42 . Encuentros #4
—Mi hermano recuperará este cuerpo y se irá a vivir a la burbuja, por llamarla así, junto a la dichosa familia de científicos.
No volverán a dar problemas. Te lo garantizo, porque me interesa que no los den.
En cuanto a mí, volveré a mi cuerpo metálico y…
, en fin, podríamos trabajar juntos. Planazo, ¿que no?
Él ladeó la cabeza como un perro extrañado. Una sonrisa mordaz acudió a su rostro.
—Te juro que nunca esperé oír a Shuriken hablar así.
—En realidad, no soy Shuriken del todo. Y, por otra parte, yo hablaba mejor hasta no hace mucho. Puede que estar en contacto con los seres humanos me esté afectando al léxico y a la… personalidad.
Decurión asentía mientras repasaba en su cabeza los términos del acuerdo.
—¿Cómo podría fiarme de ti? —preguntó.
—¿Cómo podría yo fiarme de ti?
Él sonrió.
—Ojalá pudieras leerme la mente.
—Debe de ser muy cómodo eso de ir por ahí leyéndole el pensamiento a todo el mundo, instalando aquí y allá ideas y controlando lo que es y lo que deja de ser.
Él se mostró apesadumbrado. Parecía realmente triste.
—No sabía que era telépata hasta hace poco, con la muerte de mi hermana. A partir de ahí, he ido perfeccionando esta habilidad. Supongo que he tenido que romperme un poco para manifestar ese superpoder.
Después se ajustó los guantes y me ofreció una mano abierta. Me quedé ahí un rato, sopesando lo que significaba aceptar ese apretón de manos. Lo que implicaría a corto y a largo plazo.
Estaba a punto de estrechársela cuando la imagen de una mujer enlutada, con un traje prieto y pseudociberpunk apareció al otro lado del cristal de la sala de control del estudio.
Antes incluso de que la identificara como Sigmar, atravesó la pantalla y se arrojó sobre mí con el ímpetu de un misil, agarrándome como un jugador de fútbol americano que interceptara a otro y acelerando su vuelo, haciéndome atravesar la pared que tenía a mi espalda y luego otra pared y otra pared y otra y, tras practicar un túnel a lo largo de media planta, me sacó al exterior.
Después de un vuelo febrilmente veloz hacia abajo, me empotró contra el asfalto de una plaza pública, donde la onda expansiva de nuestro tremendo impacto arrojó a los transeúntes contra escaparates y contra coches aparcados, entre otros destrozos.
Cientos de cristales se rompieron a nuestro alrededor.
¿Por qué me había atacado así? Supuse que en cuanto Decurión descubrió nuestro plan y Sol Navar salió corriendo como un loco por La Aguja, alertó a todo el mundo que se encontró por el camino.
Sigmar debió de acercarse a ver qué pasaba en el estudio de grabación.
Por supuesto, me encontró a mí (o encontró al temible ninja de quien nadie se fiaba), con la espada presta y en pose ofensiva, y la agente del Espolón infiltrada asumió rápidamente que estaba a punto de atacar a uno de sus dos insignes jefes.
Daba igual, ahora tenía una suprAdalid cabreada a punto de hacerme trizas.
Salí del cráter intentando explicarle la situación cuando me lanzó un puñetazo devastador en pleno rostro, que no vi venir.
Me hizo dar vueltas como una de mis estrellas arrojadizas mientras salía despedido en dirección a un edificio próximo, donde practiqué una abertura a través de la pared y quedé incrustado contra un pilar de carga en el interior del inmueble.
Y, con ese golpe, algo debió de romperse o desconectarse en las sinapsis biomecánicas de Zephros porque, cuando me quise dar cuenta, mis órdenes mentales ya no se transmitían al cuerpo de mi hermano.
En lugar de eso…, el sistema operativo original se reinstaló en aquel cerebro y Zephros recobró el control de su organismo.
Sólo que el cerebro de mi hermano, al entrar de nuevo en contacto con la realidad exterior, se transformó automáticamente en Shuriken.
Un Shuriken que no comprendería su situación actual, no recordaría cómo había llegado hasta allí y sólo interpretaría lo evidente: que su nueva compañera, Sigmar, lo estaba reventando a golpes.
Shuriken se quitó los cascotes de encima y trató de ponerse de pie mientras echaba un vistazo a su alrededor.
Estaba en el interior de un aparcamiento, bastante transitado a esa hora, con vehículos moviéndose por las diferentes plantas y otros muchos aparcados, protestando por los daños ocasionados con sus ensordecedoras alarmas.
Pude observar a través de los ojos de mi hermano cómo, del agujero por el que había entrado a la fuerza, una cosa negra y azul venía hacia nosotros a toda velocidad.
[Escúchame bien, Shuriken, mi nombre es Andros.]
En eso me había convertido, en una simple voz en lo más profundo de la mente de Shuriken. Sabía que podía escucharme y que me costaría hacerle comprender las circunstancias que nos habían llevado hasta allí.
[Es todo un malentendido, debes hablar con ella.]
Sigmar llegaba a toda velocidad preparando la descarga de un golpe devastador.
Shuriken le lanzó un puñado de tetsubishi a los ojos, a sabiendas de que los diminutos objetos puntiagudos y cortantes no le provocarían un gran daño, pero al menos le harían cerrar los ojos un instante, que era lo único que él necesitaba para girar sobre el suelo e introducirse de lleno en la sombra que proyectaba una furgoneta estacionada.
Yo intentaba por todos los medios recuperar el control, piratear el cerebro de Zephros para acabar con aquello. El diálogo se impondría. Hablando se entendía la gente. Debía conseguirlo.
Fue entonces cuando apareció Decurión, practicando un segundo boquete en la fachada del aparcamiento circular. Cabía entender que había seguido el curso de acción desde su origen. Llegaba apaciguador, con las manos extendidas.
—¡Espera, Sigmar! —ordenó el jefe de Facción Zero—. ¡Algo está pasando y no somos capaces de entenderlo!
Entonces, Shuriken surgió de la sombra de una columna situada a espaldas de Sigmar y utilizó su espada.
[¡¡¡No!!!]
Y, desde atrás, empaló a Sigmar.
—¡¡¡No!!! —se desgañitó Decurión.
Ella debió de contemplar la espada que brotaba de su pecho izquierdo con asombro, y su corazón atravesado brindándole los últimos latidos de vida.
Shuriken asomó el rostro por encima del hombro de ella.
—Siempre manipulando a todo el mundo, ¿eh, Decurión? Usas tus peones.
Shuriken no entendía nada.
[¡Maldito idiota!] [¿Qué has hecho?]
Si Shuriken me escuchaba, sabía cómo ignorarme. Desconocía qué línea de pensamiento atravesaba aquel cerebro embotado.
El ninja definitivo retiró la espada de un tirón. El cuerpo flácido y sin energía vital de Sigmar cayó de rodillas, sus ojos se pusieron en blanco y, acto seguido, su rostro se estrelló contra el suelo.
Los estertores de Kim Ji-yoon no duraron mucho. Su cuerpo quedó inerte y su mirada, perdida.