Sus amos alienígenas (Amos zandianos) Capítulo Tres #2
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Capítulo Tres #2

¿Cuándo alguien en su vida había sido tan considerado?

Desde luego, sus cuatro hermanas mayores perfectas nunca habían guardado silencio mientras ella dormía.

Sus compañeras de cuarto en la universidad tampoco.

A sus novios nunca les había importado. Era algo pequeño, pero la conmovió profundamente.

Gav'n se asomó por la puerta. Llevaba un uniforme verde cazador impecable con espadas cruzadas.

Debía de ser su uniforme de policía. ¿En qué consistiría su trabajo?

Necesitaba aprender todo lo que pudiera sobre su nueva situación para descubrir cómo hacer la vida soportable.

Encontrar y contactar a sus compañeras de tripulación era su máxima prioridad.

—¡Por fin estás despierta! —dijo Gav'n—. Ven a desayunar. Tengo que explicarte cómo va a funcionar todo hoy.

Se deslizó fuera de la cama y se estremeció al perder el calor de las mantas y los últimos vestigios del calor corporal de Jakk.

—Subiré la calefacción.

Gav'n, siempre atento, le hizo una seña con el dedo.

—Mejor aún, te enseñaré dónde están los controles para que puedas ajustarla como quieras. Ven.

Lo siguió hasta el pasillo y él levantó una tapa en la pared.

Detrás brillaba un panel de control digital básico.

El único problema era que todas las indicaciones estaban en su idioma, que ella no sabía leer.

La inyección traductora que le habían puesto le permitía entender su idioma hablado, pero no funcionaba con las palabras escritas.

—Este es el de la temperatura.

Señaló el tercer control empezando por arriba. Ella memorizó su ubicación. Lo pulsó varias veces.

—Esto es para subir.

Lo mantuvo pulsado hasta que apareció una palabra diferente.

—Y esto para bajar.

Ella memorizó los símbolos de caliente y frío.

—Entendido.

Él le sonrió.

—Aprendes rápido, pajarito. Vamos abajo. Esta mañana vamos a probar una comida nueva.

Bajó los escalones a toda prisa y ella lo siguió.

Sobre la mesa había un cuenco con el mismo cereal beige que le habían servido en prisión.

Se detuvo en seco.

—Oh, no.

Negó con la cabeza.

—De ninguna manera. No pienso comer eso.

Gav’n la observó con el rostro impasible. Permaneció en silencio un momento. Cuando tomó aire, ella se preparó para recibir una amenaza.

—Mira, ¿te gustaría intentarlo de nuevo? Supongo que ya has probado este cereal y no te sentó bien, ¿verdad?

Se mordisqueó el labio, comprendiendo ya lo que él quería.

—Sí, Amo.

—Entonces, ¿cómo deberías hablarme cuando me dices algo así?

Se le encendió el rostro. Odiaba que la regañaran como a una niña, casi tanto como odiaba equivocarse.

—Con respeto. Lo siento, Amo.

—Inténtalo de nuevo.

El orgullo batallaba con el sentido común. Una parte de ella quería rebelarse, simplemente porque se sentía humillada al ser corregida. La otra parte sabía que había estado irritable y que él no se lo merecía. Clavó la mirada en un punto junto al cereal.

—Gracias por prepararme el desayuno, Gav’n, pero no creo que esa comida en particular le siente bien a mi estómago.

—Mejor.

Recogió el cuenco de papilla y lo tiró por un agujero abierto en el fregadero.

—Ven aquí.

Entró con él en la cocina. La puerta que parecía ser una despensa o un armario resultó ser la versión pra’kiriana de un frigorífico.

—¿Qué te apetece?

Examinó la comida. Nada, en realidad. Después de los dolores de estómago diarios, tenía miedo de comer cualquier cosa en Pra’kir.

—¿Prefieres repetir con la fruta madlyne? ¿Te sentó bien anoche?

Le rugió el estómago, pero esta vez era más de hambre que de mala digestión. Asintió.

—Sí, por favor. Amo.

La cálida sonrisa de aprobación de Gav’n le provocó un aleteo en el pecho. Le entregó la fruta y sacó un cuchillo y una tabla de cortar.

Sorprendentemente, le confiaban un cuchillo.

No es que tuviera intención de matarlos a ambos y escapar hacia una ciudad abarrotada de alienígenas que la consideraban la enemiga pública número uno.

Aunque podría servirle para forzar la cerradura del collar.

No soportaba esa cosa. Le apretaba demasiado, pesaba demasiado.

Además, la sola idea del collar la enfurecía.

Si era de la familia, si confiaban en ella lo suficiente para cuidar de los niños de la casa, tenían que darle algo de autonomía.

Bueno, no tenían por qué hacerlo, pero era lo que ella quería.

Nunca le había gustado que la controlaran en todo.

Gav’n apoyó una cadera contra la encimera, cruzó los brazos sobre el pecho y la observó trabajar.

En realidad, pensó que quizá le estaba mirando los pechos, que se tensaron y se volvieron turgentes bajo su mirada intensa.

Debería molestarle más de lo que le molestaba.

En cambio, disfrutaba de la sensación de poder que eso le daba.

Esos machos la encontraban deseable. A ella, la hermana del montón, la menos brillante, que nunca haría cosas importantes como ganar el Premio Nobel de Economía o representar a su planeta en las discusiones de la Galaxia Unida.

Alineó el cuchillo sobre la fruta.

—Al revés —la corrigió Gav’n.

Le dio la vuelta y cortó, soltando un chillido cuando un poco de jugo rojo brillante le salpicó la cara.

Gav’n soltó una risita y se inclinó hacia ella, rodeándole la cintura con una mano grande.

Ella extendió los brazos para no mancharle el uniforme con el jugo rojo.

Él la atrajo hacia sí y le lamió la gota de jugo de la cara.

Olía a madera de cedro, ¿o era enebro? Algo amaderado, masculino y maravilloso.

El calor de su cuerpo se extendía sobre su piel desnuda.

El calor le inundó el vientre. Otro lametón, esta vez bajo el lóbulo de la oreja.

Contuvo la respiración.

Lentamente, él se echó hacia atrás y la soltó.

—Sabes deliciosa, pequeña humana.

Mareada, no pudo hablar durante un momento. Cuando recuperó el sentido, se aclaró la garganta y señaló con la punta del cuchillo las espadas de su camisa.

—¿Ese es el símbolo de la policía?

—Policía militar, sí.

Parecía demasiado relajado para ser comisario de policía. Pero no, el resto encajaba. Era competente y se movía con rapidez. Bastante experimentado en inmovilizar cuerpos, como había descubierto la noche anterior.

Jakk apareció con su ropa de trabajo: un traje elegante y zapatos bien lustrados, como los que llevaba el magistrado general cuando visitó su celda para interrogarlas.

—Gav’n está al mando de todo el cuerpo.

En la voz de Jakk resonaba una nota de orgullo.

—Y Jakk ocupa uno de los cargos más altos de Pra’kir, por debajo del magistrado general y el Consejo de los Nueve.

—Impresionante.

Se preguntó si la posición de Jakk era la razón por la que le habían asignado una humana en acogida. Terminó de cortar la fruta y se lavó las manos.

—¿Os vais los dos?

Se tocó el collar que llevaba al cuello.

—Hoy tengo que ir al tribunal, pero Gav’n estará aquí contigo, salvo un rato esta mañana en que tendrá que dejarte sola.

Jakk se había vuelto rígido y formal otra vez. Era difícil creer que acababa de estar acurrucada contra ese hombre.

—De acuerdo.

Buscó una toalla para secarse las manos, pero no encontró ninguna. Gav’n extendió el brazo por delante de ella y pulsó un botón debajo de uno de los armarios; salió un chorro de aire caliente.

—Ah. Gracias.

—Pórtate bien con Gav’n. Te veré esta tarde.

Resistió el impulso de acercarse a besarlo para despedirse.

La escena doméstica parecía requerir algo así, pero no conocía el protocolo adecuado.

Además, no estaba segura de que merecieran su afecto.

No cuando la tenían desnuda y con un collar de mascota.

No después de todos los castigos que había soportado por no comportarse como una esclava.

Sin embargo, Jakk parecía dudar, como si esperara algo o le costara marcharse. Se dio la vuelta y se dirigió con paso rígido hacia la puerta principal.

—Que tengas un buen día —canturreó ella, recordando lo que sus padres solían decir cuando uno de ellos salía de casa.

Él se detuvo y se volvió; una leve sonrisa le curvó los labios y transformó su expresión rígida. Una oleada de calidez la recorrió.

—Tú también, pashika.

Le devolvió la sonrisa antes de agachar la cabeza. Mierda, no debería rendirse tan fácilmente ante el encanto de esos dos hermanos. ¿Dónde había quedado su orgullo? ¿Su amor propio?

Estaba claro que había perdido la cabeza —y a sí misma— tras una noche de caricias eróticas de Jakk y Gav'n. La habían adormecido hasta convencerla de que vivir aquí en Pra'kir podría funcionarle. Pero, en el fondo, sabía que no era verdad. Seguía siendo una prisión, solo que mucho más agradable.

Gav'n tuvo que recurrir a todo su autocontrol para no seguir a Mira a la ducha y enjabonarle él mismo ese cuerpo tan hermoso.

Pero si lo hacía, ella acabaría con sus manitas presionadas contra la pared de mármol mientras él la embestía por detrás hasta dejarla ronca de tanto gritar. Y eso iría contra las reglas.

Aunque Jakk se preocupaba más por las reglas que él.

Sabía que su pequeña humana los deseaba.

Había olido su excitación, la había pillado lanzando miradas furtivas a sus cuerpos.

Había visto cómo se le endurecían los pezones cada vez que se acercaba a uno de ellos.

Joder, el día anterior ya les había suplicado sus orgasmos con esa vocecita tan dulce.

Conseguir que suplicara por sus pollas no debería ser tan difícil.

Pero Jakk tenía razón. La petición tenía que salir de ella. Si alguna vez alguien cuestionaba cómo la trataban, necesitaban tener la conciencia tranquila en ese aspecto.

Así que, en lugar de irrumpir en la ducha, se tumbó sobre la colcha con los tobillos cruzados y las manos detrás de la cabeza, esperando a que volviera fresca y reluciente.

No quedó decepcionado. Ella salió con una toalla enrollada al cuerpo y las pestañas aún pegadas. ¿Qué tenían las hembras mojadas que las hacía todavía más sexys? El pelo largo le caía sobre los hombros, los ojos brillantes contra las mejillas sonrosadas.

Puso cara de severidad.