Sus amos alienígenas (Amos zandianos) Capítulo Cuatro
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Capítulo Cuatro

Mira estaba frente al espejo del baño, con el cuello estirado hacia delante mientras echaba los brazos hacia atrás como una contorsionista.

Había logrado que el pasador de la cerradura se moviera, solo un poco.

El maldito collar estaba tan ajustado que ni siquiera podía girarlo para poner la cerradura delante y que fuera más fácil forzarla.

Sí, entendía por qué Jakk y Gav'n creían que necesitaba llevarlo puesto.

Y no estaba de acuerdo. Así que, mientras Gav'n estaba en su reunión, se lo iba a quitar, maldita sea.

Necesitaba practicar cómo quitárselo, para que si —no, cuando— lograra localizar a sus compañeros de tripulación, pudiera escabullirse y visitarlos sin ser rastreada.

Por no hablar de cualquier otra ocasión en que necesitara un poco de libertad.

Estar prisionera —aunque los dos hombres que creían ser sus dueños supieran tocarle el cuerpo como un instrumento afinado— no iba con ella.

Un poco más... casi... maldición.

Sacudió los brazos y giró el cuello. Aunque le llevara todo el tiempo que Gav'n estuviera fuera, descubriría cómo abrir esta maldita cerradura.

Introdujo la estrecha hoja del cuchillo en la cerradura una vez más, buscando el pasador interior con la punta.

Ahí. Lo empujó hacia la derecha... un poco más.

.. solo un poco y... ¡éxito! El collar se abrió y ella lo atrapó, acercándoselo a los ojos para examinarlo.

Incluso de niña, siempre le había encantado desarmar cosas y ver cómo funcionaban.

Sus hermanas se habían burlado de sus cacharreos y, cuando había anunciado que quería ser ingeniera en lugar de algo más glamuroso o prestigioso, habían puesto los ojos en blanco diciendo que no les extrañaba.

Quizás podría desarmar el collar para desactivar la función de descarga y quitar el rastreador. Dejaría el software de rastreo activo, pero lo guardaría en algún lugar de la casa cuando saliera. Lo metió en el bolsillo demasiado pequeño del mono y fue a buscar herramientas.

Por primera vez desde el accidente, tenía un momento de autonomía.

Era una delicia tener la libertad de investigar la casa adosada por su cuenta.

Bajó las escaleras con paso ligero y empezó por la cocina, abriendo cajones y armarios, examinando todos los productos extraños.

De ahí, probó lo que parecía ser un despacho en la habitación junto a la de las niñas.

Nada.

¿Dónde estarían las herramientas? ¿Habría algo así como un garaje o taller en la planta baja, donde aparcaban las lanzaderas? ¿La vería alguien si se escabullía fuera a echar un vistazo?

No había mejor manera de averiguarlo que intentarlo. Sacó el collar del bolsillo y lo dejó sobre el pequeño banco que había debajo de una hilera de ganchos repletos de chaquetas y mochilas escolares de las niñas, junto a la puerta principal. Pegó la oreja a la puerta para escuchar.

Ni un ruido.

Abrió el cerrojo y entreabrió la puerta, asomándose.

Todo despejado.

Se escabulló fuera y bajó corriendo descalza por la escalera trasera hasta la planta baja.

¡Voilà! Resultó que había un cobertizo que no había visto cuando llegaron, encajado en la esquina del diminuto aparcamiento reconvertido en patio.

Probó la puerta, pero estaba cerrada con llave.

Con suerte, sería tan primitiva como la cerradura de su collar y podría forzarla sin más.

Volvió a subir las escaleras a por el cuchillo, con los pies descalzos silenciosos sobre los escalones de madera.

Al llegar a la puerta, oyó el sonido de una lanzadera entrando en el patio de abajo.

¡Gav'n! Se coló dentro, subió corriendo hasta el dormitorio y se tiró sobre la cama, como si hubiera estado allí tumbada todo el rato.

La puerta se abrió abajo.

Mierda. La mano le voló al cuello. Había dejado el collar en la mesa de abajo.

—¿Mira? —A juzgar por su rugido indignado, lo había visto—. ¡Mira! —volvió a gritar antes de que ella pudiera siquiera pensar en responder.

Con el corazón desbocado, se bajó de la cama.

—Estoy...

—¡Mira! —Ahora un tono de desesperación teñía su rugido. Sus pasos retumbaron escaleras arriba, sacudiendo las viejas paredes con su estruendo.

—Estoy aquí mis...

Apareció en la puerta, el collar apretado en la mano, con los ojos desorbitados. Se le abrieron aún más al verla, y luego se desplomó contra el marco de la puerta. El alivio duró solo un instante antes de dar paso a la furia.

—¿Qué demonios está pasando? —Sacudió el puño con el collar, avanzando lentamente hacia ella.

Mentir parecía inútil. ¿Qué podría decir? ¿Que se había caído?

Optó por mostrarse terca. Se cruzó de brazos y levantó la barbilla.

—Te dije que no me gusta. Es demasiado pesado, demasiado ajustado, y no me gusta ser prisionera en mi propia casa.

Su propia casa. ¿De verdad ya consideraba aquel lugar su hogar?

Un destello de interés cruzó también la expresión de Gav'n antes de que esta se endureciera con determinación.

Dio otro paso hacia ella, con el rostro oscuro y peligroso. Ahora veía al policía en él: parecía letal. Y el hecho de que le sacara casi medio metro no ayudaba precisamente.

—¿Entonces qué? ¿Forzaste la cerradura?

Ella asintió.

Se puso las manos en las caderas y miró al techo, como implorando paciencia a algún poder superior. ¿Los pra'kirianos creían en un poder superior? Se lo apuntó mentalmente para preguntarlo más tarde.

—¿Y lo dejaste ahí para que yo lo viera? ¿Querías que supiera que nuestro dispositivo no puede retenerte?

Esperaba que no notara el rubor que le subía por el cuello. Esa parte de la historia quería mantenerla en secreto a toda costa. Tragó saliva y asintió.

Apretó los labios.

—Quítate la ropa. —La dureza de su tono chasqueó como un látigo.

Castigo.

¿Qué sería esta vez? ¿El cinturón? ¿O algo peor?

Consideró negarse, pero aunque estuviera dispuesta a huir —que no lo estaba, no sin un plan— jamás le ganaría a Gav'n en una carrera. Su única opción era desnudarse y aceptar su disciplina. Se quitó el mono.

Gav'n arrojó varias almohadas al centro de la cama. —Túmbate sobre ellas —dijo con tono sombrío.

Ella obedeció y se colocó con las caderas sobre la pila de acolchado, dejando el trasero en alto.

Gav'n fue al armario y volvió con varias tiras de tela sedosa —¿algún tipo de corbata formal de hombre, quizás?—. Usó una para atarle los tobillos y la segunda para inmovilizarle las muñecas a la espalda.

—Ya que no quieres llevar el collar, tendré que dejarte atada. Recuerda que fue tu elección cuando se te duerman los brazos, pequeña.

Se mordió el que te jodan que le subía a los labios.

Gav'n volvió al armario y esta vez regresó con una vara delgada.

Oh, mierda. Se le apretaron las nalgas por reflejo.

Apoyó una rodilla en la cama y le sujetó una de las manos atadas con la suya, más grande. El movimiento la sorprendió, pero antes de que pudiera levantar la cabeza para mirarlo, la vara silbó en el aire y cayó sobre sus nalgas como una línea de fuego puro.

Gritó y se arqueó por la conmoción.

—Eso es por desafío. —Volvió a golpear.

Jadeó con un gemido de dolor.

—Y eso es por ser demasiado lista para tu propio bien. —Otra línea de fuego.

Resopló mientras las lágrimas le escocían en los ojos.

Volvió a azotarla. —Eso es por darme un susto de muerte al pensar que habías huido. —Otra línea cruel de fuego.

Gritó, convencida de que no podía soportar más. Era mucho peor que el cinturón.

Pero la vara volvió a silbar en el aire y cayó sin piedad. —Y eso es por ser tan dulce como para quedarte. —Su voz se suavizó en las últimas palabras, se inclinó y le besó la espalda agitada. ¿Había gratitud o afecto en su voz?

La vara repiqueteó contra el suelo de madera y sonó como si rodara debajo de la cama. Si fuera lista, la recuperaría y la quemaría antes de que él recordara dónde había ido a parar. Tenía todo el trasero en llamas y el cuerpo le temblaba.

Algo pitó y Gav'n murmuró una maldición que su traductor no captó, algo como volchek. —¿Qué pasa? —espetó, y ella se dio cuenta de que hablaba por el comunicador.

—Comisario, lamento molestarlo, pero tenemos una posible amenaza de bomba en la Academia Endermere de Estudios Superiores. El equipo ya está en camino, pero pensé que querría saberlo.

Gav'n volvió a maldecir. —Me reuniré con ellos allí. —Cortó la comunicación—. Volchek. Volchek. Volchek. Y ahora, ¿qué demonios voy a hacer contigo? ¿Eh? —Le dio una palmada en el trasero palpitante—. Está claro que no puedes quedarte sola ni un minuto.

Lo oyó rebuscar en el armario de nuevo, y cuando regresó, traía otra corbata de seda. Le desató los tobillos entre sí y enseguida ató cada uno a un poste de la cama, dejándola con las caderas aún elevadas y las piernas abiertas de par en par, con el coño expuesto.

—Habría preferido quedarme a ver esta parte de tu castigo, pero me necesitan en otro lugar. —Se movía con eficiencia.

—¿Qué parte...? ¡Ooh! —Intentó apretar el trasero cuando un pegote de algo fresco le cayó entre las nalgas.

Gav'n lo frotó en círculos apretados alrededor del ano y luego presionó un tapón contra la abertura.

Intentó patalear, pero con los tobillos atados tan separados, las piernas no se movieron. —¿Qué estás haciendo? —farfulló.

—Hacer que lo lamentes mucho. No tengo tiempo para ir despacio, así que ábrete para mí ahora.

—Presionó el objeto con más insistencia y, contra su voluntad, el anillo apretado de músculos cedió para admitir el tapón.

No, no era un tapón. Era peor: ¡un vibrador!

El falo cobró vida con un zumbido, estimulando cada terminación nerviosa del suelo pélvico y dentro del trasero.

—Ohhhh —gimió.

—No he terminado. —Le sondeó el coño con los dedos—. Bien, ya estás mojada. —Le introdujo un segundo vibrador, más grande, en el canal y lo puso a zumbar también—. Ni se te ocurra moverte de esta posición. —Le dio una palmada en el pobre trasero palpitante y ella lo oyó salir de la habitación.

—Jakk, tengo una situación —su voz tensa resonó desde las escaleras mientras la dejaba allí, sumida en una miseria ardiente.