negado.

La estreché contra mí con fuerza, sintiendo la fricción perfecta de nuestros cuerpos, mientras al lado, a escasos dos metros, los muelles del gran sofá de cuero comenzaban a crujir bajo el peso de la entrega de Valeria y Alberto.

Giré la cabeza sin romper el beso con Elena para observar el diseño de mi novia.

Alberto ya se había despojado de la ropa y tenía a Valeria acorralada contra el respaldo del sofá.

Sus manos grandes le apretaban los muslos con una firmeza animal, y Valeria tenía las piernas envueltas alrededor de su espalda robusta, incitándolo, guiándolo con sus dedos hacia su intimidad que ya estaba brillante y lista.

—Hazlo ya, Alberto… muéstrame cómo toma un hombre de verdad lo que desea —le ordenó Valeria con la voz rota por la anticipación.

El ingeniero se hundió en ella con una embestida pesada, profunda, que arrancó un grito agudo de placer de la boca de mi novia.

Valeria echó la cabeza hacia atrás, con las pupilas dilatadas, asimilando la potencia de la madurez de Alberto.

El contraste visual entre la espalda ancha y musculosa de Alberto y la silueta esbelta de Valeria sobre el cuero oscuro era una obra de arte erótica que me destrozó el autocontrol.

Elena también miró. Ver a su esposo de cinco años poseyendo a otra mujer con esa furia desinhibida, lejos de apagarla, detonó en ella un estallido de lujuria incontrolable.

Se giró hacia mí, con los ojos verdes encendidos en lágrimas de pura excitación, y se dejó caer sobre la alfombra de piel, abriendo las piernas en una invitación desesperada.

—Póséeme, Javi… por favor, hazme tuya ahora mismo delante de él —me suplicó, arqueando la espalda, mostrando su vulnerabilidad más hermosa.

Me descloché el pantalón con rapidez, liberando mi erección que latía con fuerza por el estímulo visual de la escena.

Me coloqué entre las piernas de Elena, sujetándola por las caderas con firmeza.

Miré hacia el sofá; Alberto, en medio de su ritmo frenético, había girado la cabeza hacia nosotros.

Sus ojos grises se clavaron en los míos, asimilando que el trato se estaba consumando en ambas direcciones.

No había celos tradicionales en su mirada; había una complicidad de hombres que compartían el santuario más sagrado bajo las órdenes de una sola diosa.

Me hundí en Elena de un solo movimiento firme.

El gemido que escapó de su garganta fue un eco del de Valeria.

El interior de la arquitecta era un horno húmedo que me envolvió por completo, apretándome con una fuerza que me hizo apretar la mandíbula para no correrme de inmediato.

Comencé a moverme con un ritmo constante, salvaje, acompasado con los impactos que venían del sofá de cuero.

El salón del chalet se convirtió en una sinfonía de jadeos, el roce de la piel sudorosa, el chapoteo de la intimidad compartida y el murmullo de la música ambient de fondo que parecía dictar el tempo de nuestra perdición.

Valeria controlaba el ritmo global; incluso mientras era embestida con fuerza por Alberto, estiraba una mano hacia nosotros, acariciando el pelo de Elena, uniendo a las dos mujeres en un vínculo erótico que iba más allá de lo físico.

—Mírala, Alberto… mira cómo Javi la hace disfrutar —susurraba Valeria con la voz entrecortada, incitando al ingeniero a dar más de sí—. Tu mujer está descubriendo lo que es la verdadera electricidad… ¡más fuerte, mi amor, dale más fuerte a Elena!

Estimulado por las palabras de mi novia, aumenté la intensidad de las embestidas.

Elena tenía las manos clavadas en mis hombros, dejando marcas rojas con sus uñas, con la cabeza moviéndose de un lado a otro sobre la alfombra, completamente perdida en el torbellino de sensaciones.

Cada vez que yo entraba en ella, el placer era más denso, más cargado de ese drama íntimo de la transgresión total.

El clímax del fin de semana sin reglas se acercaba a una velocidad de vértigo.

El calor de los cuerpos, el sudor compartido y el aroma a la lujicia pura inundaban el espacio iluminado por las velas negras.

Alberto estaba llegando a su límite; su respiración era un rugido constante y sus músculos de la espalda estaban tensos como cuerdas de violín.

Valeria lo sintió. Sabía que el juego de Sotogrande y el de la sierra debían concluir con el sello definitivo de la propiedad compartida. Se aferró al cuello de Alberto con una fuerza inusitada, hundiéndose más en el sofá.

—Alberto… no te salgas —le ordenó Valeria, mirándolo a los ojos con una intensidad que rozaba lo místico—. Quiero que me dejes tu marca. Quiero que me insemines aquí mismo, delante de tu mujer y de Javi. Déjamelo todo dentro. Esa es mi última regla para ti.

El ingeniero soltó un grito animal, un rugido de liberación que venía desde lo más profundo de su ser.

Con tres embestidas brutales, definitivas, que hundieron a Valeria contra el cuero del sofá, Alberto se vació por completo dentro de ella.

Sentí el eco de sus contracciones a la distancia, viendo cómo el cuerpo de mi novia se estremecía en espasmos violentos mientras recibía la semilla del maduro, sellando el pacto de sumisión voluntaria con una mirada fija en la mía que transmitía una victoria absoluta.

Esa visión fue el detonante final para mí y para Elena. La arquitecta me apretó con sus músculos internos con una fuerza increíble, sus ojos verdes fijos en los míos, completamente entregada al abismo.

—¡Javi, dentro! ¡Dámela toda dentro, no te salgas! —gritó Elena, rompiendo la última barrera de su antigua vida monógama.

Sujeté a Elena por las caderas con una fuerza que levantó su cuerpo de la alfombra.

Con un último impulso profundo, me hundí en ella hasta la raíz y me corrí con una potencia que me dejó sin aire.

Sentí la oleada de mi propia leche inundando el interior cálido de Elena, dejándole mi marca en lo más profundo de su intimidad, mientras ella estallaba en un orgasmo espasmódico que la hizo temblar entera entre mis brazos.

El silencio que siguió al estallido de los cuatro clímax fue largo, espeso y pacífico. Solo se escuchaban nuestras respiraciones jadeantes, el latido sordo de los corazones intentando regresar a la tierra y el goteo de la cera negra de las velas sobre la mesa de centro.

Lentamente, los cuerpos se separaron. Alberto se deslizó a un lado del sofá, completamente exhausto, con el pecho subiendo y bajando, mirando al techo con la paz del hombre que se ha despojado de una armadura que le pesaba demasiado.

Valeria se levantó despacio de las sábanas de cuero; no se limpió, permitiendo que el tributo de Alberto resbalara por sus muslos como una medalla de su juego.

Caminó hacia la alfombra donde Elena y yo seguíamos abrazados, envueltos en el sudor y el cansancio feliz.

Valeria se tendió a nuestro lado, entrelazando su cuerpo con el mío y el de Elena. Nos quedamos los cuatro formando una masa de piel, sal y seda, rendidos ante la evidencia de que la normalidad se había roto para siempre en esa urbanización de la sierra.

Giré la cabeza y besé la frente de Valeria, sintiendo el aroma de la noche, de Alberto y de nosotros flotando en su piel. El drama y el romance de nuestra conexión seguían intactos; no nos habíamos perdido en el intercambio, nos habíamos encontrado en la inmensidad de su libertad.

Valeria me miró, con esos ojos oscuros que ahora reflejaban una calma infinita, y me dedicó una sonrisa cansada pero preñada de futuro.

—Fin del primer volumen, Javi —susurró contra mis labios, mientras Elena se acurrucaba contra mi pecho y Alberto cerraba los ojos en el sofá—.

Hemos reescrito las reglas de la sierra.

Ve pensando en la maleta para el próximo viaje…

porque en el Libro 2, nos vamos a Ibiza, y allí el juego no va a tener límites.

La abracé con fuerza, sintiendo que el corazón me volvía a latir con esa adrenalina dulce. El primer libro se cerraba con broche de oro, por lo grande, pero la historia de "Mi novia, sus reglas" apenas estaba comenzando a escribirse en las páginas de nuestras vidas desinhibidas.