SuprAdalid 44. Mundo de locos
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44. Mundo de locos

Mundo de locos

Diario en audio de Gilbert Grimaux, superintendente del Espolón.

Tras las reformas de varias semanas para convertir la helinave Puño de Faraón en un barco destructor volador, empezamos poco a poco a derivar gran cantidad de agentes y operadores de vuelta a La Aguja.

A pesar de eso, yo me quedé allí, con el equipo indispensable y sintiéndome más autónomo de lo que me había sentido nunca.

La helinave podía abastecerse de combustible y otros equipamientos en pleno vuelo y no era necesario descender para nada. Además, podíamos anclarnos a uno de los muelles exteriores de La Aguja como lo haría un dirigible, por lo que el desembarco de efectivos se hacía rápidamente.

Al término de varios meses de relax político, el presidente Decurión fue tomando más y más países a golpe de quedadas populares con linternitas. Se apoderaba de esa parte del mundo que le tendía la mano y, a fuerza de puro miedo, de la otra parte también.

Pero su Supragobierno empieza a funcionar. Realmente lo hace.

Por eso, cuando mis agentes me informaron hoy del suceso ocurrido en Odeon, casi me costó creerlo. Podría tratarse de la última ofensiva seria llevada a cabo por un nuevo tipo de insurgencia.

No estoy en condiciones de recrearme en la narración. Puede que hoy haya sido el peor día que he vivido en mucho tiempo. Quizá el peor que recuerdo.

Todo empezó con aquellas malditas entrevistas del milenio, como algunos ya las denominaban, en las que Julek Diamandis, en teoría, se iba a desnudar ante el mundo.

En la última del ciclo acordado, la cosa se complicó y, según lo que me sugirieron mis informantes, Shuriken, que formaba parte del complot, infiltrado entre el grupo de periodistas, intentó atentar contra el presidente eurotano.

Para cuando recibí los informes, Sigmar ya había sacado la amenaza del edificio y estaba retándose con el ninja definitivo en el interior de un enorme aparcamiento, a dos kilómetros de allí.

Ordené que dirigieran el ojo de uno de los Pretor-11 para poder ver lo que ocurría mediante sus lentes de observación total, porque no quería que la opacidad de paredes y techos supusiera ningún problema.

Entonces, lo vi. Decurión se había sumado al combate, pero ese nipón enmascarado era el más escurridizo de los enemigos. Al final, acabó matando a quien no debía. Cuando esa espada atravesó desde atrás el cuerpo de la agente Kim, me atravesó a mí también.

—¡¡No!! —vociferé—. ¡No!

Todo el personal del puente de la helinave se me quedó mirando mientras contemplaba, de pie, en la enorme pantalla que se extendía sobre mí igual que un pequeño cine, el asesinato de mi agente.

Caí de rodillas al tiempo que ella. No me desplomé contra el suelo de igual modo porque yo aún seguía con vida, aunque deseé hacerlo.

—No, no, no, Ji-yoon, tú no.

No disponía de tiempo para eso.

Entonces, cambié el chip de inmediato, me levanté y empecé a dar órdenes.

Quería media docena de Skyzeniths listos para el combate en menos de cuatro minutos, quería armamento pesado y quería seguir el desarrollo de la pelea con los satélites.

Allá donde fuera, tenía que estar al corriente de lo que pasaba.

Para cuando me informaron de que la Cámara Celeste también estaba siendo atacada, di instrucciones para que otro Pretor-11 visualizara lo que ocurría. No ordenaría una intervención directa hasta que no fuera necesario, pero mis fuerzas debían estar dispuestas a entrar en acción.

Para cuando embarqué en uno de los Skyzeniths, mi corazón estaba roto.

Yo la había metido en todo aquello. Yo la había matado, en parte.

Siguiendo el progreso del enfrentamiento, Decurión y Shuriken estuvieron machacándose a lo largo de varios distritos.

Derribando el edificio del aparcamiento, haciendo estragos en dos edificios cercanos, generando un montón de destrozos en un punto de la autopista OW23 y elevando su duelo personal hasta las más grandes alturas de Odeon, hasta el Excelso, un edificio de oficinas con forma de efe mayúscula.

—¡Deprisa, hacia el Excelso! —ordené a los pilotos a través de los comunicadores internos—. ¡Hay que llegar antes de que se desplacen a otro lugar para seguir masacrándose!

Debo decir que los pilotos lo dieron todo por llegar a tiempo, sorteando rascacielos con formas orgánicas y puentes de tren y peatonales, como una bandada de halcones que pasaba de formación en cuña a hilera y se comportaba como un único ser.

—¡Señor superintendente! —El agente que reclamaba mi atención era Leo Barta, un fiel operador que llevaba conmigo desde siempre—. ¡Tiene que ver esto!

Me puso su tableta delante. Reproducía unas imágenes en alta definición del vicepresidente Gax y una mujer, embutidos ambos en sendos arneses blindados de alta tecnología, retrayendo sus yelmos hacia atrás como capuchas de placas y abrazándose con fuerza mientras se besaban apasionadamente.

—¿Qué demonios es esto? ¿Quién es esa mujer?

—No tenemos ni idea. Hemos comparado su imagen facial con la de millones de rostros en nuestros registros y no tenemos conocimiento de nadie con ese aspecto.

El caso es que nuestros agentes en la Cámara Celeste nos han informado de que, tras un tiempo dándose muy duro entre ellos, han terminado por derribar el edificio oficial.

—¿La Cámara Celeste ha caído?

—Sí, señor superintendente. Estas imágenes sucedieron hace ya varios minutos. Y ahora, bueno, no sé cómo decirlo…

—Dígalo de una vez, Barta. ¡¿Qué?!

—Gax se ha ido con esta mujer. Ha desaparecido.

—¿Qué significa que ha desaparecido? ¿Están forrándose a golpes y, de repente, se besan y se van?

—Hemos tratado de seguirlos hasta un punto geográfico concreto, pero, a partir de ahí…, hemos perdido el rastro. No hay visión.

—Eso es imposible.

—No, señor. El Pretor-11 ha perdido la pista. Gax y esa mujer… es como si se hubieran desvanecido de la realidad.

El mundo había pasado de volverse muy loco a quedarse muy tranquilo y, de improviso, regresaba la locura. Empezaba a estar ya muy harto de todo aquello.

—Archive las coordenadas donde desaparecieron, Barta —ordené—. Ya investigaremos qué pasa allí. Por el momento, centrémonos en esos dos chiflados superpoderosos.

Para cuando llegamos al Excelso, los seis Skyzeniths rodeaban el punto donde se estaba produciendo el enfrentamiento, en la esquina noroeste, con una formación de media luna.

Entonces obligué a mi piloto a que se internara en el edificio.

Al tratarse de plantas de techos altos, el acceso lateral mediante vuelo vertical podía controlarse con precisión por un piloto experimentado y yo sabía que ese tipo podría hacer eso por mí.

La visión que teníamos delante, a través de los cristales de la cabina, era clara e impactante.

Decurión y Shuriken luchaban entre docenas de habitáculos de oficina en llamas, amputados gravemente y sin darse cuartel.

Si les permitíamos seguir con aquello, se trocearían como embutido.

Shuriken se movía con sus brazos como lo haría un bicho sin alas.

Decurión volaba de aquí para allá, también sin piernas y con un solo brazo, lanzando rayos de plasma hacia todos los lados.

Advirtieron nuestra presencia durante unos instantes, pero, como no mediábamos en favor de ninguno, continuaron con lo suyo.

—¡Abra la rampa, piloto!

—¿Señor?

—¡Ahora!

Descendí hasta la moqueta de color verde y me acerqué con cautela hacia aquello que había visto clavado en el suelo, junto a dos piernas cercenadas con parte de un uniforme negro y púrpura.

Las piernas de Decurión y, junto a ellas, incrustada en el suelo hasta la mitad de la hoja, una nueva y supertecnológica espada.

Con ambas manos y haciendo palanca con mis pies, firmemente aposentados en el suelo, pude desclavarla.

Decurión continuaba sembrando un caos absoluto por todo el lugar.

El plasma de sus descargas incendiaba la materia que tocaba y la ponía al rojo blanco, antes de derretirla.

Aquello iluminaba los objetos alcanzados como si estuvieran ardiendo, pero, en cuanto se fundían, dejaban de emitir luz.

Como el edificio estaba vacío al no ser día laboral, las luces de emergencia y la del propio sol que entraba por las ventanas ofrecían un juego muy notable de luces y también sombras densas.

Un escenario ideal para Shuriken, quien, pudiendo haber huido del combate con proponérselo, seguía allí, buscando su oportunidad de ultimar del todo al presidente de la Federación.

En un momento determinado, Shuriken se sumergió en una sombra a ras de suelo y, mientras Decurión volaba hacia allí, el cuerpo sin piernas del ninja brotó como por ensalmo del falso techo y cayó sobre la espalda de su contrincante, tratando de clavarle varios puñales, cuyas puntas se rompieron en contacto con la piel.

Decurión aprovechó que le tenía enganchado para aferrarle del cuello con su brazo y estamparle contra el suelo, empleando una fuerza atroz.

Ese ataque debió dejar medio grogui al ninja, que ni siquiera hizo amago de esquivar un izquierdazo de Decurión.

La fuerza del impacto lo arrastró por el suelo, llevándose gran parte de la moqueta arrancada, sillas de oficina, papeleras y una fotocopiadora a su paso.

Incluso dejó un surco en línea recta en la base del suelo.

Aquello había dejado al escurridizo Zero muy cerca de nuestra posición.

—¡Shuriken! ¡Eh! —le grité, enseñándole la espada que tenía en mi mano—. ¡Toma! ¡Es tuya!

Él me miró, con el rostro destrozado, jirones de piel cayéndole de un lado y media cara reventada. ¿Era una calavera metálica lo que había allí debajo? ¿Era Shuriken un cíborg o algo parecido?

Le di la vuelta al arma, agarrándola con mis guantes por la hoja, permitiendo así que la empuñadura quedara por delante. Se la ofrecí.

—¡Es tuya! —insistí.

Él vino correteando con sus brazos como una especie de pollo negro del Infierno o algo igual de grotesco, en busca de su espada. Su única oportunidad contra Decurión.

Y, cuando estaba a punto de aferrar la empuñadura, giré el arma con ambas manos, asiendo la empuñadura al tiempo que dirigía la punta de la hoja hacia él. De una estocada feroz, le hundí la espada hasta la misma guarda en el bajo vientre. Lo atravesé por completo.

—Esto es por la agente Kim, hijo de la gran puta.

Después, tiré con fuerza hacia abajo, destripándolo por completo y liberando la hoja por su entrepierna, dejando así que cayera un montón de porquería grisácea y negruzca, manguitos y cables y otras cosas que no supe identificar.

La hoja impactó contra el suelo, la retiré y volví a clavarla en el pecho del ninja, al que había pillado desprevenido.

Y la dejé allí. Había acertado en el corazón.

Los ojos de Shuriken me contemplaron con sorpresa y luego se cerraron. Se apagó o murió, quién sabe, el caso es que estaba acabado.

Decurión lo vio. Pude detectar un ligero gesto de agradecimiento en su rostro. Quizá me lo imaginé, no lo sé. Tras eso, cruzó el edificio como una centella y le perdimos de vista. A pesar de sus gravísimas heridas, seguía siendo poderoso como una deidad olímpica.

Varios agentes del Espolón se atrevieron entonces a descender de la nave y preocuparse por mí. Yo me había entretenido decapitando al ninja muerto. Tiré la cabeza al primer agente que llegó, que la recogió con cara de desagrado.

—Lleven eso a los laboratorios. Quiero saber qué es. Por lo demás, salgamos de aquí.

Esa noche, mientras pretendía echar una cabezada en mi camarote de la helinave, tuve el sueño más extraño de toda mi vida.