Sus amos alienígenas (Amos zandianos) Capítulo Tres #3
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Capítulo Tres #3

—Suelta la toalla, pequeña. Ya sabes que te queremos desnuda durante el acondicionamiento.

Ella puso los ojos en blanco, pero él captó cómo tragaba saliva y el aleteo de su pulso mientras se quitaba la toalla.

—Mejor.

En realidad, era divino. Su cuerpecito era como una obra de arte, cada línea llena de gracia.

Un pecho era ligeramente más grande que el otro, una asimetría que solo la hacía más perfecta.

Esa mañana había notado que aún conservaba algunas marcas en el trasero de los azotes de la noche anterior, y tenía que admitir que le gustaba ver pruebas de su dominación, saber que les pertenecía para corregirla.

Por supuesto, lo que más le gustaba era la regla de prohibirle la ropa. Tener a Mira desnuda ante ellos en todo momento había sido un golpe de pura genialidad, aparte de las erecciones permanentes que él y su hermano se veían obligados a soportar.

—De hecho, te hemos pedido algo de ropa.

Siguió tumbado en la cama, suplicándole mentalmente a su polla que se calmara.

—No mucha, porque no estábamos seguros de que te fuera a quedar bien.

Señaló una caja con algunas prendas apiladas en el suelo del armario.

—Echa un vistazo. Es de una línea juvenil, pero intentamos no elegir nada demasiado infantil.

Levantó un mono azul marino e hizo una mueca.

—¿Y esto no es infantil?

Él se rio.

—Seguro que te queda mono. Pruébatelo.

Ella entornó los ojos.

—Lo siguiente será que me pidas un striptease.

No entendió la traducción de striptease, pero sonrió de todos modos.

—No te pongas borde. Disfruto castigando a las humanas traviesas tanto como Jakk.

Ella murmuró algo que sonó como «engreído hijo de puta», pero cogió el mono y se lo metió por la cabeza.

Solo le llegaba a medio muslo, enmarcando sus largas y esbeltas piernas con un aire sexy pero inocente.

Tiró del dobladillo, como si la prenda pudiera crecer mágicamente si lo deseaba con suficiente fuerza.

—Me queda pequeño.

Demasiado pequeño. Sus pechos tensaban la tela por delante, que se ceñía a su estrecha cintura y volvía a ensancharse en las caderas. La polla le palpitó contra los pantalones.

—Es perfecto.

Ella cogió unas bragas.

—Nada de bragas. Ni de sujetadores.

Se dio una palmadita en la rodilla.

Ella negó con la cabeza.

—Una... dos...

Ella se acercó con paso airado y se dejó caer en su regazo, con los labios apretados en un mohín obstinado.

Le tocó los labios con el dedo mientras le rodeaba la cintura con el brazo.

—Mira, un gesto más de esos y te llevas el cinturón. Se me está acabando la paciencia.

Ella apartó la mirada.

—Esta mañana tengo una reunión. No debería durar mucho. Puedes ponerte ropa mientras no esté —sin bragas—, pero no puedes salir de la casa. Te la quitarás cuando vuelva. ¿Entendido?

Ella esperó un instante antes de murmurar:

—Sí, Amo.

—El collar te impedirá salir de la casa a menos que desactivemos la función de descarga eléctrica.

Hay un mecanismo de seguridad en caso de incendio: la alarma desactivará el dispositivo.

También te rastreará. Cuando lleguen las niñas, serás responsable de llevarlas al colegio y recogerlas.

Si vas a cualquier sitio que no hayamos acordado, serás castigada. Severamente.

Los ojos de ella se clavaron en los suyos un instante y luego se apartaron. Un primer hilo de preocupación se le instaló en el pecho. Su instinto de detective le dijo que ella ya había estado pensando en escapar.

Le sujetó la barbilla y le volvió la cara hacia él.

—Mira, la gente de Endermere cree que eres peligrosa.

Jakk y yo sabemos que no es verdad, pero si alguien te viera sola, podrían atacarte en defensa propia.

No es seguro que andes por ahí sin compañía.

Por no hablar de que Jakk y yo tendríamos problemas con el Consejo de los Nueve por no mantenerte bajo llave.

Controlar tus movimientos es tanto por tu seguridad como parte de nuestra responsabilidad como familia de acogida.

Ella se mordió el labio mientras se le formaba una arruga entre las cejas.

Se la alisó con la yema del pulgar.

—No te preocupes. Con el tiempo, las cosas se calmarán. Dejarán de emitir ese maldito vídeo de tu aterrizaje forzoso, y los vecinos se acostumbrarán a verte por aquí y aprenderán que eres inofensiva. Hasta entonces, tenemos que restringir tus movimientos.

Ella suspiró.

—Eres una mujer inteligente. Sabes que tenemos razón en esto.

—Entiendo tu lógica, sí. Eso no significa que me guste —le lanzó una mirada rápida—. Amo.

Sus labios esbozaron una sonrisa mientras le apretaba la cadera.

—Me encanta oírte llamarme así.

La sorpresa asomó a su rostro. Él le acarició la mejilla y se inclinó para besarla.

Ella se tensó al principio, pero él recorrió con la lengua la comisura de sus labios, despertándola poco a poco. Al cabo de un momento, ella respondió con una dulzura vacilante que lo derritió por dentro.

—Preciosa —murmuró cuando se separaron. Le acarició el rostro de nuevo—. Me alegro tanto de que hayas venido a vivir con nosotros. Haremos todo lo posible para que seas feliz aquí, te lo prometo.

La confusión nubló su rostro: esperanza luchando contra la duda, si tuviera que ponerle nombre a lo que veía.

—Danos una oportunidad. Entrégate a nuestra voluntad. Sométete a nuestra guía y te daremos todo lo que tenemos.

Ella se levantó de un salto y él la dejó ir. Tambaleándose, llegó hasta la ventana y se quedó allí de pie, de espaldas a él.

Al cabo de un momento, él se colocó detrás de ella y le tocó los hombros.

Percibió sus preguntas, su confusión, pero dudaba que palabra alguna pudiera responderlas. Nada de lo que dijera aliviaría la añoranza de su hogar ni la pérdida de control sobre su propia vida.

Ella se enfrentaba a toda una vida como prisionera de ambos. Él y Jakk tenían la tarea imposible de hacerle entender el lugar restringido que ocupaba en aquella sociedad, y a la vez aliviar ese dolor. ¿Bastarían sus atenciones sexuales para distraerla?

Sin embargo, viendo todo lo que se agitaba tras aquellos hermosos ojos, lo dudaba.