SuprAdalid Epílogo
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Epílogo

La doctora Vega respiró aire limpio (todo lo que permitía la ciudad de Odeon) y agarró de la mano al profesor Xanthopoulos con más fuerza.

Le gustaba ese aire, no procedente de un aparato ni purificado por los filtros del laboratorio de turno.

Aire exterior. Con su polución, sus partículas de polen a las que era alérgica, traído de alguna parte por las corrientes que recorrían los desfiladeros de colosales edificios.

Y seguía siendo ella misma.

—Te lo dije —le susurró cariñosamente su marido al oído. Ya tenía la forma craneal correcta y no disponía de gadgets tecnológicos a la vista—. Ulf se ha encargado de todo.

En efecto, el doctor Ottosson había utilizado a los quinientos mil durmientes para que la realidad no modificara en modo alguno el trasfondo y la personalidad de Christelle Vega.

Y también añadió una ligerísima sobrescritura para Gax, ya que un hombre de inteligencia máxima podía tener una cabeza en condiciones sin restar ni una neurona.

Con tales arreglos psíquicos, la parejita podía darse un paseo por la calle sin prendas antipsi y vivir sus vidas plenamente.

Después de tantos años de aislamiento en los laboratorios secretos del Proyecto Caribdis, el mundo exterior les estaba permitido.

Era cierto que el profesor Xanthopoulos había mezclado en su cerebro todo aquel lore perteneciente a Gax y lo había anexionado a la que ahora era su identidad predominante, la del marido de Christelle Vega, por lo que alguna vez que otra su lengua tenía accesos incontrolables de verborrea técnica tan incomprensible como pedante.

Gracias a los acuerdos entre el Espolón y el Supragobierno, el doctor Lornias Vega y el zote de su ayudante fueron puestos en libertad.

A partir de ese día, el padre de mi creadora adoptó una doble identidad, como un suprAdalid cualquiera.

Por un lado, era un genio de la ciencia que desarrollaba prodigios tecnológicos para la Federación (con un contrato multimillonario); por el otro, el joven generador de contenido Shawn Labianca, con millones de seguidores, algo posible gracias a que su cuerpo había frenado su proceso de crecimiento al llegar a los veintitantos.

Tras eso, cumplió el equivalente a veinte meses por año.

Sí, envejecería más rápido que los demás, pero, como estaba perfeccionando bastante su técnica de clonación, muy pronto podría ir vistiendo nuevos cuerpos como quien se cambia de traje, con diferentes aspectos y edades.

En cuanto a mí, aún estaba buscando mi lugar en ese entramado psíquico.

Siempre había querido ser suprAdalid, con una buena gabardina negra, sombrero y esas cosas. Detective Robot, me acabarían llamando o algo así. En ello andaba.

Y, aunque mi relación con mi creadora no se había resuelto del todo, pues ella era una mujer que no toleraba muy bien la traición, su corazón se iba ablandando.

Me daba igual, la seguía vigilando y protegiendo a distancia, todos los días durante unas horas, cuando mis otras responsabilidades no requerían de mi presencia.

Como en aquel preciso momento, en el que yo me desplazaba saltando entre las gárgolas de un edificio de cincuenta plantas, muy atento a lo que ocurría a ras de suelo.

Fuera de su visión, pero pendiente de cada detalle de lo que acontecía alrededor de la doctora gracias a mi visión de enfoque telescópico.

Me tranquilizaba saber que estaba bien. Mi cerebro concluyó, mediante operaciones matemáticas complejas y empleando sinapsis neuronales diferentes a las humanas…, que la quería.

Y estoy convencido de que me perdonará. Pronto. Esta vez de verdad.

A fin de cuentas, mi plan había salido de fábula, no por la precisión de mis cálculos (hubo gran cantidad de elementos imprevistos que colapsaron en nuestro beneficio, lo que se tradujo en casualidades afortunadas), pero, para el caso, fue un éxito.

Ahora sólo me quedaba vigilar que estos tres Prelados cumplieran su palabra, a la espera de que nuevos psíquicos de gran poder surgieran de los rincones más inesperados del planeta.

En el supuesto de que iniciasen otra guerra psíquica o dirigieran sus planes hacia intereses menos altruistas, yo estaría ahí para actuar.

El doctor Vega había reforzado mi cuerpo con laminación Nyxium microscópica, aprovechando el resto del metal de este tipo que quedaba, y tengo una espada maravillosa que puede cortarlo todo, incluyendo al gran Maximum, que actualmente gobierna un tercio del mundo y que aspira a gobernar el resto antes de que acabe la presente década.

Abajo ocurrió algo, de improviso. Me puse alerta en cuanto la doctora Vega tropezó con un transeúnte a pie de calle. Al comprobar que sólo había sido un encontronazo fortuito, relajé mis músculos artificiales y presté atención a la escena con mi zoom ocular de gran precisión.

Un hombre de talante despreocupado, alto y delgado, había chocado con ella y a ambos se les habían caído objetos que llevaban en la mano.

El hombre recogió del suelo el bolso de la doctora Vega y ella hizo lo propio con un maletín.

Se pusieron en pie y se miraron con una sonrisa.

Advertí que mi creadora reprimía un pequeño gemido y se llevaba la mano libre a la boca al fijarse en el rostro de facciones agudas del hombre y sus ojos claros.

—Creo que esto es suyo —dijo el hombre, con una voz grave y varonil, pero tremendamente melodiosa.

La doctora se ruborizó. Fue entonces cuando su marido se tapó la boca para que no se notara que se estaba partiendo de risa.

—Y esto es suyo —dijo ella, al fin.

Se intercambiaron los objetos entre risas amables.

El profesor Xanthopoulos empujó un tanto a su mujer con el hombro y la doctora trastabilló, lo que sirvió para que ella aprovechara el movimiento y lo convirtiera en un ofrecimiento de mano.

—Soy Christelle, encantada.

El hombre estrechó la mano con suavidad. Tenía una particular sonrisa.

—Igualmente. Yo me llamo Benedict.

Ella se estremeció, sin dejar de mirarlo a los ojos, perdida en ellos.

—Lo sé —dijo con entusiasmo, haciendo un esfuerzo por no estallar a reír—. Lo sé.

Algunas cosas seguían sin estar en su sitio. El mundo perfecto de Decurión nunca sería perfecto del todo. Los sacrificios habían sido enormes en todos los sentidos posibles. Podíamos vivir sin algunas cosas. Otras, intentaríamos restablecerlas.

Era lo mejor de este primate evolutivamente avanzado: se adaptaba.

A futuro, había mucho trabajo que hacer. Yo cumpliría con mi parte. Era producto de este mundo, yo existía por él y, desde entonces, para él. Lucharía con todas mis fuerzas porque fuera lo mejor posible.

Era lo más humano.

FIN