SuprAdalid 42 . Encuentros #2
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42 . Encuentros #2

La realidad del mundo exterior podía ser cruel.

Si la gente creía que un suprahumano podía ser monstruoso de algún modo, la realidad sobrescrita le suministraría escamas, cola, aletas o lo que fuera.

En el caso del marido de la doctora Vega, el aspecto normal del hombre que fue se había visto modificado (más específicamente, su forma craneal) para que se adecuara a la mitología de la que ahora formaba parte. El lore .

—El profesor Gaspard Xanthopoulos era un hombre brillante, eso no lo pone en duda nadie.

Al integrarse en esa realidad llena de suprahumanos, él mismo se ha convertido en uno de ellos.

Su trasfondo multiplicó su capacidad neuronal hasta sacarla de las escalas.

Su aspecto físico mutó, por eso no lo habíamos reconocido hasta ahora.

—¿Quién es?

Si aún no lo había deducido, cuando personas mucho menos listas que ella ya habrían alcanzado la conclusión obvia, era porque su cabeza no estaba todo lo centrada que debería.

—Es Gax, el vicepresidente de la Federación.

Gax. El hiperinteligente Gax. Gaspard Xanthopoulos había convertido su nombre de pila y apellido en una especie de acrónimo y se había conformado con ello. Nada de Decurión, Predadora, Eón ni ningún otro alias típicamente heroico.

Yo podría haberlo deducido, así que me maldije por no haber caído antes en ese juego de palabras. Al menos, la mente telépata de Ottosson había dado con él.

—¿El cabeza de seta? —El padre seguía teniendo el mismo tacto con apariencia de preadolescente que de bebé infernal.

—Está tan integrado en el tejido de la realidad —aclaré, para que todo el mundo digiriera mejor una idea que ya estaban sopesando— que no sólo su aspecto ha variado para transformarse en lo que la mente colmena de la Humanidad piensa que debería ser, sino que la personalidad que ahora prevalece podría resistirse a nuestro… rescate, por decirlo así.

La doctora se sonó la nariz con un clínex y adoptó un tono de voz neutro.

—¿Recordará algo? ¿Me recordará a mí?

—No. Quiero decir, lo dudo mucho, doctora.

—Si me ve, quizá algún cambio se opere en su interior, podría encenderse una chispa o algo.

—Doctora Vega…

—Sí, Andros, sé lo que vas a decirme. No me haré ilusiones.

—Podemos recuperarlo —insistí—. Ahora bien, los prevengo.

—Adopté una pose en guardia, el típico lenguaje corporal de un exterminador de titanio que puede ultimar a cualquier organismo mamífero que se le ponga por delante con facilidad pasmosa—.

El plan es recuperar al profesor Xanthopoulos.

Usted tendrá esa parcela de su vida, doctora Vega, y mi hermano y yo tendremos —dije mirando hacia una mesa cercana y señalé el globo mapamundi que allí había— todo eso.

Cada miembro del Proyecto Caribdis teníamos un sueño, ahora sabemos que sólo podrá cumplirse en parte. Habrá que conformarse.

Christelle Vega se metió las manos en los bolsillos de su bata blanca.

—¿Tú tenías un sueño, Andros? ¿Desde cuándo?

Me habría gustado expresar mi tristeza ante su falta de comprensión. En lugar de eso permanecí impasible, como era costumbre en mí.

—Al parecer, desde siempre. Estaba viviendo mi sueño de ser.

Existir. Ahora no quiero despertarme. Este mundo puede ser peor que el que dejamos atrás, pero también mucho mejor.

Todos tenemos la oportunidad de buscarnos nuestro sitio en él.

Se llama esperanza, doctora. Si su padre y usted pretenden arrebatarnos eso a Zephros y a mí… , habrá consecuencias.

Ella asintió. Su padre asintió. Y, por alguna razón, empecé a verlo un poco más alto y formado. Dentro de unos días, se le pondría aspecto de quinceañero y, en unas semanas, un veinteañero podcaster .

Los saqué de su prisión improvisada y les extendí una mano.

Ella me la estrechó y, en su mirada, pude ver que jamás se rendiría. Que aceptaba el acuerdo hoy, pero… el mañana podía traer muchas cosas. A largo plazo, Christelle Vega no era de fiar.

Yo podría soportar eso. A fin de cuentas, era tan de fiar como ella.

Los preparativos salieron a pedir de boca.

Ottosson manipuló las mentes de los quinientos mil y, como por un encantamiento mágico, ya había un trasfondo, un pasado para ese generador de contenido al que habíamos bautizado como Shawn Labianca.

Al conocer de sobra el aspecto que acabaría teniendo el doctor Lornias Vega cuando en un par de semanas hubiese madurado, incluimos su canal en la realidad, Suprapod & Herocast , y una experiencia considerable en redes sociales, añadiendo un romance muy tóxico con una modelo de Swakwee y un flirteo no confirmado con una cloudtuber muy popular.

La diferencia entre esta ligerísima sobrescritura y los archivos falsos que la policía incluía en el sistema, a la hora de infiltrar a un agente en una banda criminal, estribaba en que la mente colectiva de todo el género humano convertía esa invención en real.

Los vídeos de su canal, los audios, sus interacciones en redes, todo estaba ahí.

Se podía consultar en cualquier móvil y la información estaría disponible. Era magia pura.

Yo envidiaba esa faceta de la Humanidad. Sólo por eso, merecía la pena.

La ministra de Comunicación, la suprAdalid Predadora, había elegido nuestro canal recién creado como el ideal porque lo concebimos para que se adecuara a todas las exigencias del Supragobierno.

Lo tenía todo: buen número de seguidores, entrevistas chispeantes y con enjundia, independencia política total, especialización en asuntos suprahumanos y suficiente proyección como para que los contenidos llegasen a todo el mundo.

No hizo falta hackearle la mente con telepatía extrema.

La elección de un canal de sólo audio molestó a tanta gente que temimos que la administración nos hiciera un regate de última hora, pero los planes se mantuvieron.

La vieja radio poseía una magia de la que carecían tanto la televisión como los canales de vídeo.

La imagen despistaba, al audio se le prestaba toda la atención posible.

Se propusieron fechas para las grabaciones en el interior de La Aguja, se firmaron unos acuerdos de confidencialidad leoninos y se nos proporcionó un dosier completo que incluía información muy pero que muy delicada que, todo sea dicho de paso, nos voló bastante la cabeza.

—¡Está dispuesto a contarlo todo! —comentó el doctor Vega, en cuanto ojeó los expedientes.

[No van a dejarlo.]

Dudé que Zephros tuviera razón. Nadie podía impedir que Decurión hiciera lo que le viniera en gana. ¿Quién se le podría oponer?

Lo cierto era que la información que nos facilitaron para que armáramos la entrevista era la reina de todas las bombas atómicas mediáticas.

Periodísticamente, resultaba insuperable.

El calibre de las revelaciones que iban a ver la luz entraba en lo que muchos definirían como pura ciencia ficción.

Todas las relaciones interpersonales, pasando por cada uno de los trapos sucios de Facción Zero y de la figura pública de Decurión en particular, así como el asunto de los Prelados y el control mental al que todos los seres humanos del planeta eran sometidos.

El tipo iba a desnudarse por completo y pretendía luego mantener el statu quo .

Demencial. Quien se lo creyera montaría en cólera y retiraría su voto de confianza a la actual administración y quien no se lo creyera ridiculizaría al Supragobierno de un modo jamás visto a lo largo de toda la historia de la cultura occidental.

Costaba creer que Decurión fuera a contarlo TODO. Con total sinceridad, poniendo todas sus cartas sobre la mesa y, a pesar de ello, confiando en ganar la partida.

En fin…, veríamos cómo acababa aquello.

Con los nuevos diseños de chalecos, gorras y chaquetas antipsi, el doctor Vega, adoptando el rol del podcaster Shawn Labianca, y Sol Navar como el técnico de sonido Ferdinand Cortés, podían bloquear la influencia psíquica exterior a lo largo de tres horas y media, aproximadamente.

Por supuesto, debían regresar a nuestros laboratorios antes de quedar expuestos a la realidad preponderante, por lo que las entrevistas debían acabarse con tiempo más que de sobra para que no los perdiéramos por el camino.

Tanto la doctora Vega como mi hermano y yo escucharíamos en directo el desarrollo de las entrevistas a través de nuestros intercomunicadores.

Atentos al momento en que Decurión diera una pista definitiva acerca del paradero del vicepresidente Gax, momento en el cual procederíamos al rescate de inmediato.

O al secuestro.

La misión era clara. El único objetivo oficial era rescatar al marido de Christelle Vega, el profesor Xanthopoulos, trasladándolo al interior de nuestros laboratorios.

Aquí, nuestra esfera de bloque psíquico permitiría que su mente, poco a poco, fuera recuperando sus antiguos recuerdos y volviendo a ser el de antaño.

Yo, además, tenía un objetivo secundario.

Las entrevistas de Decurión me venían bien para saber el grado de implicación del presidente suprahumano para con el proyecto de un mundo mejor, como él mismo decía.

La gran utopía. Muchos megalómanos pretendían hacer un ejercicio de altruismo completo y redentor, por mucho que en el fondo sólo quisieran enfangarse en otra labor típica de agrandamiento de sus egos.

Delirios de grandeza disfrazados de filantropía.

Si Decurión era sincero, y sus confesiones, tan potentes como el disparatado dosier que se nos había brindado, sin duda nos encontrábamos ante el político más irracional de todos los tiempos. Y, a su vez, un loco maravilloso.

Yo quería formar parte de esa nueva civilización de dioses humanos. Cuando el vicepresidente Gax se hubiese quitado de en medio, yo, Andros, ya en mi cuerpo androide, podría suplirle sin demasiadas complicaciones.

No eran planes muy complejos, por lo que calculé que podrían rematarse con éxito.

Cincuenta por ciento de probabilidades.