43. Desencuentros #2
Pero Shuriken no había fallado. Se incorporó y observó la cavidad por la que Decurión había desaparecido.
Mientras en su mano derecha la espada fuertemente empuñada ya se estaba limpiando sola de la sangre que bañaba la hoja, en su mano izquierda sostenía por la muñeca el brazo derecho amputado de Decurión.
Finalmente, la Cámara Celeste también cedió y el edificio se derrumbó sobre sus cimientos.
Las dos figuras de aspecto cibernético ascendieron hacia el cielo en espiral, formando el dibujo de una broca de taladro.
La doctora Vega empezaba a temerse que moriría antes de explicar qué estaba haciendo allí o, en su defecto, se vería obligada a matar a su esposo.
—¡Tienes una tercera tetilla en el pecho izquierdo y un lunar del tamaño de un céntimo en la base de la columna!
—gritaba, sin parar de lanzar micromisiles desde unas toberas retráctiles en sus caderas y encajaba con entereza el lanzamiento de un arpón del antebrazo de Gax—.
¡Tu postura preferida para dormir es la posición fetal, pero te gusta cambiar de lado cada par de horas!
¡Aunque en verano te desparramas como una equis!
¡Y yo lo odio porque invades mi lado de la cama!
—Cuando se le acabaron las reservas de armamento explosivo y la munición de los dos minicañones multitubo de sus hombros, pasó a estrangular el cuello de su marido mientras él hacía lo propio—.
¡He montado toda esta mierda para volver contigo, maldito imbécil!
¡Me llevaría el mundo entero, esta realidad y a quien se me pusiera por delante!
¿Lo entiendes, Gaspard? ¿Lo puto entiendes?
Finalmente, la doctora Vega se olvidó de su tráquea y empezó a golpear el casco con las dos manos mientras Gax procuraba romperle el cuello.
—¡Te quiero, puto cabronazo! —le gritó, golpeándolo una y otra vez—. ¡Te quiero!
Bastó con que una sola rendija apareciera en el casco del vicepresidente para que la protección psíquica que éste le brindaba desapareciera.
Entonces, sin bloqueo mental que lo evitara, el doctor Ottosson, que había observado la pelea desde el principio, oculto en el Skyzenith, entró con su mente en tromba en la conciencia del profesor Xanthopoulos.
[Gaspard, escúcheme atentamente.]
Desde el edificio vecino, Decurión brotó por el techo como un dios enfurecido. Con un brazo menos. Nos miró (o miró a Shuriken) con la cólera de cien volcanes entrando en erupción al unísono y el odio de mil venganzas sin culminar.
Shuriken dejó caer la extremidad y, de un puntapié, la tiró a la calle. Con un gesto invitó al presidente a ir a por él.
Decurión embistió con todo su poder. Llegó hasta el ninja en una centésima de segundo, pero Shuriken ya no estaba allí, por mucho que la luz aún reflejara su presencia en el sitio que Decurión atravesó, como un espejismo.
Para cuando el presidente pasó de largo, volando como un cometa, empezando a efectuar una maniobra de giro para no tener que disminuir la velocidad de golpe, Shuriken le había cortado el pie derecho a la altura del tobillo.
Decurión se había alejado bastante, pero ya estaba otra vez de vuelta.
Cuando sintió el dolor en su extremidad, se quedó suspendido en el aire.
En su expresión podía verse claramente que no daba crédito.
Su cuerpo era indestructible. Nada podía atravesarlo, nada salvo el Nyxium del doctor Vega y sólo porque Ottosson inculcó en los quinientos mil durmientes la creencia de que ese acero suponía la única debilidad del suprAdalid Maximum.
Shuriken adoptó una pose de guardia con su espada. Él tampoco entendía por qué aquella arma, de la que no sabía nada, podía cortar limpiamente a Decurión, pero estaba dispuesto a trocearlo si era preciso.
El mutilado suprapresidente lanzó varias descargas de plasma a través de su mano, que Shuriken esquivó con varios saltos y volteretas.
Levantó tanto polvo del suelo de la azotea que la propia visión del suprAdalid en vuelo dejó de ser posible.
El ninja se trasladó hasta un grupo de sombras alrededor de la caseta de acceso a las escaleras del edificio y se volvió invisible.
Decurión aterrizó en mitad de la azotea. Su simple llegada, volando a toda velocidad y frenando justo antes de tocar el suelo, dispersó todo el polvo de alrededor.
Su brazo izquierdo se volvió incandescente, preparado para otro lanzamiento de energía, pero, en lugar de eso, el líder de Facción Zero se colocó la mano al rojo vivo sobre el muñón del brazo diestro, por debajo del deltoides.
Cauterizó la herida con sumo dolor. Después hizo lo mismo en el tobillo.
No necesitaba plantar el pie que le quedaba en la azotea, se mantuvo flotando a un palmo del suelo.
—¡Venga, vamos, Shuriken! ¡Llevas tiempo anhelando este momento! ¡Acaba lo que empezaste!
Yo podía sentir cómo el cuerpo de Zephros se aceleraba, los compuestos químicos que hacían las veces de adrenalina alcanzaban el máximo de excitación. No reprimiría un desafío como ése.
[No hagas el tonto, mantente a salvo y huye de aquí.]
Pero no me había escuchado antes y no me iba a escuchar entonces. Todo lo contrario: se tiró a por él como un niño de nueve años. Incluso emitió un grito banzai de lo más desgarrador mientras cargaba con la espada Nyxium sobre su cabeza.
Decurión utilizó su supervelocidad para arrojarse sobre su entrepierna, meter la cabeza por debajo de sus nalgas y, con su único brazo, agarrarle una pierna.
Tras girar el cuerpo completo del ninja por encima de su cabeza, lo envió lejos, con fuerza, sin soltar la extremidad, lo que sirvió para que el cuerpo de Shuriken fuera lanzado como una bala hacia arriba, quedándose Decurión con la pierna arrancada de cuajo bajo su axila.
Imagino que, al ver el corte, con cables echando chispas y manguitos vertiendo un líquido negro, amén de los músculos y cartílagos de material plástico endurecido, el presidente eurotano alucinaría con la naturaleza no humana de su excompañero.
Algunos segundos después de aquello, Shuriken rompió desde abajo una de las autopistas flotantes que surcaban los canales de rascacielos a ciento cincuenta metros de altura.
El choque contra la autopista frenó su vuelo y acabó cayendo a cierta distancia del agujero abierto en el carril central.
Al hacerlo, un camión le pasó por encima y los ocho ejes rodaron sobre él, destrozándole parte del atuendo y una cantidad de carne considerable.
El ninja misterioso manifestaba así claramente su condición androide.
Un SUV le golpeó de frente mientras intentaba ponerse en pie sobre la única pierna, lo que provocó serios daños en el vehículo y lanzó despedido a Shuriken varios metros más allá.
A partir de ahí, muchos coches trataron de frenar y otros evitaban el accidente desplazándose a los carriles más alejados del centro. Por fortuna, ninguno cayó al vacío.
Shuriken ya estaba en pie, sosteniéndose mediante saltitos ridículos, cuando Decurión llegó volando y, de una pasada casi a ras de suelo, le enganchó de la pierna y se lo llevó de allí también volando.
El ninja aprovechó que lo tenía cerca para clavarle la espada, con las dos manos, en la base de la columna, atravesándolo de parte a parte.
Decurión se dirigió hasta un rascacielos cercano con gárgolas de tamaño humano sobresaliendo de sus esquinas y, enarbolando al androide como si fuera una bandera, golpeó con él a uno de los demonios de piedra.
Una y otra vez, pues se dedicó a hacer molinetes en torno a sí mismo, suspendido en el aire como una peonza humana.
Shuriken desgastó gran parte de la figura mitológica pétrea con su cuerpo antes de que su extremidad cediera.
El presidente se quedó con la otra pierna bajo el brazo mientras el resto de Shuriken era catapultado hasta la fachada del edificio y rompía brutalmente una enorme cristalera.
Su cuerpo mutilado accedió así a una planta de oficinas, vacía de trabajadores por azares del destino.
Sin piernas, Shuriken trató de arrastrarse hasta una sombra cercana, pero Decurión lanzó una descarga de plasma desde la ventana rota y, tras incendiar una hilera de muebles, iluminó todo el lugar.
Se abalanzó con demasiada rabia contra el ninja, pero éste ya estaba preparado y lo recibió con un mandoble diagonal, que le cortó el pie restante mientras se apartaba como podía.
Decurión cayó de bruces contra el suelo y se llevó por delante un par de escritorios, con sus archivadores anexos y sus sillas con ruedas.
Shuriken se apoyó sobre una mano en el suelo y tomó impulso desde ahí, convirtiendo su brazo libre en un resorte, que le envió contra el Maximum con la agilidad de una ardilla voladora.
Y, desde el aire, Shuriken le propinó otro tajo a la altura de las rodillas, cortándole las dos piernas antes de volver él mismo al suelo y girar sin control en torno a sí mismo.
Cuando trató de incorporarse, ya no tenía la espada en las manos. Se había quedado clavada en el suelo en el momento de amputarle las dos extremidades a Decurión.
El jefe de Facción Zero, con un único brazo, todavía podía volar y, desde la punta de sus dedos, lanzó una descarga de plasma tras otra contra el ninja, obligando a Shuriken a usar los brazos para correr, como una especie de insecto extraño.
Estuvieron así unos minutos. Shuriken se refugiaba en alguna sombra minúscula y brotaba de otra, intentando bien golpear a su enemigo, bien recuperar su espada.
Pero, en vuelo, Decurión era difícil de alcanzar por un contrincante sin piernas, así que continuó bombardeando el lugar con sus rayos de pura energía, aunque sin suerte.
Hasta que llegaron los Skyzenith del Espolón, al menos media docena. Gracias a su gran capacidad de maniobra, contemplaron la escena desde los ventanales del edificio. Incluso uno se atrevió a entrar, rompiendo los cristales y maniobrando con cuidado.
La pregunta era la siguiente: ¿de parte de quién se pondrían?