42 . Encuentros #3
Para cuando llegó la fecha de la primera entrevista, como los protocolos solían llevar su tiempo, Lornias Vega había alcanzado el aspecto de un muchacho de diecinueve años.
Psíquicamente habíamos implantado en la población mundial un aspecto del personaje más o menos parecido, si bien el buen doctor había envejecido de otra forma y en persona resultaba ser un poco menos guapo, por alguna razón que no comprendimos.
Las entrevistas en La Aguja se harían en un estudio insonorizado idóneo para tal fin.
Tanto al generador de contenido como a su técnico de confianza se les otorgaría transporte privado en Skyzenith y unas acreditaciones que les permitirían moverse con libertad dentro de unos límites muy específicos de la planta trigésima del edificio.
Para entonces, las reparaciones de la base de Facción Zero y centro de operaciones del Espolón estarían terminadas y el edificio ofrecería garantías de que mantendría tanto la estructura como la verticalidad (aunque se habían extendido rumores acerca de la posibilidad de hundir el rascacielos en el suelo y convertirlo en la construcción subterránea más gigantesca del planeta).
Establecimos una contraseña de emergencia para que, en caso de ser descubiertos o de que sus vidas corrieran peligro, yo actuara de inmediato. Con los poderes de Shuriken siempre podría estar cerca de ellos, colándome en el mismo transporte oculto entre las sombras, por si acaso.
La doctora, por otra parte, permanecería en nuestras instalaciones, con nuestro Skyzenith adquirido furtivamente listo para ser pilotado en cuanto el paradero de su marido fuera revelado.
Ella se equiparía con una de las armaduras antipsi que, aparte de suministrarle un excelente blindaje, impediría que su mente fuera asimilada por la realidad exterior.
Y, de este modo, comenzaron las entrevistas a Julek Diamandis.
Durante la cuarta y última entrevista, tras varios intentos infructuosos (aunque muy bien disimulados por parte del doctor Vega) de averiguar la ubicación de Gax, por fin ocurrió. El problema fue que no del modo que habíamos previsto.
Mientras yo me encontraba sumergido en la oscuridad de un rincón del estudio donde se efectuaba la entrevista, con Sol Navar muy atento a lo que se decía en el interior de la pecera y haciendo como que controlaba las dos mesas de mezclas y el ordenador donde se estaba registrando la conversación, el presidente nos la jugó.
—Déjeme que mire la hora un momento —dijo Decurión, en un instante de la entrevista ya próximo al final—, si no le importa. Será sólo un momento. Un momentito de nada. Está a punto de pasar. Y… ya. Ya está. Puede mirarme a los ojos, señor Labianca.
—¿Mirarle a los ojos? —dijo el doctor Vega, metido en su papel del joven podcaster .
—Así, muy bien. Sentirá una ligera migraña. Es normal. Aún no soy tan bueno con estas cosas. A ver. Vaya, vaya, vaya. Ahora lo entiendo. Claro.
Y, entonces, tanto Zephros como yo nos percatamos al mismo tiempo.
[¡No, no puede ser!] [Hijo de puta, le está leyendo la mente.] [Decurión es un telépata.]
Zephros lo expresó mentalmente con toda su humanidad; yo lo medité en silencio.
Todo tenía sentido. Habiendo prestado atención a sus declaraciones, la explicación no podía ser otra. Julek Diamandis iba a ser un Prelado.
Debía de haber más de doce potenciales telépatas en todo el mundo, pero sólo doce eran los que desarrollaban su poder con plenitud de facultades, supuse que por la mediación de un control sideral que tuviera que ver con el Vínculo Akáshico .
Al ir muriendo los demás Prelados, el propio Diamandis habría visto crecer su potencial.
Cuando él contó que, antes de morir su padre, Estela de Molay permitió que su pensamiento se alojara en la mente de la víctima, aquel «púdrete tú en el Infierno» en realidad no salió de ella, sino de él mismo.
El modo en que había convencido de forma gradual a todas las personas de su entorno, embelesándolas con sus planes a futuro y poniéndolas de su parte, tanto a la novata Sigmar como incluso al propio Gilbert Grimaux, había sido un tipo de influencia telepática en un estadio que el propio Decurión no controlaba conscientemente.
Maldita sea, incluso empleaba una Voz de Mando con su hermana desde que eran críos y aquello no era otra cosa que una orden mental.
Poco a poco, él debió de tomar conciencia de su poder, tal vez el único del que disponía al nacer.
El resto de las manipulaciones podría haberse realizado de un modo profundamente inconsciente.
Existía la remota posibilidad de que Diamandis hubiese sido el Prelado más inteligente de todos, aquél que engañó a todos los demás, o que, por una causalidad abracadabrante, Estela de Molay recurriera precisamente al único suprAdalid telépata del mundo. Podría ser.
Quizá el mundo estuviera plagado de putos telépatas y sólo a una docena se les permitía alcanzar el esplendor máximo de sus habilidades y gobernar sobre el resto.
Supongo que, desde el primer momento, Decurión desconfió de los llamados Labianca y Cortés, pues si ya al inicio de estas entrevistas él era casi un Prelado a todos los efectos, debió escamarle no poder entrar en las mentes de dos jóvenes que generaban contenido en internet.
Que hubiera permitido las entrevistas hasta este punto entraba dentro de algún plan retorcido que, en las circunstancias actuales, exigía pasar al siguiente nivel.
La pantomima terminaba. Nos había hecho creer que todavía estábamos en tiempo de bloqueo psíquico gracias a las prendas especiales que mantenían la realidad exterior a raya, cuando ya no era así.
Decurión era, empleando la jerga de los yonquis de los videojuegos, un personaje rotísimo.
Al menos, el presidente nos había facilitado la información que andábamos buscando.
—Ahora ya sé quién es quién —dijo Diamandis—. Por cierto, Gax está en la Cámara Celeste justo ahora mismo. Es ahí donde está. Ahora, por fin, ustedes ya lo saben.
[¿No has calculado la maldita hora ni una vez?]
Me increpó mi hermano artificial desde el fondo de nuestro cerebro compartido.
[No me vengas con puñetas, podrías haberte dado cuenta tú.]
Pensé yo, no sin razón. Los dos la teníamos y, también, formábamos una buena pareja de idiotas metidos en un cuerpo artificial oculto tras una sombra.
[Vale, haz algo.]
Pensó Zephros.
[¿Y qué demonios quieres que haga?]
[Hazlo ya o tomaré yo el control.]
[Si lo haces, perderás tu identidad y Shuriken no tendrá ni idea de qué demonios está pasando a su alrededor.]
[Pues haz algo.]
Más allá de la pecera, Sol Navar salió corriendo por un pasillo, a saber en qué dirección o con qué objeto.
Nos habían pillado. La Aguja era el lugar más seguro del mundo; en teoría, Sol no atravesaría ni dos pasillos antes de que algún agente del Espolón le detuviera, si no lo hacía un jodido suprAdalid.
El doctor Lornias Vega se quitó los auriculares y se levantó de la mesa.
—¡Espere un momento! —rogó.
—Todo el que quiera, mi joven amigo —dijo con parsimonia el presidente, abriéndose la camisa blanca y permitiendo ver que debajo de la ropa de calle llevaba el nuevo uniforme negro y púrpura de Decurión—. Vamos a quedarnos aquí todo el tiempo que haga falta…, doctor Lornias Vega.
Con su sondeo de la mente de Vega, Decurión podría haber averiguado todo sobre el Proyecto Caribdis, quiénes éramos, la localización de nuestros laboratorios, nuestro plan de rescate/secuestro de su vicepresidente y… también de mí, de nosotros…, Shuriken.
—Estás aquí, ¿verdad? —dijo Decurión mientras se colocaba la máscara sobre la cabeza—. ¡Usted no irá a ninguna parte! —rugió, cuando Lornias Vega se precipitaba hacia la puerta de salida del estudio—. Vuelva a sentarse donde estaba. Y tú, Shuriken, sal para que pueda verte.
Sin duda se refería a nosotros. O a la idea que él tenía, que todo el mundo tenía, de Shuriken. El ninja definitivo. El adversario inevitable.
[Tenía que pasar.] [Habría sido sorprendente que nunca llegara a ocurrir.]
Zephros tenía razón. Íbamos a medirnos cara a cara con Decurión. Ahí es nada.
Yo tenía el control. Iba a ser yo quien lo hiciera.
Surgí de las sombras como quien sale del agua de una playa en dirección a su sombrilla. Decurión me miró de arriba abajo.
—Lo vuestro ha sido una hazaña —dijo—. Lleváis años anclados en la anterior realidad.
—Ya ves —respondí, con la voz grave y profunda de ese personaje casi de ficción conocido como Shuriken.
Me enseñó las manos y hundió la cabeza entre los hombros.
—¿En serio esto es necesario?
—No lo sé, dímelo tú.
—No puedo permitir que os carguéis esta realidad.
Yo imité su ademán y desenfundé la nueva espada. Ideada y forjada para este momento, nuestro as en la manga.
—Yo no quiero eso. —Empuñé el arma con ambas manos, dirigiendo la punta de la hoja hacia el centro de su masa—. Pero si no dejas que el doctor Vega se marche, pasarán cosas malas. Y hablo muy en serio.
Él apartó de un manotazo y sin esfuerzo la gran mesa donde se alojaban los micrófonos, las botellas de agua y un montón de papeles.
Al golpear la pared, provocó un estruendo tremendo, que asustó mucho al falso podcaster , acurrucado en el suelo muy cerca de la puerta.
El estudio de grabación había quedado despejado para el duelo, pero, si se producía, aquel espacio no iba a ser suficiente.
—Supongamos que accedo a dejaros marchar —comentó él, dando un paso lateral con mucha serenidad—, que os dejo vivir en esa burbuja vuestra, al margen de esta realidad, incluso que os llevéis a Gax…, ¿qué pasará luego?
Asumiendo que él ya había leído el pensamiento de Lornias Vega, no hacía falta explicarle las cosas. Lo entendería todo a la perfección. Si Vega lo sabía, ahora Decurión lo sabía.