45. Lo que viene ahora
Lo que viene ahora
En cuanto el cuerpo de Zephros cayó muerto, mi mente regresó de inmediato a mi organismo metálico, en los laboratorios del Proyecto Caribdis.
No estaba seguro de que fuera a ser esto lo que ocurriera una vez cortada la conexión neural, pues tenía la duda de si mi mente se perdería junto a la de mi hermano, en caso de defunción.
Existían muchas probabilidades de que hubiéramos muerto los dos en el incidente.
La parte buena era que yo había sobrevivido.
La parte mala, que mi hermano no me acompañaría en la nueva vida que nos aguardaba.
Y todo por el maldito Shuriken.
Shuriken había sido un suprAdalid ejemplar, un justiciero como ningún otro, con un tipo de moralidad que se alejaba del estereotipo del suprahumano corrupto, tan fácil de encontrar entre los grupos oficiales.
Y, a pesar de eso, no supo interpretar una situación hostil imprevista sobre la que no tenía datos suficientes como para formarse una línea de actuación adecuada, por no decir que sus rencillas con Decurión le perdieron por completo.
Al parecer, esa otra personalidad incontrolable de Zephros, adecuada a la realidad psíquica exterior, pecaba, más que de ninguna otra cosa, de orgullo.
La oportunidad de medirse con Decurión cara a cara fue demasiado para él.
Por lo pronto, la doctora Vega y Ottosson se habían salido con la suya.
La doctora irrumpió en la Cámara Celeste fuertemente pertrechada e hizo todo lo posible para convencer a su marido de quién era en realidad.
El exoesqueleto de Gax, con su yelmo de tecnología antipsi idéntica a la nuestra, debió de haber sido diseñado posteriormente, cuando su mente ya estaba del todo integrada en esa realidad de fuera.
Desde entonces, había permanecido al margen de toda influencia telepática.
Por ello, la doctora tuvo que romper esa protección y permitir que el doctor Ulf Ottosson hiciera el resto: inocular en su mente un ariete sensorial que embistió salvajemente contra la muralla construida en torno a su memoria previa, liberando en esa intrusión sus recuerdos anteriores a la sobrescritura.
Un solo momento fue suficiente para que el profesor Gaspard Xanthopoulos volviera a ser el de antaño.
Según parece, el beso que se dieron, sobrevolando la ciudad a gran altura, fue memorable.
Tras eso, antes de que la mente del Gax de la realidad imperante recuperara el control, permitió que su esposa lo incapacitara y condujera hasta nuestros laboratorios.
Dentro de nuestra esfera de bloqueo psíquico, el profesor podría mantener los recuerdos vivos de ambas realidades.
Una fusión entre el profesor Xanthopoulos y el suprAdalid Gax.
Si permanecía aquí el tiempo suficiente, su deformidad craneal se iría atenuando hasta desaparecer.
Sería de esperar que recuperara su aspecto normal y ese léxico suyo se fuera normalizando.
El resultado de permanecer refugiado en estas instalaciones sería una recuperación completa.
El triunfo del amor con redobles de tambor.
Precioso.
El matrimonio no tardó en recuperar parte del tiempo perdido. Habían encontrado una sala donde poder hacer cosas de humanos adultos y se encerraron ahí durante horas. Absolutamente inaceptable.
El doctor Lornias Vega y nuestro joven ayudante Sol Navar continuaban apresados por el Espolón.
Y mi hermano estaba muerto. Me alegraba que la doctora le estuviera dando algo de alegría a su ansiosa entrepierna, pero me habría gustado que nos centráramos en lo que para mí eran las prioridades de aquella disfuncional familia.
Un miembro perdido había vuelto a casa, sí, pero otro jamás regresaría y, en lo referente a los dos que faltaban, necesitábamos un nuevo plan de rescate.
Tras esperar un tiempo prudencial, decidí atravesar el portal dimensional y aparecer en las instalaciones del Himalaya conocidas como los viveros.
Allí, el doctor Ottosson se había instalado en uno de los despachos de los anteriores líderes de la organización (para entonces ya bastante limpios de sangre).
En cuanto me vio aparecer, me quitó la palabra de la boca
—Sé lo que estás pensando —aseguró.
—Usted no puede leer mi mente, doctor.
—No me hace falta. Quiere rescatar al doctor Vega y al chico. Y, quizá…, ¿vengarse?
Cerré la puerta a mis espaldas y me senté al otro lado de la mesa.
—La venganza es una empresa inútil y típicamente humana —afirmé—. No es tan satisfactoria cuando se ejecuta y no nos trae de vuelta a los seres queridos.
—Bien dicho.
—Además, ese hijo de la gran puta de Gilbert Grimaux no quería matar a Zephros, sino a Shuriken y puede que por una buena razón.
Ottosson me observó con curiosidad.
—Eres una maravilla de la ciencia —dijo, con razón—. Mejor que humano en todos los aspectos. ¡Cuánto podríamos aprender de ti!
—Ahora bien, si cuando vayamos a rescatar a Sol y al doctor Vega me cruzara accidentalmente con el superintendente del Espolón, le mataría sin reservas. Hola y adiós. Fin. Sin rencores y sin satisfacción.
—Pero lo harías.
—Sí.
Ottosson se levantó y, dando un rodeo a la mesa, me invitó a seguirle.
—Ahora me toca actuar a mí. Soy yo quien pone punto final a esta historia.
No tenía más remedio que confiar en él.