46. El sueño
El sueño
El entorno elegido era una fortaleza de aspecto fantástico: enormes torreones de cristal y materiales delicados, con ornamentos de oro y plata; murallas de diseño imposible y torres del homenaje que cualquier arquitecto consideraría milagrosas.
Lo más importante era que, en la plaza de armas, se había dispuesto un enorme tablero de ajedrez con casillas donde podía ubicarse una persona y estirar los brazos sin llegar a invadir el espacio de las circundantes.
No había nadie, salvo yo, pero ciertas casillas del tablero estaban ocupadas por estatuas de piedra a tamaño real que representaban a personalidades de nuestro mundo.
La estatua de Inga Diamandis, ataviada con el uniforme de Crisis, estaba descabezada y fuera del tablero de juego, así como las de Shuriken, Portalus, Púlsar y Sigmar, entre otros.
Me paseé entre las figuras pétreas que representaban a gente viva, aguardando a que mi invitado llegara y, cuando lo hizo, me reuní con él en el centro del tablero.
Para entonces yo ya había incluido algunas reglas esenciales en aquella simulación onírica, como que la violencia no estaba permitida de ninguna manera o que los superpoderes permanecerían inactivos mientras durase la experiencia.
—Bienvenido, Decurión —procuré sonar como un mayordomo inglés.
Él me identificó, por supuesto, aunque le extrañó mi lenguaje corporal resuelto y decidido y el nuevo tono de voz, propio de quien tiene la situación controlada. Nada que ver con aquel loquero de los supras que le hacía las veces de soplón.
—¿Qué es este sitio, doctor Ottosson? —preguntó él y, al verse con el uniforme puesto y la máscara de suprAdalid, adquirió una pose defensiva.
Su cuerpo se veía en perfecto estado, sin amputaciones de ningún tipo.
—No se preocupe —le sugerí—. Aquí no puede pasar nada. Es un entorno onírico seguro, fantasía pura, si bien su mente está aquí de verdad, despierta y libre. Consciente, por mucho que se encuentre fuera de su cuerpo.
Miró a su alrededor, prestando especial atención a las piezas descartadas. Luego se fijó en mí, con una ceja enarcada y la otra fruncida.
—Usted era el Prelado que faltaba —acertó.
—Así es. Estela de Molay quería fulminarme y convertirse en la única telépata del mundo.
Esa mujer nunca entendió el Vínculo Akáshico.
En el mundo, siempre ha de haber telépatas superpoderosos que guíen a los demás.
Algunos nacen y mueren con el potencial psíquico de un Prelado sin descubrirlo en vida.
Existen otros que se percatan poco a poco, como usted, señor Diamandis.
Él siguió vagabundeando por el tablero, observando el nivel de detalle de las estatuas de piedra, quizá buscando la suya.
—Prosiga —dijo.
—Muy bien. Cuando usted, señor Diamandis, se convirtió en el paladín personal de Estela de Molay y empezó a eliminar Prelados en su nombre, se operaron cambios en su interior.
Su verdadero poder de nacimiento despertó.
A medida que desaparecían los Doce, otras personas iban escalando enteros en sus capacidades telepáticas, hasta entonces dormidas.
Siempre ha de haber guías para la Humanidad.
»Todas sus suprahabilidades de Decurión son producto de la sobrescritura de la realidad.
Usted es un telépata. Y, aunque la realidad se sobrescriba una y mil veces, mientras se mantenga con vida, será un psíquico de gran poder.
Muy pronto será un Prelado a todos los efectos, como yo.
Quién sabe, del mismo modo que yo me refugié en la mente de un ser vivo consciente y lo poseí igual que un ente invasor, usted también podría haber orquestado todo esto desde el principio, oculto en la mente de un Julek Diamandis que negaba su verdadera naturaleza psíquica. Es algo que me gustaría averiguar.
—¿Insinúa que yo he planeado todo lo que ha ocurrido? ¿La muerte de Ji-yoon y de mi propia hermana también?
—Supongo que eso no formaba parte del plan.
Aunque en todo plan, por perfecto que sea, hay aristas que pulir.
—Me acerqué a una casilla vacía, en la que sólo había piedra pulverizada y cantos rodados—.
Sacrificios, señor Diamandis. Como ya le he dicho, no es más que una teoría. Quizá nunca lo averigüemos.
Se detuvo frente a la estatua de Gax. Su color era diferente al de las demás. Antes de que pudiera formular cualquier pregunta, me adelanté a él.
—Mucho me temo que el vicepresidente ha dimitido, señor Diamandis.
Ahora lleva otra vida y… usted le permitirá vivirla.
Incluso se hará responsable de que pueda continuar con ella hasta el último de sus días.
—Se giró en redondo para estudiar mi semblante—.
Ya se lo explicaré todo convenientemente, a su tiempo.
Él se palpó el brazo derecho, extrañado de lo sólido que le parecía.
—Se regenerará —le garanticé. Él volvió a observarme con suspicacia—.
Le prometo que se regenerará —insistí—. Usted es Maximum.
Irá adquiriendo poco a poco todos los superpoderes del mundo.
Algunos los dominará antes que otros. Incluso llegará a teletransportarse.
Con el pasar de los años, claro. —Alcé los brazos y caminé por el tablero—.
Sí, le aseguro que regenerar sus extremidades perdidas será doloroso.
Y podría tardar cuatro o cinco meses en quedar del todo restablecido.
No obstante, creo que después de lo ocurrido, con todos sus antagonistas sometidos o suprimidos, le aguarda una temporada de tranquilidad. Ideal para reponerse.
Decurión hizo ademán de alzar el vuelo, pero se quedó en el sitio.
—Oh, no puede volar aquí —le informé—. Es una simulación de la realidad, en este lugar no es poderoso. ¿No se lo había dicho ya? Sólo yo tengo poderes. —Le enseñé las manos, como si estuviera siendo arrestado por la policía—. ¡Pero tranquilo, se lo ruego, no tiene nada que temer!
Él asintió, con media sonrisa.
—Ya, claro. Y dígame una cosa, doctor, ¿hay más Prelados por ahí? Supongo que debe de haber diez más, ¿me equivoco?
—Lo de los Doce es algo aproximado. Si hay una docena de Prelados actuando como guías de la Humanidad, ningún otro telépata con potencial desarrollará sus habilidades psíquicas.
Es un seguro cósmico, para que el planeta no se nos llene de Prelados, no funcionaría.
Pero, respondiendo a su pregunta, sí. Habrá más.
Poco a poco se irán manifestando, los sentiremos y los reconoceremos como de los nuestros.
Podrían sumarse a nuestra pequeña familia.
Pasará con ellos lo mismo que con usted.
Y luego… —Me detuve al lado de la estatua de Gilbert Grimaux y rodeé sus hombros con un brazo—.
Y, luego, hay otros que no tardarán mucho tiempo en unírsenos.
Él se llevó las manos a la cabeza.
—¿Grimaux? ¿En serio? ¿No podía ser otro?
Yo reí durante algunos segundos. No podía reprimirme ante la ironía de la vida.
—¿Qué pensaría, señor Diamandis, si le dijera que fue el superintendente del Espolón, con su influencia psíquica, el que empujó al suicidio a la primera ministra Morris? Incluso le sugirió el modo de hacerlo.
—¿Grimaux la mató?
—Le indujo la idea del suicidio.
Decurión resopló y desplazó al General Tabris de una casilla a la siguiente. Por probar. Un movimiento ilegal en el ajedrez, aunque aquello era algo diferente.
—¿Qué va a proponerme?
Entrecrucé mis manos a la espalda. Llegaba el momento de la verdad. Caminé hasta él y me coloqué a unos pocos pasos. Daba la sensación de que todas las estatuas de piedra nos contemplaban.
—Llevémonos bien, Decurión. Es mejor.
—¿Qué intenciones trae usted, doctor?
—Buenas, sin duda. Como usted, yo también deseo un mundo nuevo, de esplendor para el género humano. Con la ayuda de los metahumanos es posible o, por lo menos, merece la pena el intento.
—¿Pretende hacerme creer que se fía usted de mí?
En ese entorno, podría mentirle y él no lo sabría. Opté por no hacerlo.
—Me fío de que, como Maximum, tratará de hacer lo correcto.
Y, por otra parte, es cierto que usted es demasiado poderoso como para entregarle nuestra completa confianza.
Por ello, hay una espada de Nyxium, su mayor debilidad, en las manos propicias.
Como medida de seguridad. No voy a engañarle, pienso tener otro…
sueño parecido a éste con Gilbert Grimaux.
—No es la mejor forma de empezar, con tanto recelo y tanta desconfianza, doctor.
—Para usted es fácil decirlo. El caso es que tendremos que ganarnos la confianza los unos en los otros, señor Diamandis.
Yo ahora mismo soy el telépata más poderoso del mundo.
A usted le queda mucho camino por recorrer para ponerse a mi altura.
Podría servirme de eso. Volver la realidad contra usted.
Ya. Incluso restaurar la realidad anterior, sin suprAdalides, ciudades imposibles ni grandes ingenios tecnológicos.
Decurión lo meditó seriamente. Caminó por el tablero, deteniéndose ante estatuas que no identificaba. Había personalidades con un destino a futuro que en ese instante nadie podía reconocer como relevantes. Se paró ante la estatua de Andros, el androide.
—¿Robots?
—Hay un poco de todo.
Se dio la vuelta y volvió al centro del tablero, donde yo le esperaba.
—Lo que usted propone, doctor, es demasiado bonito para ser cierto.
—Yo podría decir lo mismo de su futuro esplendoroso.
Puso cara de amargura.
—Creo que ya se han hecho suficientes sacrificios como para no intentar alcanzar esa utopía.
Le ofrecí la mano. Él la miró y se quedó quieto durante unos segundos.
—¿Y los quinientos mil durmientes? —preguntó.
—Usted tiene el poder de Maximum. Y todavía adquirirá más poder. Todos los poderes. —Estuve a punto de retirar la mano y titubeé un tanto—. Las quinientas mil almas de los viveros son mías.
Al fin, me estrechó la mano y cerró los ojos.
—Quiero que, desde hoy, los durmientes tengan sueños felices —exigió mientras aferraba mi mano con fuerza y la movía de arriba abajo—. Todos ellos. Si sólo viven a través de sus mentes, que sean vidas dignas.
—Una condición fácil de cumplir, señor Diamandis.
Una condición que me encanta. ¿Se ha parado a pensar que, quizá, nosotros somos el sueño de esos quinientos mil, sólo eso?
Una simulación como ésta en la que nos encontramos, ideada por esas mentes durmientes.
Podríamos ser el resultado de una idea surgida de una sola mente, solidificada y potenciada por las de otros miles.
¿Cómo estar seguro de ello? —Aparté la mano y le di una palmada en el antebrazo—.
¡Por Dios, no nos pongamos metafísicos! No nos pega mucho a nosotros dos.
Y le hice despertar.
Y así sería como el Supragobierno continuaría, con ciertas reservas.
¿Qué gobierno no las suscitaba? Los países menores verían cómo sus poblaciones se atrevían a solicitar el cambio.
Las tomas de poder no siempre serían tranquilas.
Los países más grandes pactarían, se sumarían a una iniciativa que, con el pasar de los años, ganaría entereza: la unión global de todas las naciones del planeta.
Era un logro altamente improbable. Las terribles diferencias ideológicas entre las personas, las mismas que las habían mantenido históricamente enfrentadas, seguirían ahí.
Era algo que ni un Supragobierno ni otra forma de dominio cambiaría.
La proliferación de nuevos suprahumanos, más allá del viejo continente, tendería a equilibrar las cosas.
Cabía la posibilidad de que todo volviera a ser como antes, al cabo de dos o tres décadas.
¿La raza humana estaba condenada a no entenderse?
Al menos, en estos tiempos que vivíamos, teníamos la primera gran oportunidad, decididamente real, de alcanzar la unificación.
Todos los que formábamos parte de este utópico cometido podíamos aspirar a la grandeza, a alcanzar un anhelo sólo reservado a unos pocos…
Podíamos ser superhéroes.