43. Desencuentros
Desencuentros
Gran parte de lo que ocurrió en la Cámara Celeste me lo contó la propia doctora Vega.
Irrumpió allí con una de las armaduras de intervención relámpago, que, además de ser perfectas para aguantar un día entero sin que la corriente psíquica afectase a la mente gracias a su batería antipsi, resultaban idóneas para el combate.
Después de aterrizar en el helipuerto a bordo del Skyzenith, aportando una contraseña falsa que el doctor Ottosson había conseguido a través de un sondeo mental del personal de seguridad, desembarcó como si de una suprAdalid se tratara.
Por supuesto, los agentes de la Unidad de Defensa Ejecutiva trataron de detenerla.
Sin embargo, para un humano no existe nada comparable a la sensación de invulnerabilidad total.
Y, como no podía ser de otra forma, la doctora Vega, con toda su frustración, su rabia y la culminación de su gran plan al alcance de la mano, organizó un follón de cuidado.
Llevaba un rifle de pulsos energéticos que podía no sólo inutilizar la circuitería en cien metros a la redonda, sino también disparar lanzas de energía de atomización comprimida que golpeaban el objetivo con una punta de solidez extrema a la velocidad de la luz.
Nadie resistía aquello. Iba estampando gente contra las paredes o despidiéndola a metros de distancia.
Y, a gatillazo limpio, avanzó, abriendo fuego contra los tipos con corbata y gafas de sol como quien abate latas de refresco colocadas sobre un barril, rompiendo puertas y accediendo a la sala oficial conocida mundialmente como el Despacho (que muchos definen como la verdadera Cámara Celeste, aunque ese nombre es para el edificio en sí), mientras docenas de balas rebotaban en su armadura futurista.
Cuando el vicepresidente salió a ver qué ocurría, protegido por su propio exoesqueleto, que incluía un yelmo y un campo de energía recubriendo todo su cuerpo como una película violácea, se quedó de piedra al comprobar que la tecnología que utilizaba aquella intrusa hostil era, en efecto, la suya.
—¡Dejadme asumir esta tarea a mí! —Su voz sonó a través de los altavoces integrados.
Todo el mundo corrió a ponerse a salvo, incluyendo los agentes armados, que buscaron coberturas cercanas.
La doctora Vega y el suprAdalid Gax se miraron un buen rato.
—Esclarezca, señora, el origen de esa tecnología y el medio por el cual llegó a su posesión.
—La diseñaste tú para mí, Gaspard.
Él se llevó un dedo a la barbilla, pero no se la tocó porque el casco transparente impedía el contacto.
—Especifique datos.
—Soy Christelle Vega. —Se clavó un pulgar en el pectoral blindado—. Tu esposa, tontorrón.
—Tal información no figura en mis registros. Y debo señalar que el adjetivo empleado es conceptualmente impreciso. Sométase a la aprehensión voluntariamente y ejecutaré una medida de detención cautelar conforme al protocolo.
Ella armó el fusil de nuevo y le apuntó a la cabeza.
—Demonios, yo lo he intentado por las buenas —dijo la doctora, antes de apretar el gatillo.
Al mismo tiempo, en un aparcamiento de varias plantas y de diseño circular, con Sigmar muerta en el suelo sobre un charco de su propia sangre, yo, espectador aprisionado, pude ver a Decurión corriendo hacia el cadáver y maldiciendo por lo bajo.
Shuriken se quedó allí, mirando cómo la sangre de la chica se desprendía de la hoja de la espada, sin dejar una sola huella, ni una gota adherida, y mojaba el suelo.
No era un material corriente. Se trataba del Nyxium creado por el doctor Vega.
Una aleación extraña. En segundos, la hoja quedó limpia.
Decurión recogió el cuerpo y comprobó que ya era demasiado tarde. No habían podido ni decirse unas últimas palabras. Lanzó una mirada furibunda al que había sido el Zero más veterano del grupo.
—¿Qué has hecho? —preguntó, con una lágrima recorriéndole la máscara—. ¡¿QUÉ HAS HECHO?! —bramó, con los dientes apretados.
Shuriken estaba a la defensiva, incapaz de asimilar la situación.
Su último recuerdo tenía que ver con un combate en el piso del doctor Ottosson, nada menos que conmigo y mi cuerpo de metal.
Tras la formulación de palabras clave que sirvió para recuperar la mente desplazada de Zephros, la entidad conocida como Shuriken no había vuelto a hacer acto de aparición en aquella realidad.
Y, de golpe, se había visto trasladado al momento presente, donde Sigmar le estaba golpeando con todas sus fuerzas, sin una explicación. Su reacción podía ser comprensible.
Pero Shuriken nunca meditaba más de la cuenta. No le daría muchas vueltas al hecho de que, para él, la noche se había convertido en día y el piso de uno de sus informantes, en un gran aparcamiento.
—Intentaba matarme —se limitó a decir.
Decurión se incorporó y sus manos empezaron a refulgir con un brillo cegador. Sus ojos chisporroteaban.
Y entonces le lanzó a Shuriken una descarga doble de plasma.
En la Cámara Celeste, dos cónyuges armados con tecnología de última generación se golpeaban con todo.
Cuando no se lanzaban una descarga de atomización comprimida, un haz láser laminaba limpiamente todo lo que tocaba.
Gracias a los motores de propulsión de sus botas, pudieron esquivarse mutuamente durante minutos, al tiempo que destrozaban fachadas enteras del edificio, como pedazos de kebab, derrumbando a su vez importantes secciones del techo sobre las plantas inferiores.
Fueron rompiendo suelos y llevando su combate de una planta hasta la siguiente, golpeándose con brutalidad hasta llegar al helipuerto y, desde allí, tras engancharse el uno al otro en una presa mortal, cayeron en picado con toda la potencia de sus botas propulsoras, practicando un agujero sobre esos pisos que antes habían recorrido en ascenso.
Tras muchas idas y venidas del matrimonio tecnificado por el interior del edificio, siguiendo una trayectoria semejante al garabato de un niño pequeño, la Cámara Celeste se veía en la distancia como una suerte de queso azul.
Mientras, láseres y otros rayos lumínicos, explosiones en cadena y objetos pesados arrojados con fuerza seguían haciendo estragos en la estructura.
Y, al tiempo que peleaban como dos paladines revestidos de titanio y umbraferro, discutían como una pareja típica.
—¡Nunca escuchas otra voz que no sea la tuya!
—¡Lamento informarle de que no poseo correlato cognitivo alguno acerca de la referencia que acaba de efectuar!
Más rayos, descargas y golpazos. Y más destrozos.
—¡Soy tu mujer, gilipollas!
—¡Reitero enfáticamente mi total desconocimiento respecto a la aseveración que usted, zorra, continúa formulando!
Siguieron machacándose sin cesar, con una multitud alrededor que trataba de salvar la vida alcanzando una salida como fuera.
Shuriken sorteó la descarga de plasma por muy poco, con lo que la energía impactó sobre un lateral del aparcamiento y expulsó numerosos coches hacia la calle contigua.
El ninja aprovechó la esquiva para rodear al jefe de Facción Zero con una maniobra de media luna efectuada a velocidad imposible y, cuando estaba a punto de atravesarlo con su espada, Decurión giró sobre sí mismo y le golpeó con el puño en el omoplato, arrojándolo contra varios vehículos aparcados y apelotonándolos contra una pared.
Antes de que el ninja pudiera desincrustarse del Ford que se había convertido en un amasijo de chatarra, Decurión ya estaba allí otra vez para pegarle otro puñetazo de potencia inaudita.
La fuerza del impacto no fue resistida por el entorno y toda la planta donde se ubicaban cayó sobre la de abajo y, por efecto del peso, se derrumbaron una sobre otra hasta ocasionar un colapso completo de todo el aparcamiento, que se desarmó como un castillo de naipes.
Yo podía sentir los daños internos de Shuriken-Zephros como míos.
Varios sistemas digitales habían caído mientras otros intentaban conectarse entre sí, incluyendo el psicomotriz y el electroneural.
Finalmente, con el porcentaje de energía restante pudo efectuarse un rápido reseteo de todos los sistemas y permitir que Shuriken siguiera estando operativo, si bien a no más del setenta por ciento.
Yo no tenía nada contra Decurión, pero este cuerpo era el de mi hermano y, aunque en cierta forma despreciaba al ente Shuriken, no podía permitir que el presidente de Eurotania destrozara esta carcasa física. Decidí, por tanto, ayudar al ninja en la medida de lo posible.
[Has de usar la espada.] [Es tu única oportunidad.]
Shuriken surgió a través de las sombras que se extendían por un callejón cercano. Había una nube de polvo de cientos de metros extendiéndose por todo el barrio y podía verse de cuando en cuando una sombra negra sobrevolando los alrededores. Decurión buscando a su contrincante.
Shuriken activó un gancho de un dispositivo de su muñeca, que, tras salir despedido y clavarse en una cornisa del último piso, permitió que el cable tirara del cuerpo a una velocidad suicida.
El ninja alcanzó la azotea y pudo contemplar cómo el polvo del edificio derrumbado cubría las calles y avenidas cercanas, como las nubes sobre los rascacielos más altos en días de niebla.
Entonces escuchamos el estruendo de un objeto al romper la velocidad del sonido y, antes de que Shuriken pudiera llegar a enfocar siquiera el torpedo humano que se le venía encima, sus brazos actuaron instintivamente, ejecutando una oportuna presa y una estocada vertical de arriba abajo.
Un crujido vino a decirme que había cortado algo.
A pesar de ello, el ninja fue arrojado al otro lado de la azotea.
Tras eso, Decurión se estampó contra otro edificio cercano y desapareció en el boquete resultante. Todo iba tan deprisa que mi mente empezó a calcular lo que había ocurrido. Decurión había descubierto en la azotea a Shuriken y había volado hacia él a una velocidad delirante, fallando por muy poco.